Donde todo empieza

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El monolito donde descansan los restos de Fidel es una visita obligada de quienes van al cementerio de Santa Ifigenia. Fotos: de la autora
El monolito donde descansan los restos de Fidel es una visita obligada de quienes van al cementerio de Santa Ifigenia. Fotos: de la autora

La primera visita es al cementerio. Casi llegas sin respiraci√≥n, con el polvo y el cansancio de m√°s de cuatro horas de viaje, agilizando a tu madre sexagenaria cuyas rodillas no la dejan avanzar m√°s r√°pido. Pero es preciso apurarse. Son las 4:30 y a las 5:00 es el √ļltimo cambio de guardia.

No hay tiempo para buscar la impresionante tumba de Carlos Manuel de Céspedes, ni contar las 92 rosas de bronce de Compay Segundo, ni detenerte ante aquellas bóvedas cubiertas por madera.

En el camino te encuentras con la pirámide de Emilio Bacardí, quien nunca pudo visitar aquellas de Egipto y por eso se hizo construir una cripta con esa forma, y ves a lo lejos la de María Cabrales, te gustaría buscar la de Mariana, la de Frank País, la de Abel y Haydée, pero no hay tiempo.

La visita al cementerio de Santa Ifigenia tiene un objetivo especial esta vez: llegar donde descansa Fidel.

Donde todo empiezaSigues al grupo de extranjeros que va hacia el monolito que asocias a un grano de maíz, ese en cuyo interior descansa el líder revolucionario. Te cuesta apurarte cuando te detienes al frente de la gran piedra.

Tu madre no para de llorar, pero tu sensación es rara, estás pendiente a la foto y los detalles que no pueden faltar en la composición de la imagen: el concepto de Revolución, el guardia de honor a la izquierda, el mausoleo de Martí al fondo, el de los mártires del Moncada, las palmas reales, las flores.

Mientras una de los custodios agita tu paso frente a ese gran hombre, piensas en que solo dos veces lo tuviste tan cerca: esta tarde de enero y aquella noche de noviembre cuando su cortejo f√ļnebre se detuvo en tu ciudad.

Antes de llegar notas los padres que van de la mano de sus hijos. Una peque√Īa le pregunta y √©l apenas puede responder, es demasiada la emoci√≥n. Entonces abrazas a quien te ense√Ī√≥ a ser revolucionaria, esa misma mujer que en la √ļltima visita a la necr√≥polis santiaguera te acompa√Ī√≥ all√≠, bajo la lluvia, a ponerle un girasol a Hayd√©e.

Mam√° no para de llorar. No siente siquiera el cansancio en sus piernas. Se pregunta c√≥mo puede un hombre tan grande estar enterrado en esa piedra. ‚ÄúDel polvo venimos y hacia el polvo vamos‚ÄĚ, le dices medio resignada; ‚Äúpero muchos son polvo que se esparce‚ÄĚ, agregar√≠a ella.Donde todo empieza

Vuelves la vista hacia los turistas que también hacen fotos y videos y miran con tremendísima solemnidad hacia el nombre empotrado. Entiendes entonces cuánto puede respetarse a un ser humano, e incluso admirar, más allá de las diferencias.

Como en todos los camposantos, el silencio es sepulcral; no es para menos, cuando se est√° rodeado de muertos. La gente vuelve a apurar el paso. Faltan pocos minutos para el cambio de guardia.

Donde todo empiezaTodos se arriman a la izquierda del mausoleo a Martí, que es como arrimarse a su corazón. Cuando suenan las primeras campanadas, los curiosos visitantes también hacen silencio.

Es eso lo que has amado m√°s y siempre de este cementerio, la m√ļsica patri√≥tica que anuncia en toda su extensi√≥n de 133 mil metros cuadrados que comienza el cambio de guardia, antes solo de Mart√≠, ahora tambi√©n para Fidel.

Sin embargo, esta es especial porque son casi las 5:00 de la tarde y ser√° la √ļltima. Un solemne militar marcha al ritmo de un fondo musical, original del Comandante Juan Almeida Bosque y llega hasta el mausoleo del H√©roe Nacional donde se une a los j√≥venes que llevan una hora de pie, firmes, custodiando sus restos.

¡Deben haberlo ensayado miles de veces! Reflexionas en tu interior, porque te cuesta comprender la sincronización de aquellos tres militares no solo con la melodía extendida en toda la necrópolis, sino, además, cuyo paso cae perfecto con el otro que custodia al Comandante.

Van de regreso al edificio administrativo, pero a√ļn no ha terminado la ceremonia. A la orden de una corneta mambisa, como la cual imaginas indicaba una carga al machete insurrecta, otros siete muchachos bajan la Bandera Cubana de varios metros que ondea a la entrada del cementerio.Donde todo empieza

Es hora de partir, ya cierran el cementerio y aunque hubieras querido pararte frente al impresionante mausoleo de Carlos Manuel de Céspedes, contar las 92 rosas de bronce de Compay Segundo, o ponerle un girasol a Haydée, estás satisfecha. Cumpliste con Fidel. Cumpliste con tu madre. Cumpliste contigo.

Desde las afueras el sol se oculta entre las monta√Īas insurrectas del Oriente, la Bandera, doblada ahora en un gran tri√°ngulo rojo, va de regreso, escoltada por los cinco j√≥venes militares. Lees un cartel en las afueras, que te recuerda que ‚ÄúPatria es humanidad‚ÄĚ y a solo unos metros una gran imagen de Fidel. El d√≠a no pudo terminar mejor. Precisamente en este sitio, donde pareciera que todo termina, la vida empieza. Vuelves entonces, llena de esperanza, al camino.

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