El compromiso que tenemos con Frank

“[…] ¡Que bárbaros! Lo cazaron en la calle cobardemente, valiéndose de todas las ventajas que disfrutan para perseguir a un luchador clandestino. ¡Qué monstruos! No saben la inteligencia, el carácter, la integridad que han asesinado. […]”.

Fidel Castro Ruz, al conocer sobre la muerte de Frank País.

 

Mi hija tiene casi ahora la edad que tenía Frank País al ser asesinado: 22 años. Toda una vida cargada de sueños y proyectos, de amores intensos y peligrosos por su eterna novia, la Patria. Para entonces, Santiago de Cuba era un hervidero, lo movían de una casa de seguridad a otra, tratando de burlar la muerte, para continuar el camino de la Revolución. Era la persona más buscada en el Santiago de los años 50, cuando ya casi era una certeza la consigna de “seremos libres o mártires”, era demasiado el oprobio y los jóvenes habían jurado liberar a Cuba.

Y miro a mi hija, todavía una estudiante universitaria, e imagino a Frank, un joven maestro, pero de un temple inigualable, como para arriesgar su vida y convertirse en un líder del Movimiento 26 de Julio, el núcleo más selecto de los revolucionarios entonces. Su tarea, como jefe de acción y sabotaje del M-26-7, era crear un clima insostenible para el régimen imperante, y apoyar la lucha en la Sierra Maestra: suministro de armas, municiones y avituallamiento.

Frank se sabía “cercado y buscado”, había recibido poco tiempo atrás, la peor de las noticias, su pequeño hermano Josué, de apenas 19 años, caía en una redada, y de ellas no salía nadie vivo. Cuba perdía a sus mejores hijos, cercados, torturados, asesinados, por el único delito de querer una patria distinta y auténticamente nacional, sin intromisiones desde el Norte, el círculo se estrechaba. Y así ocurrió ese día 30 de julio de 1957, cuando se supo registraban la barriada donde se ocultaba. Algunos compañeros con los que despachaba, le pidieron les acompañara, pero él comentó sobre su buena suerte, y desechó esa vía.

Unos minutos después era sorprendido en la calle, desalojado de su pistola calibre 38, y al rato estaba rodeado de lo más “selecto” de los represores, encabezados por Salas Cañizares, llegado en mayo a Santiago de Cuba con la misión de “acabar” con el Movimiento. Le acompañaban al esbirro, capitán Bonifacio Haza, los tenientes Ortiz y Garay, y con ellos Luis Mariano Randich, este último había sido estudiante de la Escuela Normal de Maestros, a quien por ser negro y pobre le ayudaron a pagar los estudios, luego devenido traidor. Randich conocía muy bien a los jóvenes revolucionarios, se acercó, le quitó los espejuelos y le dijo a Cañizares, “Este es Frank País, coronel”, y a partir de ahí se desató la furia contra el joven y su compañero de lucha, Raúl Pujol.

Las calles de San Germán y Callejón del Muro se tiñeron de rojo, de la sangre valerosa de dos jóvenes que habían jurado luchar a morir por una Cuba distinta. Y Santiago de Cuba se vistió de pueblo, cuando un día después, tras reclamar sus restos, fueron llevados por más de 20 cuadras, acompañados por santiagueros de los más diversos orígenes sociales, edades, religiones, color de la piel… Cercanos al cementerio, fueron conducidos en hombros de los más allegados compañeros hasta su refugio final. Y hubo discursos, llamamientos a la lucha, banderas a media asta, porque su muerte no hizo más que fundirlo en metal, como un símbolo. Miro a mi hija, de casi 22 años, la misma edad que tenía Frank País cuando le mataron vivo y la única palabra que se me atraganta es: COMPROMISO.

Frank País y Fidel Castro

Magalys Chaviano Álvarez

Magalys Chaviano Álvarez

Periodista. Licenciada en Comunicación Social por la Facultad de Ciencias Sociales y Humanísticas de la Universidad de Cienfuegos.

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