Dos entre bares y demasiadas referencias

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Clavar los ojos al cielo es una novela de Yonnier Torres Rodríguez merecedora del Premio Fundación de Fernandina de Jagua 2011. Joven autor de 32 años, el villaclareño (con cuatro volúmenes publicados; reconocido mediante varios premios nacionales de narrativa, como el Calendario y el Luis Roguelia Nogueras, por mencionar dos de los más relevantes) fabula aquí una historia que funciona a medias.

Mérito de su trabajo es la fluidez del lenguaje, la capacidad narrativa del firmante -sabe contar de manera orgánica y coherente-, la facilidad para insertar diálogos bien concebidos e igualmente entrelazados a la espiral de la trama; así como cierta gracia para estampar destellos imaginativos (ese tigre del sueño del protagonista, o ese “Nuevo Movimiento del Crimen Organizado Mijail Bulgákov”) y cincelar trazos certeros en la definición caracterológica de dicho personaje central de Marcos. Algo menos en el de la Rusa, la otra figura humana de entidad dramática aquí.

Ahora bien, en términos generales, su relato resulta otra variación de un aria ya demasiado reconocible en esta comarca de ambientes semi-oníricos, tránsitos nocturnos de cantinas e incontinentes personajes letrados cuyo santo y seña remiten a demasiados fantasmas.  El creador de Delicados procesos revisita superpoblado ectoplasma literario u otros lugares comunes asistido a una voluntad -así se presiente en determinadas soluciones narrativas-, de renovarlos, consumirlos o subsumirlos (muy en la cuerda tarantínica) en tanto los sopesa, maneja e incluso somete a proceso parcialmente fecundo de ludicidad.  Empero, en pos de ello, apela a resortes intertextuales literario/cinematográficos/musicales arremolinados sin dique contendor, los cuales alcanzan un grado de espesor que llegan a apabullar al lector, reticente entre tanto Bulgákov y Tarantino o congéneres (y a esto le pone crédito alguien afecto al “link”, quien profesa devoción tanto por el eslavo como por el americano de ascendencia itálica; de antipatías no surge la opinión, pues) equiparaciones literarias, citas calzadas con fórceps, alusiones en tropel…

Diálogos como el siguiente dan idea del vasallaje referativo:

-“(…) Me gustan mucho los conejos blancos, a Bulgákov también, son animalitos obedientes. Nunca tratan de escapar.

  -También le gustan a Cortázar, a Bolaño y a Lewis Carroll”.

Más allá del universo, el perfil, las filias o los puntos de vista de las voces de este retablo, confrontaciones así me hacen pensar en un albañil haciendo el amor con su esposa a la una de la madrugada y comentándole al unísono cómo fraguó el serramento de su última casa. Tampoco me parece que hubiesen sido del agrado de quien puso rúbrica a El Maestro y Margarita; a lo mejor sí de un Quentin medio volado, cuando se metía semanas enteras en un videoclub angelino viendo lo humano y lo divino de su arte.

Cuanto sí deja claro el libro es el kilometraje de Yonnier en lecturas, visionaje…, amén de sus facultades evidentes para ir por más en su próxima aventura literaria. Nos vemos allí.

Clavar los ojos al cielo(1)

 

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