De Sica, observador del sufrimiento humano (II Parte)

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El cine del creador de Milagro en Milán unió a la habitual desenvoltura demostrada desde los inicios -principalmente en las cintas ya inscritas en el neorrealismo- un depurado estilo de realización, austero, exacto y preciso, donde convergieron, con armonía en su exposición, el análisis de esa simple complejidad de algunos de sus grandes personajes, y la efectividad de las tramas que desarrollara.

Ejecutó ejercicios fílmicos pertrechados de tanta dignidad como efectividad, en películas contentivas de abundantes dosis de sabiduría vital que, más allá de la tristeza que emanaran, entretenían y mantenían el interés del espectador.

De Sica solía subrayar y condensar la psicología de sus personajes, sus pasiones, con trazos certeros, que mucho ayudaron a comprender la materia de que está fabricada nuestra especie.

Las pel√≠culas suyas eran visiones contundentes y rotundas de humanidades en conflicto, merced al delineado del perfil de los personajes; la precisa selecci√≥n (y direcci√≥n) actoral -en varios casos, personas sin experiencia alguna en el oficio-; la sencillez genial de la concepci√≥n de los di√°logos, tan ordinarios e inelevados como la vida misma; y la imbricaci√≥n de las descalabros vitales observados a un marco social concreto, que en √ļltima instancia los germinaba, conduc√≠a e incluso determinaba sus desenlaces.

Este napolitano, nacido en 1901, maduró varias obras redondas, cerradas, bien ensambladas, las cuales sobresalieron por el minimalismo maestro con que su creador emprendió la arquitectura constructiva, decurso y resolución. Facturó cálidas narraciones, llenas de naturalidad, sin concesiones a efectismos ni estridencias, de ritmo pausado, donde bullían personajes memorables, perfilados con tiralíneas e interpretados con apabullante convicción.

(Continuará…)

 (Texto publicado originalmente en la versión impresa de la revista Cine Cubano)

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