Día Internacional de la Infancia: Todos los días del año
dom. Oct 13th, 2019

Día Internacional de la Infancia: Todos los días del año

Ilustración: Ández

Ilustración: Ández

Las frases más cursis o trilladas se escribieron por ellos; pero la sinceridad y cariño que acompaña a la semántica signan su perpetuidad: mi sol, mi cielo, mi mi corazón, mi vida, mi tesoro… y cuanto de creativo alcance la pretendida madurez de un adulto, y aquí los abuelos merecen especial aparte, sin lugar a dudas.

Nos mueven el mundo: no hay día feliz sin su sonrisa y no existe preocupación mayor que su llanto. El desvelo es un estado constante, con sus pinceladas de sobresalto: la silla, el tomacorriente, el cable o el antes más insignificante de los objetos representa un enemigo en potencia para su seguridad, mientras nuestras medidas de defensa quizá exageran en la sobreprotección (conmigo sobra el quizá, sin temor a reconocerlo).

El orden es una utopía más que utópica cuando andan cerca: cualquier soldadito deserta aterrado -el pobre- a tu bolso de trabajo; una infeliz crayola exige asilo bajo un escaparate; un león, un caballo o un elefante pueden ser tus compañeros de almohada; el refrigerador es el mejor lugar para ocultar un zapato; nunca deja de sorprenderte cuántos objetos conviven detrás de una puerta… y siempre queda la interrogante de la atracción por los pozuelos, pomos y cuanto cacharro de cocina encuentren: si los vendedores de enseres lo descubren, va a la quiebra el negocio de los juguetes.

Redimensionar el arte es su especialidad: cantan y bailan a conveniencia, según la disposición del coro espectador. Y exigen aplausos, sin importar preferencias. La pintura mural es otro talento, manifiesto, y hasta llegas a considerarlo a futuro: ¿habrá galería donde exponer los garabatos en la pared, las sillas, el plástico de la lavadora, los zapatos de vestir del papá…? Aunque esa última pieza nunca tiene mucha aceptación en casa.

Perder la paciencia es un sinónimo de cordura –que lance la primera piedra quien no haya pecado- y ya a estas alturas los psicólogos precisan ampliar su teoría: ¿hasta diez contamos?, ¿cuántas veces diez?, ¿existe a nivel exponencial? Y seguimos hablando de números, pues la fórmula no responde a letras: cien veces los puedes regañar y no se enteran; el nombre tampoco se gasta, es un hecho. De respuestas ingeniosas y malabares paternos para no explotar en carcajadas, ni voy a hablar.

Mi repaso de cotidianidades suma apenas año y medio de experiencias. Para un bestseller se exigen las novedades de una escuela: ¿de verdad son tan escurridizas las gomas de borrar?, ¿de cuántas formas se puede maltraer un uniforme al terminar el día?, ¿regañan en las reuniones de padres? Pobre de mí. ¿¡Y la secundaria!? Mejor reservar estrés para luego.

Porque no es uno, sino todos los días del año los que celebramos la bendición de tenerlos cerca, lo más cerca posible, sin importar cuán niños los consideren los tratados internacionales e incluso ellos mismos. Vivimos, por ellos, para regodearnos en las frases más cursis y trilladas que conoce la humanidad: mi sol, mi cielo, mi corazón, mi vida, mi tesoro… y cuanto de creativo alcance la pretendida madurez de un adulto, abuelos incluidos.

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