El amante doble | 5 de Septiembre.
dom. Jun 16th, 2019

Constituye Francois Ozon, cuya película El amante doble fue estrenada en Cuba, uno de los directores más eclécticos e interesantes del panorama cinematográfico galo del siglo XXI.

Cuanto más me cautiva de este también prolífico realizador es la distensión de su propuesta hacia temas harto disímiles entre cada uno de sus largometrajes, su imprevisibilidad derivada (nunca sabes con lo que vendrá después), el riesgo con que se lanza a la filmación de los relatos escogidos y su preocupación constante por adentrarse en la complejidad de la mente humana.

Chocantes, traviesas, polémicas, siempre singulares, sus apuestas fílmicas buscan profesamente perturbar al espectador y devienen en motivo de refocilación intelectual para el receptor cómplice, en virtud del ardor cinéfilo del creador y ese deseo manifiesto de filmar y filmar, sin dejar de aportar, transmitir, sugerir…, de realizar buen cine desde el vórtice de la industria francesa. Porque Ozon (salvo quizá en Amantes criminales o en Frantz e incluso en Ricky, la más huera de sus criaturas), es un hombre que, aunque emprende un quehacer distintivo y personal, hace películas desde los postulados industriales y no llega completamente a ser un auteur, según el entendido francés del término.

Séalo o no, de su cámara han brotado un puñado de filmes memorables, de entre cuya franja más próxima cabría resaltar la excelente En la casa (Concha de Oro del Festival de San Sebastián 2012) y Joven y bonita (2013). Recién Ozon desembarcó en La Habana mediante El amante doble (2017), en la cual retorna al territorio del thriller, no frecuentado por sí desde La piscina (2003).

Gran amante del cine clásico norteamericano y de las creaciones genéricas fundacionales de Hitchcock en la parcela temática del misterio y la intriga, será esta El amante doble, por trechos, la más hitchockiana de las películas de Ozon, aunque con todo el sexo explícito que el inefable gordo inglés solo pudo incorporar metafóricamente en sus tiempos.

Drama psicológico devenido en thriller erótico y a la postre en un desestabilizador artefacto genérico anclado en puro territorio del absurdo, la ingeniería líquida y viscosa del filme lo sitúan en el zaguán de Verhoeven, De Palma y Polanski; si bien solo desde las premisas del amago, en tanto Francois nunca alcanza aquí el grado de indagación del holandés, del estadounidense y del polaco-francés.

Sin establecer mucho cálculo al afrontar el riesgo, el director europeo se lanza sin salvavidas en una inmersión descacharrante en las comarcas duales de la psiquis humana, y no para mientes en rozar la aparatosidad ridícula al efectuar su particular trasunto de Lives of the Twins, texto de Joyce Carol Oates. A resultas, su película habita en una coordenada de desbalance tonal y temático, solo plausible, o entendible, si el creador estuviese apostando aquí por una reinvención suicida del subgénero, cosa que no es tal a la larga puesto que, pese a todo el rejuego continuado de Ozon en el relato y la presunta subversión de pautas de este sistema narrativo, su hilo dramático terminará la andadura en el más ortodoxo ovillo de cierre fílmico.

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