Dimas Martínez, mártir del 5 de septiembre | 5 de Septiembre.
sáb. Dic 7th, 2019

Dimas Martínez, mártir del 5 de septiembre

Cada año, el pueblo de Cienfuegos recuerda a los mártires del levantamiento popular del 5 de septiembre./Foto: Centro de Documentación

El calendario nos recuerda que el 15 de enero de 1909 nació en Ranchuelo, Dimas Martínez Padilla, aquel oficial de la Marina de Guerra durante la dictadura de Batista que se unió al pueblo cienfueguero en el combate popular contra esa tiranía el 5 de septiembre de 1957 y fue asesinado durante ese empeño rebelde.


Dimas dirigió con honor la defensa del edificio de la Escuela de Artes y Oficios San Lorenzo, frente al Parque José Martí, lugar que le fuera asignado por la dirección revolucionaria.

Como nació en el seno de una familia con posibilidades económicas, Dimas Martínez estudió en escuelas privadas y religiosas en Cuba y en los Estados Unidos. En la Universidad de La Habana estudió Derecho, pero no lo termina porque siguiendo su vocación matriculó en la Escuela Naval del Mariel donde se gradúa de Primer Teniente de la Marina de Guerra.  Después concluye Derecho y más adelante se gradúa de Contador Público, dentro de las Fuerzas Armadas. Dimas era sin dudas hombre de estudio y de paz. Por su carácter noble gana la estimación de oficiales y subordinados en la Marina de Guerra, en el Distrito Naval del Sur, en Cayo Loco, Cienfuegos, donde estaba asignado.  Cuando Batista da su segundo golpe de Estado militar, Dimas lo repudia en su fuero interno y al parecer queda expectante hasta atisbar alguna posibilidad de luchar contra sus sanguinarios procederes. Matricula en la filial universitaria que funciona en la segunda planta de la Escuela de Artes y Oficios San Lorenzo, precisamente el edificio que le corresponde defender durante el alzamiento de la ciudad.

Recuerdan varios alumnos de ese centro que aunque Dimas era oficial de la Marina, los jóvenes revolucionarios que allí conspiraban abiertamente contra Batista, no temían la presencia de éste, por su discreción,  y lo catalogaban como buen estudiante y compañero, que se desentiende del clima rebelde contra la tiranía que allí se aprecia a las claras. No los apoya verbalmente, pero tampoco los recrimina por algo que en su fuero interno también gravita en su pensamiento y decisión, aunque no militase en ninguna organización revolucionaria ni se acercase a éstas, porque el día 5 de septiembre, cuando los dirigentes de la acción revolucionaria toman silenciosamente la Base Naval, Dimas los apoya inmediatamente y sale a cumplir la misión que le asignan, y el edificio  cuya defensa dirige al frente de un grupo de marinos leales a la Revolución, incorporados también ese día, será el último bastión rebelde en la histórica jornada.

Allí combaten  el grupo de marinos bajo su mando directo y otro grupo de revolucionarios civiles, militantes del M-26-7 dirigidos por Pedro “Puyín” Olacoaga, jefe de Acción de esa organización rebelde.

Esos combatientes serán los que causen numerosas bajas en las filas del primer grupo de soldados enviados desde Santa Clara, el Tercio Táctico de Las Villas, a los que diezman. Luego permanecerán combatiendo durante toda la tarde contra nuevas fuerzas enemigas, incluso la aviación que los ametralla, y al anochecer Dimas le propone a Olascoaga que como quiera que se agotan las balas, salga con sus hombres por los techos de la escuela, para tratar de salvarse, porque espera que le respeten la vida a los militares, pero seguramente no será así con los civiles. Así lo creía su nobleza y caballerosidad.  Y quedan los marinos a su mando combatiendo hasta la madrugada.  Al concluir sus últimas balas, el enemigo penetra en el recinto tan bien defendido, y asesina a todos los que allí encuentra, incluido Dimas Martínez, su jefe, y su segundo al mando el teniente Jardín, otro héroe de la jornada, junto a todos sus marinos de conducta épica.  Las fieras que allí llegan ansiosos de sangre,  cumplen al pie de la letra  la orden del sátrapa:  “No quiero ni heridos ni prisioneros”.

Pero ese día aciago no fue el epílogo.  Quince meses después, cuando triunfó la Revolución, los cienfuegueros recuerdan desde entonces hasta ahora a los hombres buenos que combatieron aquel día de gloria al lado del pueblo, aquellos hombres buenos como Dimas, que tienen el recuerdo agradecido del pueblo sureño.

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