El reino de las copias

Más allá de la presencia de Karl Lagerfeld junto a los leones del Prado, la moda —su universo de pasarelas, casas famosas y exponentes de alto vuelo— ha sido un concepto remoto para el pueblo cubano durante mucho tiempo. Pero no solo esa, relativa al negocio o el oficio de los grandes diseñadores mundiales y de sus respectivos sellos, el oropel, los fuegos fatuos y la alienación, alejados de la cual puede transcurrir perfectamente la existencia, sin que ello mengue la calidad de vida de nadie. Tampoco la otra, más ordinaria, cotidiana, personal, práctica, la del qué se usa ahora con arreglo a la temporada o las tendencias, salvedad hecha la incidencia —por regla, leve a nivel de su expresión en el cuerpo social—, de distintos especialistas nacionales. No fue prudente tamaña distancia, sobre todo en el segundo de los casos, si bien reconociéndolo y todo a quien firma le queda claro todavía que un mayor acercamiento referativo tampoco hubiera favorecido mucho a vestir los cuerpos nacionales, dependientes a través de mucho tiempo de una industria textil muy limitada en presupuesto, diseños, capacidad productiva y ambiciones.

Así, los coterráneos, en materia de moda, o mejor de poder vestir, a lo largo de demasiados años, permanecimos desconectados del universo hasta que, de alguna manera, la situación comenzó a paliarse en los ’90 mediante la despenalización del dólar y la apertura de tiendas recaudadoras de divisa, las cuales, pese a su cuestionable oferta, dejaron un boquete de claridad desde donde algunos pensaron podría verse la salida del túnel de ese ostracismo en el cual estuvimos sumidos. El incremento progresivo del turismo y de los viajes de cubanos al exterior propendería, igual, a evacuar deudas manifiestas con el deprimido, desfasado armario criollo. Luego, en el escenario mercantil, aparecieron las boutiques y las llamadas casas de distintas marcas en la capital, hecho tendente a limitar la anchura de la brecha entre la moda, las prendas y nosotros. Si bien, huelga decirlo, en un plano harto limitado, en tanto la mayoría de los precios de esos establecimientos resultan inaccesibles para buena parte de la población.  Sin mucho remedio, quien no pudiera escalar al cenit de las boutiques o poseyera familiares en cualquiera de las Penínsulas, debió conformarse (para vestir, nunca para estar a la moda: otra cosa) con la mercadería traída de Ecuador u otros puntos latinoamericanos, cuyos daños estéticos a la nación impugné en la columna La era está pariendo un uniforme.

Amén de lo escandalosas, kitsch, visualmente irritantes que son buena parte de tales confecciones, también predomina la imitación, de lo cual tampoco han podido salvarse ni las tiendas oficiales (aún conservo mis pulovitos falsos Boss o Tommy, comprados en estas a inicios de siglo). Reino regional de la arribazón y recepción de copias de productos de marca, acá se vive la ordalía del sofisma, el delirio del calco, la apostasía de la identidad. Desde celulares hasta zapatos, bolsos o gafas… Son tan apócrifas las “Ray Ban” a 8 CUC vendidas en cada esquina, como las zapatillas Nike de 50 CUC al expendio en esos puestos privados a los que se accede a través del “hombre de la comisión”. Nuestra propia ignorancia colectiva en el asunto facilita que nos pasen gato por liebre y adquiramos como “algo de calidad” a burdos remedos.

Aunque en la actualidad ningún país, aun si es rico, logra evadirse del fenómeno, nosotros somos presas muy fáciles de quienes medran con los artículos del súper lucrativo mercado mundial de la imitación, el cual cuenta con paraísos productivos en varias naciones (el fake market: por cierto, leso delito contra la propiedad industrial) cuyas empresas fabrican versiones piratas de los modelos originales según encargo, a un precio de costo 70 veces menor que los patrones de marca. Un comercio universal de productos falsificados que sobrepasa los 200 mil millones de euros de ganancia anualmente, acótese.

Lo curioso, y que nos hace definitivamente únicos a nivel mundial, es que en Cuba compramos la réplica casi o a veces incluso más cara que el original, a falta de un equilibrio compensatorio en las ofertas a cualquiera de las escalas, de información mercantil o de prácticas de compraventa legítimas, cuya irrupción ha sido aupada, entre otros muchos factores, por la escasa resolutividad real del entramado comercial legal en lo tocante a las crecientes necesidades de la población. Entramado comercial legal este, donde unas zapatillas Adidas importadas a la mitad de precio, pueden venderse en unos 120 CUC. No la tenemos fácil para vestir, pues: ni en la calle ni en las tiendas.

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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