El Nuevo Mundo: Malick devorado por sí mismo

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Luego que La delgada línea roja, el tan lírico como notable alegato antibelicista de Terrence Malick, saliera como una manzana de un calabazar en el cine norteamericano de fines del siglo XX, la crítica le hacía carantoñas al próximo y aguardadísimo estreno del mítico realizador al que se le considera un maestro de la pantalla estadounidense, aunque haya filmado solo seis películas en siete cuatro décadas. Se habló mucho, muchísimo de su El Nuevo Mundo, de 2005, la recreación fílmica en acción real de la historia de la india Pocahontas y su romance con el colonizador inglés John Smith después de uno de los arribos británicos a las costas de Virginia, más de cuatrocientos años atrás.

Y es lamentable decirlo, pero la película resultaría decepcionante por su extrema frialdad, su relato huérfano de energía, y una mirada harto contemplativa que si bien funcionó mejor en La delgada línea roja, aquí propende irremisiblemente a socavar una narración cuyo signo onírico y su tempo moroso puede que haga poner pies en polvorosa a más de cuatro espectadores. Cual sucediera en los Estados Unidos, donde solo recaudó en taquilla doce de los 35 millones de dólares invertidos en su producción.

El problema fundamental del filme estriba en su acercamiento a la historia colonizadora del norcontinente, y la citada leyenda romántica, desde un punto de visto extremadamente sensorial, que dificulta la expresión externa del componente volitivo de los personajes. De manera que por momentos pareciera estar observándose un cuadro paisajístico donde se le confiere por lógica mayores grados de preeminencia a los elementos del complejo natural que a resaltar humanidades y conflictos.

Tan consecuente como siempre con los preceptos formales que marcaran su filmografía, el director se arroba en prolongadas secuencias, dilatados planos y recurrentísimas tomas del bosque, las aguas, el follaje, la fauna, en divagaciones reflexivas sobre lo que fue un universo que ya los pobladores de hoy no veremos jamás… Pero, a diferencia de películas suyas como Malas tierras o Días de cielo, Malick no tiene ahora un sustrato dramático con que compensar el preciosismo de las imágenes de Enmanuel Lubezki ni el ritmo particularmente cansino de la cinta.

Ni un actor bueno cuando quiere -y aquí no lo es- como el irlandés Colin Farell interpretando a John Smith, ni el “descubrimiento” de la joven actriz peruana Q’Orianka Kilcher en el papel de la india enamorada, o el veterano Christopher Plummer y el metamorfósico Christian Bale pueden halar la soga para alcanzar la cima de una película que rehúsa a ultranza a ser alcanzada. El pretendido poema visual y alegórico de Mallick sobre el enfrentamiento entre dos culturas, cuyo guion cocinara a lo largo de cuarenta años creámoslo o no,  se queda en un lánguido y desvaído intento por establecer una aproximación al encuentro entre los indígenas americanos y los invasores europeos (y a la mutua fascinación de la princesa indígena y el capitán inglés, la cual forma parte del anecdotario y el folclor de la nación, y que Disney llevara a animados en meliflua versión). Todo signado por un anticonvencionalismo sin mayores consecuencias que en su concreción en el mero hecho estético. Sucede que se aleja tanto de lo “ordinario”, que raya la grandilocuencia en la forma, a resultas de lo cual el continente de El Nuevo Mundo se traga en su garganta suntuosa a como haya de serlo a un contenido sin posibilidades de hallar su sol ante la sombra de la exuberante vegetación de esta puesta en escena de Malick.

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