“El verdadero artista trabaja mucho y habla poco”

El escultor del monumento de los mártires del 9 de abril y de otras esculturas famosas, es un precursor de los programas educativos en la televisión, y formador de muchos nuevos talentos de las artes plásticas en el país.

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Sea quizá Francisco Rodríguez Marcet (Sagua la Grande, 1932) uno de los artistas plásticos cubanos de la vieja guardia que menos espacio ha encontrado en nuestros medios de prensa; al menos durante las últimas décadas.

Y la razón no podría estar en una presunta falta de cualidades estéticas o acaso en una supuesta brevedad de su obra, en tanto este prolífico pintor y escultor en activo, padre de centenares de criaturas de una y otra modalidad, está considerado por los especialistas como uno de los talentos inveterados del género en Cuba.

Sucede que el hombre nunca ha sido muy dado a entrevistas, porque su proverbial modestia entraría en choque con autorrecuentos vitales cargados por la gloria de sus méritos. Sin embargo, el interés de este reportero posibilitó que este viejo patriarca de la cultura villareña nos abriera sus puertas.

Marcet -su nombre artístico- es la figura que realizó el monumento a los mártires del 9 de abril en Sagua, o las esculturas a Manuel Ascunce Domenech, en igual plaza, y las de Héctor Rodríguez, en Sitiecito, y Leopoldo Romañach, emplazada esta última en Corralillo.

Es el muralista cuya impronta quedara remarcada en las principales instalaciones culturales, docentes y turísticas de Cienfuegos, así como de otros lugares del país. El autor de más de 500 óleos diseminados por los cinco continentes, presencia recurrente en exposiciones personales y colectivas.

Este señor, quien lleva pintando ininterrumpidamente más de seis décadas, ha sido además el maestro de distintas generaciones de creadores nacionales, pues impartió clases y/o dirigió en varias de las primeras escuelas de artes plásticas creadas por la Revolución, como la “Rolando Escardó”, de Cienfuegos, y la “Fidelio Ponce de León”, de Sagua la Grande. Poco antes, en 1959, se había graduado en la única de su tipo que por entonces existía en Las Villas, la “Leopoldo Romañach”.

Fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), este cienfueguero por adopción desde hace cerca de medio siglo, ha recibido tal cúmulo de premios y distinciones provinciales y nacionales durante su vida, que siete hojas del dossier de su obra que tengo ante mi mesa de trabajo no pueden siquiera rastrear su estela. Por tanto, ni aventurarnos a consignar algunos sometémonos, pues espacio es oro en prensa plana.

¿Cómo surge su interés por la pintura?

“Desde niño. José Stacholy, graduado de San Alejandro, nos impartía clases de dibujo en la Escuela Primaria Superior de Varones, en Sagua. Él nos llevaba a un grupito de alumnos interesados en el arte a un taller a su casa, allí lo veíamos modelar el barro, pintar, y me incentivó lo del arte, aunque yo ya desde bien pequeño tenía la afición; desde que leía en ‘El País Gráfico’ la sección dominical infantil de dibujos denominada ‘Las páginas de mi abuelito’, para la cual los chiquillos de toda la nación mandaban sus trabajitos y se publicaban los mejores.

“Stacholy nos exhortaba a enviar nuestras cosas; varios de aquellos muchachos luego se convertirían en artistas. Fue una valiosa oportunidad que apareciera ese hombre para encauzarnos, porque en aquel momento ningún gobierno invertía ni le interesaba el arte, mucho menos el infantil.

“Por mis avances en la materia, me convalidaron el primer año en la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, de Las Villas, donde solo tuve que pasar cinco de los seis reglamentarios, y me gradué de profesor de dibujo y pintura en 1959”.

A inicios de los ’60, durante la etapa de fundación de la “Rolando Escardó”, de Cienfuegos, trabó amistad con Mateo Torriente. ¿Podría describir su relación con tan importante artista?

“En el Club Minerva había un busto de Maceo que me llamó mucho la atención. Inquirí, me contestan que lo creó Mateo y que si deseaba conocerlo, me llevan a su casa, y ahí comienza la amistad con él. Mateo presenta a quien te habla en el Ateneo, a la sazón el único centro cultural aquí; él llevó allí magníficas exposiciones de muchos pintores.

“Mateo era un hombre abierto, articulador de un extraordinario sistema de relaciones, increíblemente desprendido: un día lo vi hallar a un artista durmiendo en un banco del parque Martí porque no tenía techo donde cobijarse, y acto seguido lo llevó para su casa. Gran persona, no tenía nada suyo. Amante empedernido de la música clásica, muy culto. El propio Chagall le dedicó una acuarela que atesoraba en su casa, casa que era un verdadero museo.

“Mateo habla conmigo para trabajar como profesor en el plantel que mencionas, fundado para 1962. Le repliqué que no tenía experiencia; figúrate, yo dirigía la mirada hacia ‘San Alejandro’ y aquellos claustros profesorales excelsos y me amilanaba. No obstante, fuimos convencidos; dos meses antes del curso, comenzamos a comprar materiales, trasladar mesas y otros objetos lectivos hacia el Palacio de Valle, su sede”.

Usted es un precursor de los programas educativos en televisión. ¿Qué le aportó dicha experiencia, y porqué siempre le ha interesado instruir, sobre todo a las nuevas generaciones?

“En 1964 recibí una felicitación de la doctora Rafaela Chacón Nardi, entonces inspectora nacional de artes visuales, por mi participación en un ciclo del Programa Educación y Revolución, al cual ella me había invitado tras vernos impartir una clase. Era la época en que yo dirigía la escuela Fidelio Ponce de León, en Sagua, donde trabajé alrededor de dos años.

“La presentación en TV me aportó en el sentido de poder trasladar a un medio masivo los conocimientos que habíamos adquirido sobre pintura y transmitírselos al público con sencillez y claridad.

“Me interesa enseñar, habida cuenta de que al hacerlo se aprende por efecto recíproco, sobre todo de los jóvenes. Eso siempre me lo decía Mateo y lo he comprobado personalmente: cuando mi casa se llenaba de jóvenes viéndome pintar, yo captaba las señales provenientes de su universo y las incorporaba al mío”.

¿Cuáles son las principales fuentes de inspiración en su obra, el venero temático donde abreva?

“Me inspiro en la gente humilde, lo cotidiano, voy donde el campesino, el pescador, esos viejitos voceadores de diarios.(Hay un óleo clásico suyo titulado precisamente ‘El vendedor de periódicos’). Así de sencillas aunque de tamaña grandeza a la vez son mis bases inspirativas. Quizá en ello haya influido el hecho de que trabajé como carpintero cuatro años en un taller antes de poder estudiar pintura, y probablemente de ese roce temprano con el obrero, ese que suda su camisa día a día, naciera mi admiración hacia sí”.

¿A cuál elemento técnico de los que debe dominar el artista plástico le confiere preeminencia?

“Para mí lo más importante es el dibujo, porque éste encierra una forma, reserva el espacio para el color. Miguel Ángel decía que representa el pilar básico de la creación del artista, en tanto resulta imprescindible para todo. Ese genio del Renacimiento sostenía incluso que si un escultor no era dibujante, en realidad no podía ser lo primero, porque la escultura es dibujo”.

¿Qué le complace y disgusta del trabajo de los nuevos creadores?

“Primeramente, me agrada sobremanera que puedan graduarse tantos de ellos, algo imposible en épocas pretéritas. Me complace su vitalidad, deseos de crear y el talento y la pericia de muchos. Me disgusta la jactancia de algunos, de esos que están en medio de una reunión de la UNEAC y empiezan a hablar sin cesar y parar mientes en nada en torno a su obra. Obra que a veces se reduce a cuatro piezas.

“Entonces me paro y me voy. Me gusta andar con la gente que más que hablar, trabaje, cuyo estandarte sea la humildad, dotada de talento pero de modestia, como mi amigo Mateo Torriente.

“Me desagrada especialmente lo que sucede con el arte naif. Ahora todo el mundo es naif, un ingeniero de 40 años que nunca ha ido a una campiña dice serlo, no lo concibo. Naif es la obra de Feijóo, Wayacón, el Monje de Trinidad…, no este congestionamiento que embotella los verdaderos itinerarios del arte: existen más cultores de dicha manifestación que artistas hubo en el siglo de Pericles”.

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