Delia Rosa Espino Ramos: delicada flor silvestre

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Delia Rosa Espino Ramos. / Foto: Juan Carlos Dorado
Delia Rosa Espino Ramos. / Foto: Juan Carlos Dorado

Una joven, demasiado diría yo, para estar en un gremio de campesinos, pide la palabra en el Pleno de ANAP, y habla como si hubiese vivido el triple de los 22 años que tiene. Se expresa con madurez, con el ímpetu de su tiempo, y por su cara me sigue pareciendo una adolescente. Pero cuán equivocada estoy.

Termina la reunión, extendida más de lo que debe durar una cita de gente acostumbrada a la lidia cotidiana con el surco, las semillas, los animales…; la busco entre la multitud y le pido sentarnos a conversar. Alta, delgada, arreglada como para un día de fiesta. Se trata de Delia Rosa Espino Ramos, es la presidenta de la organización de base de la Cooperativa de Créditos y Servicios Antonio Maceo, y tiene un hijo pequeño de cuatro años.

“Yo quería ser psicóloga. Fui el primer expediente de mi Preuniversitario, pero llegó el embarazo y fue entonces como me convertí en madre. Atrás quedaron mis anhelos de estudiar, detenidos solo por el momento. Quiero hacerme agrónoma, porque le he tomado el gusto al campo”.

Ella es la hija del campesino Vidal, a quien consideran uno entre los grandes allá por Yaguaramas. Su madre le cuida el niño para que ella pueda desandar el extenso territorio de la cooperativa, y llegar a cada campesino, conocer sus inquietudes, necesidades, saber el estado de los compromisos productivos, y crear los nexos que los unen, a pesar del extenso territorio que abarca.

“Me monto en lo que sea: transporte alternativo, un caballo, coche…, lo que sea; imagínate, tenemos gente nuestra en zonas que ya están en la Ciénega de Zapata, como Babiney; y otras que limitan con Aguada de Pasajeros. El trabajo no es fácil, pero es necesario llegar a todos y explicarles los asuntos de la CCS”.

Inquiero sobre cómo toman los campesinos, gente ruda y a veces machista, ver aparecer en sus lares a una muchachita menuda, con voz aguda, montada a caballo y diciendo cómo hacer las cosas o exigiendo por las entregas al consumo social.

“No tengo problemas con mi gente, me respetan y me quieren”. Y una sonrisa se dibuja en su cara, como un signo de satisfacción. Aprovecho para preguntar cuál es la cifra de campesinos que atiende. “Son 397, dedicados a producir cultivos varios, granos, y un tanto de ellos se vincula a la ganadería. El territorio abarca ocho asentamientos poblacionales, siete consultorios del médico de la familia, varias escuelas, bodegas…, y a todos les prestamos atención, en lo constructivo y lo social. Es una región extensa de 3 mil 400 hectáreas de tierras cultivables”.

A estas alturas,caigo en cuenta de que Delia Rosa es una computadora, tiene un control absoluto del trabajo que desempeña. Me asegura que esta fue la primera Asociación de Base creada en el país, y lo dice con mucho orgullo. Y a seguidas, argumenta que hace muy poco participó en un recorrido con la Bandera de la UJC, representando a los jóvenes campesinos.

“Con el campesinado es preciso conversar, escuchar sus problemas y necesidades, no se puede esperar al día en que nos reunimos, es esporádico, a la gente del campo no se le puede estar convocando para una reunión con frecuencia, la cita de ellos es en el campo, con la siembra y los animales, y ahí es donde estoy yo, para oírlos y encaminar las gestiones”, concluye y sonríe, posa para la foto, me da su número de teléfono, y regresa con los suyos, porque para ella el tiempo es oro.

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