El soplo de Dios

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Miguel Cañellas, autor del volumen de “Mecenas”. / Foto: Cedeño

“Los intelectuales son como la mafia. Solo matan a los suyos”, consideraría hace años el maestro Woody Allen, y los dos primeros cuentos del libro de Miguel Cañellas Sueiras, El soplo de Dios, hacen poco por desmentirlo.

Emilio es un intelectual de segunda quien, luego de probar suerte en la literatura, se empeñó en ser pintor. El autor del texto publicado por el sello cienfueguero Mecenas consigue la identificación perfecta de este personaje nebuloso, mediante ricos viñetazos de color. En parte gracias a su oficio para la ventriloquia, la mímesis o el aprovechamiento de las oportunidades; en parte debido a esos premios conferidos en los eventos sin real fundamento y el espaldarazo de una prensa que propendió a la confusión, Emilio llega a ser considerado como el mejor pintor de su época en el país.  Aunque él, inteligente, sabe que sus recursos pictóricos son pobres. Es entonces cuando decide matricular en el estudio del consagrado escultor Matías.

En la cátedra del gran artista —clara suerte de alter ego, sosías o re-nominación de Mateo Torriente—, el aprendiz de todo, diletante impertérrito, se convierte en el hazmerreír de algunos, pero Berta, compañera de aula, mira “con genuino y democrático respeto” a quien luego sería su pareja. Ambos descubren un lance homosexual del Fidias local. El estudiante pretende sacarle tajada al secreto. Pero Matías no se deja chantajear y de tal, en una época cuando no ser heterosexual todavía se veía como un hecho punible (de esa evocada en obras de Senel Paz, Leonardo Padura y otros escritores cubanos), comienzan a llover los anónimos, tantos que al final conducen al suicidio del artista. Cuanto acontece en lo adelante —a mi juicio, lo más ingenioso y cautivador, no se los cuento— funciona como la parábola de carácter ecumenista que describe el destino del mediocre que reconviene al talento, lo cual de hecho lo convierte en el verdadero suicida: ese devorado a sí mismo por el miedo (del) delator, la cobardía y el dolor de no poder llegar a ser jamás como el blanco de su odio.

Estructurada a la manera de una creación escénica dividida en los consabidos períodos espaciales de las tablas, los relatos El soplo de Dios y Develamiento de Matías —entrelazados en su matriz argumental—, conforman el primer acto, sucedido por el entreacto integrado por Una noche trágica, y el segundo acto, al cual tributan los relatos Aves cantoras y La tentación. Este último no tiene desperdicio. Sus páginas refocilan y se consumen con fruición desde ese mismo arranque remitente al sentido de la obra, ítem donde Cañellas posee peculiar desenvoltura. Personal ajuste de cuentas con los deseos no cumplidos de un pasado, La tentación habla de cómo el tiempo recoloca a las personas y de la posibilidad de cumplimiento de las aspiraciones. Todos fuimos Frank alguna vez y todos tuvimos una Marlene a cuya historial erótico solo incidimos en el territorio de los sueños. Obvio, no todos actuaremos de la forma que lo hace Frank, en el tiempo, para evacuar ese oscuro objeto del deseo. Tampoco todas son Marlene, por suerte. Cabrones los justos.

Comparto la atracción despertada por este último texto en el escritor Alexis S. García Somodevilla (editor del volumen), cuando en la presentación del material en la pasada Feria del Libro apreció que dicho cuento “demuestra que la literatura está en todas partes para quien tiene el talento de escribirla”.

Al referirse a otro de los materiales del mismo título, Somodevilla destacó que “el autor nos apabulla con su cinismo y agudo sentido del humor, con una capacidad de penetración en la naturaleza humana solo propia de alguien dotado para el oficio de las letras”. Otra vez coincidimos. El caro Miguel, alguien en cuyos primeros cuentos un olfateador de talento tan sagaz como el finado Salvador Redonet advirtiera la madera para el oficio, lleva 32 años en el negocio de la literatura, más toda la vida en el de los hombres. Sus personajes están habitados por la dicotomía bifronte de la naturaleza humana; amén de las taras de la variante nacional, condicionadas por épocas, entuertos, credos, fijaciones, carencias materiales y espirituales. El creador de Primer Juego y otros cuentos (Unión, 1996), por cierto uno de los primeros autores cienfuegueros en publicar con las grandes editoriales nacionales y en el exterior desde hace ya décadas, sabe del hombre, sus miedos, obsesiones…

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