Elyseum: un Blomkamp más palomitero

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Elyseum es una propuesta del realizador Neill Blomkamp. Este creador tuvo en su inicial Distrito 9 la voluntad de encontrar nuevos derroteros, algo no siempre fácil para la ciencia ficción, y la buena madre de sembrar una historia de aliens en su Sudáfrica natal.

Dueña de generosa irrigación de registros en un guion y puesta en escena donde primaban no solo la originalidad o la imaginación sino además la astuta conjunción/deglución de temas, estéticas, ópticas, rasgos, ecos, Distrito 9 se pertrechaba de disímiles recursos e intenciones expresivas (el documental, el falso documental, el reportaje de telediario, el video de Youtube, la comedia, la sátira, la acción dura monda y lironda, el thriller, la alegoría, la metáfora política) para conformar un relato de enjundia discursiva, ritmo movido y factura de olores hiperrealistas muy contemporáneos.

Los confinados gambas alienígenas con cuerpos de camarones borrachos que buscaban comida de gato en los basureros de Distrito 9, caían presa, al modo de cualquier infeliz desplazado, del desprecio hacia el inmigrante, el diferente: no importa el origen no terrestre de su ADN porque de lo que iba la película era de la intolerancia extensiva del status quo hacia todo quién o qué le resultasen inasimilables. No se aludía solamente a la mano dura de los blancos hacia los negros de la era del apartheid, en tanto el largometraje jugaba de advertencia ecumenista acerca del racismo perdurable, segregación, campos de refugiados, mafias de contrabando humano, desequilibrios sociales, ejércitos privados, empleo arbitrario de la fuerza, inescrupulosidad corporativa, amurallamientos de las élites y la abundancia de ghettos.

Aporte a notar es cómo Distrito 9 se desbancaba del enfoque de la narrativa hegemónica sobre el alien visto desde la inveterada óptica del sujeto invasor y su consiguiente carga de derivaciones asociadas, al subvertir los roles y deslizar el concepto de éste en tanto figura blanco de la amenaza de una depredación fruto de la mayúscula rapacidad humana.

Sorprendió, pues, que con precedente tan redondeado, el director sudafricano haya derivado hacia Elyseum en su segunda propuesta. Aunque no lo es tanto, al constatar su factura bajo el carril del mainstream hollywoodense y el hecho, tan obvio como aplastante, que aquí, disfrazado bajo el manto de distopía de mundos futuros divididos, en realidad lo que pugna por sobresalir, y de hecho lo consigue a la postre, es una procedimental action movie o película de acción.

Como en 2012, de Roland Emmerich, los ricos son quienes logran salvarse en la posible debacle del planeta. Sin embargo, Blomkamp no plantea una estrategia de lucha colectiva, ni de conciencia de clase, en pos de subvertir o siquiera explicar ese escenario virtual. Se limita a constreñirlo a la odisea desesperada de un individualizado personaje por llegar a Elyseum, la estrella artificial donde -ajena a enfermedades y penurias- vive la clase acomodada en la Tierra del año 2 159.

En pos de cumplir dicho objetivo, sospecharán, el hombre debe acabar con medio mundo en la Tierra antes de montar la nave rumbo a la estación orbital de los favorecidos. Y ahí está para ejecutar la misión, Matt Damon, sobrevalorado actor quien no pone reparos en entrarle con su misma cara de siempre a un drama de Steven Soderbergh que a una película de trote y tiroteo permanentes como esta.

El notable primer trecho de Elyseum, la excelencia de sus efectos  y el talento visual de Blomkamp en la mayor parte del metraje no son óbice para cuestionarle su repetición hasta la náusea de modelos explorados, la saturación de personajes maniqueos y la ausencia de gamas tonales.

Además, cualquier presumible subtexto de denuncia social o impugnación a la opresión, queda desdibujado entre el concepto naif y el desasosiego de la misma historia. Es una lástima, porque el argumento, puesto en pantalla con otras intenciones, hubiera dado para una estimable cinta de ciencia ficción.

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