El Palo Gordo en pos de su bicentenario (IV parte)

La respetabilidad e imagen de hombre de éxito favorecieron la carrera política de José Vicente Villar del Valle. En 1883 es elegido para concejal del Ayuntamiento sureño, en 1895 asume la presidencia de la Sociedad Benéfica Asturiana y en 1900 la del Casino Español, del que fue Socio de Mérito. Entre estos flujos navega el asturiano, tratando de conciliar los intereses de criollos y españoles.

El desempeño y labor patriótica son premiados entonces con la Cruz Isabel la Católica y el derecho a ser reconocido como Excelentísimo Señor. Asimismo, suele ser recordado por la obtención de los terrenos de la finca La Reforma para la elevación del Sanatorio de la Colonia Española (por ello le es puesto su nombre al pabellón número 2 de esta institución) y el asilo de Ribadesella, comunidad del principado de Asturias. Es probable que estas cargas le hallan inducido a deshacerse de sus responsabilidades en El Palo Gordo y transferir y arrendar la compañía por 120 pesos mensuales.

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A partir de 1888 aparecen dos nuevos socios: Francisco Villar del Valle, que muere en accidente ferroviario en Pajares, junto a su sobrino Manuel (hijo de José Vicente), y el asturiano Salvador Aja; los que extienden la sociedad hasta 1908, año en que se insertan los comandatarios Manuel García Inclán y José Alabau Villar, hijo de Engracia y sobrino de J. Vicente Villar. Según reseña el investigador Alejandro García Rodríguez, el capital social en esa fecha ascendía a 85.000 pesos, mientras que las utilidades eran de 21.332 pesos. De modo que durante un período de 30 años (1878-1908) lograron que el patrimonio se remontara a 73.000 pesos oro español.

En 1904 El Fígaro insiste en que El Palo Gordo satisface todos los deseos de los clientes en busca de objetos de arte, prendas costosas y otras fantasías. En su estantería figuran a la venta pinturas y reproducciones con tamaños entre 40 y 30 centímetros y valiosos objetos de cerámica europea. A juzgar por fotos de la época, los temas eran variados, incluían retratos, paisajes, naturalezas muertas, motivos religiosos, y tenían un fin decorativo. Por demás, debían ser apreciados en los anaqueles más altos, a diferencia de los jarrones o floreros que eran situados de manera irregular en los esquineros del salón.

Empero, la magnificencia del establecimiento estuvo a punto de desmoronarse, toda vez que el 8 de noviembre de 1912, a las 7:15 de la noche, sucede un incendio en la edificación, y pese a las voluntades de sus trabajadores y las fuerzas del orden, casi todos los productos se desvanecen en las llamaradas y el edificio termina en ruinas. Cuenta el diario La Correspondencia del lunes 11 de noviembre de 1912, que el cuerpo de bomberos, además de acudir un tanto retrasado, tenía las bombas estropeadas, por lo que hubo que acoplar las mangueras a las fuentes de agua pública. A su vez, Ceferino Méndez, el alcalde de Cienfuegos, colabora en las acciones de extinción hasta que terminan más allá de las 10.40 p.m. Tres días más tarde los expertos probaron que sucedió un imprevisto, al fundirse el filamento de la luz eléctrica que ocasiona el incendio con peinetas de celuloide, medias, encajes y frazadas, así como otros bienes de fácil ardimiento que robustecieron el fuego (básicamente la parte vieja del edificio, que era todo de madera).

Las pérdidas sobrepasaron los 100.00 pesos y para el emplazamiento que se produce resulta significativo que apenas se le arrebatara al incendio: la caja de caudales, donde se hallaban los libros de la razón social, una de hierro con gran cantidad de alhajas, dos vidrieras, algunos objetos de plata y otras mercancías que se localizaron en el salón principal. El informe del Ingeniero Municipal, D. Federico Navarro, esclarece a la Alcaldía que los muros de la institución se hallaban en pésimo estado y resultaban peligrosos para los transeúntes.

Francisco Villar, que se encuentra en La Habana luego de consumar grandes compras en París, Madrid y New York, viaja a Cienfuegos para asegurarse de que su familia se halla fuera de peligro. En verdad se muestra contrariado e inmediatamente, desde el 13 de noviembre, se dispone a buscar una casa para estacionar las mercancías preservadas y arreglar las condiciones en pos de la revivificación de El Palo Gordo. Vicente, por su parte, se encuentra de visita en Europa y se informa mucho más tarde del acontecimiento.

El jueves 14 de noviembre los peritos tasadores Astudillo, Castelló y Bosch, miembros de la Compañía de Seguros, marcharon a la capital luego de haber realizado el inventario de las mercancías salvadas, restando el valor de estas de la cantidad con que estaba asegurada la casa comercial. Al parecer los propietarios del inmueble recibieron la compensación y pudieron levantarse de las cenizas, pues de nuevo acontece otra época de prosperidad. [Continúa]

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Jorge Luis Urra Maqueira

Crítico de arte. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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