El coronel sí tiene quien le escriba

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Estado actual del monumento a Juan José López del Campillo y D’Wolf. / Foto: Juan Carlos Dorado

En este octubre se cumplieron 150 años del glorioso grito dado en La Demajagua. Se hace necesario entonces hurgar a fondo en la historia de nuestras gestas por la independencia. Develar de sus entrañas otras páginas de la historia local para situar, en el merecido lugar, a quienes con cubanísima hidalguía lo dejaron todo e hicieron presencia en la manigua redentora durante la Guerra Necesaria. Entre aquellos héroes anónimos se inscribe el coronel Juan José López del Campillo y D’Wolf, a quien Cienfuegos debe rendir honores cada 24 de febrero de 1895.

Campillo merece más que un busto en la avenida 18, pues comparte, con el general Federico Fernández Cavada y Howard, entre otros, el tatuaje del olvido, tal como expresara el historiador y periodista Francisco González Navarro.

D’Wolf, junto con Alejo Casimajov Hernández y Martín Gallart Odery, dejaron su club de béisbol Jabacoa —del cual Casimajov era su capitán— para cambiar sus bates por machetes. Se lanzaron a pelear en la Guerra del ’95 por la libertad de Cuba. Tuvieron la osadía de burlar el recio espionaje español y tomaron pasaje en el vapor de cabotaje de la costa sur, de la compañía de Antinógenes Menéndez, internándose desde Manzanillo en las tropas insurrectas del coronel Amador Guerra y luego incorporarse a las huestes invasoras de Antonio Maceo, para pelear en Las Villas y Cienfuegos.

Cerca de la ciudad que lo vio nacer, murió el primero de ellos: Martín Gallart Odery, ascendido a teniente el 12 de diciembre de 1895. La fiebre lo atacó y falleció solo en la finca La Jagua, cerca de Mayajigua, el 20 de noviembre de 1897. El último que lo vio con vida fue el coronel Campillo, quien se encontraba convaleciente aún de una herida. Pero Campillo D’Wolf tenía que incorporarse a la lucha; para ello contaba con un solo caballo y ninguno de los dos estaba en condiciones de hacer el viaje a pie. Bajo aquellas circunstancias se despidieron para siempre nuestros peloteros patriotas cienfuegueros. Casimajov Hernández prosiguió su avance junto a Maceo hacia Occidente. Se destacó en las acciones de Mal Tiempo y al morir el 15 de abril de 1924, ostentaba el grado de teniente coronel.
Todavía convaleciente de su herida, D’Wolf se incorporó a las fuerzas del Titán de Bronce, que marchaban en la invasión de Oriente a Occidente. Participó en los numerosos combates sostenidos en las provincias de Las Villas, Matanzas, La Habana y Pinar del Río.

Cuando llegó la paz, López del Campillo y D’Wolf se hallaba en Pinar del Río. Tomó parte en las acciones de Candelaria, Cacarajícara, Paso Real, Cayajabos, Las Taironas, Lomas del Rubí, Río Hondo y Bramales, entre otras. Operó desde 1895 con destacadas figuras de nuestras guerras independentistas, como los generales Antonio Maceo, Máximo Gómez y Juan Rius Rivera. El 2 de noviembre de 1898 volvió a su hogar de Cienfuegos con el grado de coronel, y falleció tras padecer una aguda enfermedad, el 23 de marzo de 1910 a los 38 años de edad.

Según lo asentado por Luis Bustamante en su Diccionario Biográfico Cienfueguero, publicado en 1931, ya para aquel año existía un proyecto de hacerle un monumento a López del Campillo y D’Wolf. En sus páginas, aquel historiador plasmó su juicio sobre este héroe, cuando expresara con patriotismo: “Debido homenaje al que representó brillantemente a la juventud revolucionaria cienfueguera”. Nuestro eterno historiador de Cienfuegos, Florentino Morales Hernández, respecto a la patriótica decisión tomada por aquellos deportistas, aseveró: “Nuestros peloteros fueron los pioneros de la ciudad en incorporarse a las filas del Ejército Libertador”.

Al concluir la guerra, Juan José López del Campillo D’Wolf no se reincorporó a su equipo de béisbol. Había dado los mejores años de su juventud a la Patria. En su honor se develó un busto, iniciativa del Centro de Veteranos y Patriotas de Cienfuegos, en un terreno de la otrora calle de Laredo —hoy avenida 18—, el 29 de abril de 1949. El rostro de Campillo D’Wolf quedó inmortalizado para siempre por las manos del célebre escultor sureño Mateo Torriente Bécquer. El lugar fue bautizado como el parque de Campillo.

El próximo 22 de abril celebraremos el aniversario 200 de la fundación de nuestra ciudad. Sin embargo, el día 29 del propio mes podríamos volver a observar con tristeza a Campillo D’Wolf allí,  desolado, en un terreno baldío, donde 70 años antes se soñó construir el parque de Campillo, proyecto que debería retomarse en honor a nuestro coronel, sus compañeros y el respeto que merece desde la interpretación cultural, histórica y patrimonial la obra escultórica de Mateo Torriente Bécquer. Sobradas razones le asistieron al Centro de Veteranos y Patriotas para encargarle al artista el busto del héroe.

Revitalizar el parque de Campillo es, además,  un homenaje al béisbol como sinónimo de cubanía, identidad e independencia. Allí, frente a ese pelotero patriota, se deben abanderar los equipos de pelota para enfrentar con mayor fervor deportivo sus contiendas. La saturación histórica de un hecho, personalidad o proceso hace tanto daño como el desconocimiento de la historia en sí. De ello se deriva que muchos sureños consideren que la única historia que atesora Cienfuegos con orgullo es el levantamiento popular del 5 de Septiembre, nombre que posee nuestro periódico, dos centros educacionales, una calle de la ciudad, un complejo azucarero y el estadio de béisbol, al cual bien se le podría llamar, con mucho honor, estadio Juan José López del Campillo y D’Wolf, digno antepasado de cuya estirpe se nutrieron aquellos que se levantaron contra el tirano en 1957.

Con orgullo identitario local retomamos el epíteto simbólico de Elefantes de Cienfuegos, el cual no pudo ser borrado del sentimiento popular, por el de petroleros, ostras o camarones en diferentes momentos históricos. De igual manera, nos corresponde rescatar a Campillo. Cada pelotero sureño debe conocer que cuando empuña su bate o lanza la bola, en ellos se resume Cuba y su historia, porque el béisbol forma parte del ideal de independencia que sostiene a la nación y la nacionalidad. Los mismos valores que llevó en los años de la Guerra Necesaria a Juan José López del Campillo y D’Wolf a cambiar bate por machete. Mientras tanto, su ejemplo perdurará como el mambí combativo, firme, ecuánime y decidido, porque en este pase de revista, mi coronel, usted sí tiene quien le escriba.

Estado actual del monumento a Juan José López del Campillo y D’Wolf. / Foto: Juan Carlos Dorado

*El autor es profesor e investigador del Departamento de Historia de la Universidad de Cienfuegos.

3 Comentarios

  1. “La saturación histórica de un hecho, personalidad o proceso hace tanto daño como el desconocimiento de la historia en sí”. Tremenda definición de lo que viene sucediendo aquí hace un montón de años. Con lo del 5 de Septiembre se les fue la mano, y de ahí lo que Lesby llama muy acertadamente saturación. Siempre me he preguntado por qué en Santiago de Cuba solo la Ciudad Escolar, en el antiguo cuartel Moncada, fue bautizada como 26 de Julio. Comparemos la significación de ambas fechas históricas. Huelgan los comentarios. Aquí tal parece que no había otra forma de nombrar. De paso quiero apuntar que muy pocos medios de difusión en el mundo llevan fechas históricas como apelativo. Sencillamente están divorciados con el marketing. Hay nombres para unas cosas y nombres para otra. ¿Se imaginan un hotel Antonio Maceo? Ah, pero que bien le queda el sello del Titán a una escuela militar. Menos mal que el Jagua se salvó de la “saturación”. Pero el problema no es cienfueguero por excelencia. En Santa Clara cuando inauguraron el estadio de béisbol (1965) tengo entendido que el pueblo abogó por bautizarlo como Alejandro Oms, ese grande de los diamantes que nació en aquellos predios, pero triunfó la opción de Sandino y por lo poco que sé el Héroe de las Segovias empuñó fusiles y ametralladoras contra el invasor gringo, pero no me lo imagino bate en ristre (menos con su estatura).

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