El precio de la diferencia, ¿es el acoso?

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Ilustración: Intenet
Ilustración: Intenet

Miguel tiene 13 años y vive en una burbuja de intolerancias. No se comporta igual a los muchachos del barrio ni del aula, ni siquiera a aquellos que se dicen sus amigos. Camina diferente, habla diferente y siente cosas diferentes. Mientras los otros se pierden en la silueta de la niña más linda de la escuela, él solo tiene ojos para el lado contrario. Y por eso, por no ser como el resto ni mirar hacia donde los demás miran, lo maltratan, lo humillan, lo apartan…

Es el acoso (o bullying) una historia de vida latente en personas con preferencias distintas al canon heterosexual. Desde edades tempranas y aún sin un reconocimiento explícito de su condición, la violencia física, los motes, la burla y el rechazo, perfilan el drama cotidiano que los hostiga. Se trata, pues, de un fenómeno global, seguido con especial interés por varios organismos internacionales.

Un informe mundial sobre violencia homofóbica y transfóbica en centros de enseñanza, reveló situaciones de acoso en el 85 por ciento de los escolares reconocidos entonces dentro del colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales (LGBTI). La versión resumida de este estudio —publicada por la Unesco en 2017— arrojó, por ejemplo, que en América Latina y el Caribe prevalece la agresión verbal, y luego la física ejecutada por los padres y el personal educativo en escuelas públicas y privadas.

Aunque en Cuba no abundan datos en torno al tema, una investigación realizada hace dos años por la Doctora en Ciencias Yohanka Rodney, expuso evidencias científicas sobre manifestaciones de bullying en nuestro país. A pesar de que la mayoría de los estudiantes encuestados calificaron a la escuela como un lugar seguro, el 25 por ciento la consideró insegura para “los flojitos, afeminados y varones que parecen mujeres”. Incluso, de acuerdo con dicha sistematización, los varones homosexuales o percibidos como tal eran el blanco principal de los insultos y ataques.

No por gusto el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) dedicó otra vez su habitual jornada a la lucha “por escuelas libres de homofobia y transfobia”. La campaña educativa Me Incluyo —eje temático de la actual celebración— pretende de este modo inquietar, sensibilizar, educar y orientar a la población cubana sobre el acoso escolar, dada sus implicaciones para el desarrollo futuro de niños, niñas y adolescentes.

Además del sufrimiento que las actitudes de asedio generan, las afectaciones a la salud mental, los retrasos en el aprendizaje, la depresión y pérdida de habilidades sociales, aparecen también entre sus nocivas consecuencias. Las más alarmantes suponen hasta el suicidio, como en Brasil, donde el 50 por ciento de los estudiantes víctimas de bullying se lo han planteado como una opción.

El debate público acerca de la violencia homofóbica y transfóbica en el contexto escolar cubano, representa apenas el primer escalón en la búsqueda de respuestas verdaderamente integrales hacia y desde nuestras instituciones educativas. Se precisa, después, la implementación de políticas nacionales; la inclusión en los programas docentes de tópicos afines a la orientación sexual, así como a la expresión e identidad de género; la capacitación a los maestros y un mayor vínculo con los actores sociales.

Así lo asume Mariela Castro Espín, directora del Cenesex, al abogar por la construcción de “espacios emocionales amables, porque, a través de las emociones, aprendemos cosas que a veces no sabemos verbalizar. Un espacio acogedor donde se aprenda la solidaridad y el cariño, el respeto a los límites y al deseo de cada uno”. Ese es el camino en aras de que otros Miguel no tengan que pagar con su dolor el hecho de ser diferentes.

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