El Palo Gordo en pos de su bicentenario (III parte)

El comerciante Genaro Rodríguez-Mier adiciona otros productos con mayor artisticidad al listado de El Palo Gordo, como la cerámica, que viene a embellecer los interiores de las casas coloniales; una tradición que igual, asumen los sucedáneos. Al parecer, muchos de estos artículos los encomendaba a la península y traía luego de visitar a la familia en Puente San Miguel, la comarca minera e industrial ubicada a 31 kilómetros de Santander. Pronto gana el aprecio de los sureños y una fortuna considerable.

Con el apoyo del asturiano Manuel Merás, fortifica el empuje de la empresa con ventas al por menor. Empero, la muerte de su esposa a causa del cólera (1ro de julio de 1870) le arrastra a un estado de depresión y decide retornar con los huérfanos a su pueblo natal (1872). Poco antes, había convertido a “la niña de sus ojos” en sociedad anónima y dejado en administración sus demás inmuebles y fincas.

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Finalmente se instala en Torrelavega ese mismo año, que para entonces no había recibido el título de ciudad por dona de María Cristina de Habsburgo-Lorena; era tan solo una comunidad autónoma de Cantabria. Pronto contrae nupcias con Carmen Filomena Lasso de la Vega Fernández (Madrid, 1843-Santander, 1913), hija del trasmerano Mauricio Lasso de la Vega (Las Pilas) y Joaquina Fernández (Vernejo). El matrimonio sucede en esta villa el 11 de diciembre de 1872 y las bendiciones nupciales el 14 de junio de 1873. El casamiento consuma otra legión de descendientes: Mauricio Demetrio (1873-1949), Genaro Segundo (1875-1954), Julio Juan (1877-1908) y José Nicasio (1880-1881).

Como indiano pertinaz, erige en 1875 dos palacetes, uno para su padre y otro para él. Este último es levantado con los peculios del hermano que fallece soltero en la Isla. En estas moradas es que se conciben los retratos del anciano Manuel Antonio y el suyo propio (1878); e indistintamente los óleos de sus proles cienfuegueras: Genaro (1878) y Buenaventura (1879).

El 18 de julio de 1884, Genaro Rodríguez González-Mier adquiere el lote No 5 de la extensa heredad santanderina que la ciudad había regalado a la Reina Isabel II con el intitulado “La Alfonsina”. En esta posesión levanta una lujosa finca y varios chalets para sus descendientes. Lamentablemente, puede disfrutar bien poco de los inmuebles. La muerte le atrapa en Puente Miguel, el 4 de febrero de 1893.

Para esa fecha El Palo Gordo ha pasado a ser propiedad de otro comerciante ilustre, José Vicente Villar del Valle. Luego de transferirse los terrenos de Ruíz al santanderino Juan Antonio Saco Galbán (1867), por valor de 1.000 pesos, Villar compra a cuatro de sus herederos una fracción por la suma de 30 835 pesetas y “la otra parte de la herencia, en manos de Antonia Gutiérrez Saco y de su hermano Pedro por el valor de 5 140 pesetas, posteriormente adquiere el resto de la finca en 6.000 pesos oro español” —refiere García Rodríguez.

Vicente nace en la ciudad de Villaviciosa, Asturias, en 1850. Crece entre tres hermanos: Generosa, Engracia y Francisco, quien se convierte en su socio años después. Apenas concluye el bachillerato viaja a Cienfuegos en 1862. Desde un principio es atrapado por las labores comerciales, y con el tiempo se convierte en negociante próspero y figura respetada por los sureños. Luis Puñal lo describe como un hombre alto, bien conservado, de ojos pardos oscuros, nariz borbónica, bigote abundante y barba terminada en punta a lo Cervantes.

Igual, que es dado a los viajes, particularmente a España, donde suele retirarse para filtrar sus pulmones. A propósito, el suyo fue el primer auto que tuvo Ribadesella. No es de asombrar que intentase siempre mostrar su bonanza, pues los oriundos solían rechazar a aquellos que regresaban sin fortuna.

José Vicente, el más perspicaz de los tres hermanos, duplica entonces la reputación del establecimiento, ya no solo por el modo con que se explaya en la sociedad, los atributos de sus productos y el admirable inmueble que ocupa, sino también por la variedad de las ofertas y montos. Para lograr la compraventa al por mayor y menor de efectos de quincalla, papelería, joyería y prendería, se vincula a otro socio, Galo Díaz de la Tuesta y la Hoya, finalmente su comandatario, y crea la razón social de Villar y Cía, el 8 de enero de 1878.

De la Tuesta y la Hoya, oriundo de Salinas de Añana, comarca situada al suroeste de la provincia de Álava, y bautizado en la iglesia de San Cristóbal el 16 de octubre de 1836, hijo de Manuel Díaz de la Tuesta y Ruíz de Austria y Ana María La Oya y Guinea, participa al negocio un capital de 9.000 pesos (cantidad mayor que la de su socio, quien tributa tan solo 3.000 pesos) y se somete a compartir la mitad de los ingresos. El socio de Villar había hecho una fortuna en la industria azucarera y ganadera, procurando ahora las ventiscas de una empresa lucrativa. Poseía una mansión en San Fernando, entre San Luis y Bouyón. Su hijo Galo figura entre los aristócratas que cursan estudios en los colegios de Sancti Spíritus y Montserrat (1887-1888). Con los vigores de este dueto El Palo Gordo abre una nueva etapa de bonanza. [Continúa]

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Jorge Luis Urra Maqueira

Crítico de arte. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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