El entenado: la otredad de la conquista

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2005
El entenado es una de esas novelas que definen la literatura latinoamericana contempor√°nea y la hacen universal. / Foto: Internet
El entenado es una de esas novelas que definen la literatura latinoamericana contempor√°nea y la hacen universal. / Foto: Internet

Perdido por m√°s de cuatro siglos en la historia de la conquista de Am√©rica, el grumete Francisco del Puerto resucit√≥ en la literatura del argentino Juan Jos√© Saer. El entenado (1983) es la reconstrucci√≥n diacr√≥nica y ficticia de la vida de un espa√Īol, que solo toma de Francisco rasgos peculiares como su condici√≥n de grumete y los percances de su llegada a Am√©rica. Los sucesos posteriores de la obra derivan de esa imaginaci√≥n fascinante y fascinadora de Saer.

El entenado, como personaje, sufre la falta de atenci√≥n que se origina en su propia orfandad y desarraigo, y es adoptado una y otra vez, teniendo que adaptarse a cada uno de sus hogares: de los brazos portuarios de las putas a los brazos mar√≠timos de los marineros, de los brazos turbulentos del mar a los brazos firmes de la tierra, de los brazos de una civilizaci√≥n a los brazos desafortunados de la ‚Äúbarbarie‚ÄĚ consentida y luego olvidada.

Y sin siquiera sospecharlo ser√° siempre el extra√Īo, el que ha venido desde otra parte del mundo, con piel p√°lida, barba y su ambici√≥n, y luego retorna sucio, indescifrable, apenas audible a una civilizaci√≥n que lo descarta y teme. Aquel que tendr√° que conformarse con no ser comido mientras asiste de espectador al fest√≠n antrop√≥fago del cual, sus antiguos compa√Īeros de viaje son el plato fuerte. Y asumir√° su cautiverio (in)voluntario con la parsimonia del adoptado, intentando integrarse a una tribu que lo acoge al tiempo que lo a√≠sla, lo margina con sus costumbres y lo obliga a reacomodarse, a entenderlos, a descifrar los entresijos de un idioma vern√°culo alejado del castellano no solo por kil√≥metros de olas y viento, un idioma donde un vocablo puede albergar varios significados esencialmente contradictorios.

Su asistencia al canibalismo ritual y cultural ejecutado por los colastiné, en lugar de provocar un sentimiento de asco, repugnancia y temor, está atenuada por el hambre, evidencia del instinto oscuro y amoral que nos persigue como raza.

‚ÄúEstas cosas son, desde luego, dif√≠ciles de contar, pe¬≠ro que el lector no se asombre si digo que, tal vez a cau¬≠sa del olor agradable que sub√≠a de las parrillas o de mi hambre acumulada desde la v√≠spera en que los indios no me hab√≠an dado m√°s que alimento vegetal durante el viaje, o de esa fiesta que se aproximaba y de la que yo, el eterno extranjero, no quer√≠a quedar afuera, me vino, du¬≠rante unos momentos, el deseo, que no se cumpli√≥, de conocer el gusto real de ese animal desconocido. (‚Ķ) Parado inm√≥vil entre los indios inm√≥vi¬≠les, mirando fijo, como ellos, la carne que se asaba, de¬≠mor√© unos minutos en darme cuenta de que por m√°s que me empecinaba en tragar saliva, algo m√°s fuerte que la repugnancia y el miedo se obstinaba, casi contra mi voluntad, a que ante el espect√°culo que estaba contem¬≠plando en la luz cenital se me hiciera agua a la boca‚ÄĚ.

Seg√ļn sus apreciaciones, los indios evad√≠an una fuerza oscura que los consum√≠a. Pasaban gran parte del tiempo siendo higi√©nicos, detallistas: ‚ÄúEra un pueblo urbano, trabajador, austero. Bromeaban poco y, aparte de las criaturas, que en general jugaban en las afueras, casi nunca se re√≠an. Las mujeres parec√≠an me¬≠nos serias que los hombres o, tal vez, menos r√≠gidas. La actitud de los hombres lindaba con la hosquedad, la de las mujeres, con la resignaci√≥n y con la indiferencia. Hembras y varones parec√≠an hacer las cosas no por gus¬≠to, sino por deber. De la vida com√ļn, el placer parec√≠a ausente‚ÄĚ.

Quizás por ello eran presas de una transformación de carácter anual que los poseía. Algo interno los empujaba a devorar carne humana, a emborracharse, copular incestuosamente y luego se exorcizaban con el olvido. Un círculo vicioso los envolvía, los obligaba a esas prácticas arraigadas en sus costumbres.

Diez a√Īos vivir√° entre los colastin√©, una d√©cada siendo el Def-ghi y significando lo et√©reo y lo duradero, la ausencia y su contrario, el reflejo en el agua, el imitador, el esp√≠a, el adelantado. Def-ghi, en aquella lengua albergaba varios sentidos, tantos que: ‚ÄúDespu√©s de largas reflexiones, deduje que si me hab√≠an dado ese nombre, era porque me hac√≠an compartir, con todo lo otro que llamaban de la misma manera, alguna esencia solidaria. (‚Ķ) Ame¬≠nazados por todo eso que nos rige desde lo oscuro, manteni√©ndonos en el aire abierto hasta que un buen d√≠a, con un gesto s√ļbito y caprichoso, nos devuelve a lo indistinto, quer√≠an que de su pasaje por ese espejismo material quedase un testigo y un sobreviviente que fue¬≠se, ante el mundo, su narrador‚ÄĚ.

Lo que pudiera concebirse como una novela hist√≥rica y de hecho lo ha sido para algunos segmentos de la cr√≠tica, es m√°s una novela antropol√≥gica con pespuntes picarescos. Es tambi√©n una novela de la otredad, de c√≥mo percibimos al otro, en cultura, lenguaje, civilizaci√≥n. Su lectura me recuerda a Esperando a los b√°rbaros¬ī, de J.M.Coetzee, y la ant√≠tesis perenne de que los b√°rbaros, los incivilizados fueron quienes colonizaron y extinguieron en masa a los que consideraban inferiores. Saer reescribe la conquista desde lo psicol√≥gico, desde la perplejidad de la salvaci√≥n de la cual es testigo y beneficiario su an√≥nimo protagonista.

Dentro del corpus existe un fragmento prof√©tico, augurio del exterminio casi masivo de una raza: ‚ÄúFui sabiendo, poco a poco, que no quedaba nada de ellos. Ya cuando el barco bajaba hacia el mar, escol¬≠tado de cad√°veres, me di cuenta de que no hab√≠an sa¬≠bido, cuando esa tormenta nueva empez√≥ a golpearlos desde el exterior, ponerse al abrigo‚ÄĚ.

Un rasgo importante es la policrom√≠a dentro del texto, argumentada en las descripciones que del viejo y el nuevo mundo asumeSaer. Espa√Īa ser√° blanca, como una hoja que precisa escribirse o desvirtuarse, mientras que Am√©rica ser√° colorida y m√°gica, con las estrellas al alcance de la mano. Espa√Īa lo impoluto y Am√©rica el mestizaje, la fusi√≥n.

Las situaciones que derivan del reencuentro del protagonista con su patria se engarzan a la di√©gesis para aportarle algo de contexto y situarnos al personaje en ese presente prescindible con respecto a la historia con los indios, eje central y definitorio. El autor emplea un narrador-personaje que vivifica y evoca, desde la memoria, su encuentro con lo desconocido. Las formas de narrar pudieran ser otras, el protag√≥nico pudiera tener nombre, la trama a√ļn es perfectible, pero sin dudas El entenado es una de esas novelas que definen la literatura latinoamericana contempor√°nea y la hacen universal.

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