De Sica, observador del sufrimiento humano (Final)

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El jardín de los Finzi Contini (1971)

Caro a la década, el cine de sketches encuentra en Ayer, hoy y mañana (1963),  una pieza poco desdeñable dentro de semejante modelo. De Sica toma tres relatos cinematográficos de Eduardo de Filipo (a partir de otro texto suyo, filma Matrimonio a la italiana, el mismo año), centrados en los universos de tres mujeres pertenecientes a diferentes estamentos de la escalera social italiana: Adelina de Nápoles, la paridora y pícara mujer de pueblo; Ana de Milán, la aristócrata voluble y casquivana; Mara de Roma, la prostituta de buenos sentimientos.

La principal baza del largometraje es el pulso con que se conciben en el papel, se encauzan por la dirección y se resuelven por Sophia Loren tres personajes con tamaña riqueza caracterológica, infinitud de matices.

Abrazan los ’70, juntos, De Sica y Zavattini, Zavattini y De Sica. Los girasoles, estrenada justo en el año que rompe la década, descuella por la temperatura histriónica del dúo Loren-Mastroianni; la hermosa partitura de Henri Mancini y la composición fotográfica de Giuseppe Rotunno.

Sus autores vuelven la vista a los tiempos que fueron de la pre a la postguerra para fraguar en tal contexto esta sugerente variación del tema ancestral de la partida a un viaje del amante y el posible o no posible retorno.

Representa el de Los girasoles uno de los guiones menos ortodoxos de la creación de Zavattini para De Sica: no existe absoluta linealidad en la narración; se juega con varios planos temporales; hay alternancia de campos espaciales e inserción de flash-backs… Pero el filme está lejos de incorporar esa energía interna efervescente, oteable otrora en los trabajos del binomio. Con un elenco eminentemente juvenil (Fabio Testi, Dominique Sanda), de Sica traslada a la pantalla, en 1971, El jardín de los Finzi Contini, la novela de Giorgio Bassani.

No hay más remedio que aceptar que el trasunto fílmico sobre la historia del cerco y posterior exterminio de una familia judía de Ferrara, con sus subtramas de primeros amores y caprichos burgueses, ha envejecido, no obstante su solvente puesta en escena. El veterano director se abotarga en una narración cansina marcada por su propensión reiterativa y la escasa semotividad del conflicto dramático.

Aunque en su momento recibió elogios -incluso algún crítico habló de “reverdecer” de la carrera del realizador y todo-, a mi juicio atestigua el declinar del maestro, cuyo esplendor innegable había tenido efecto ventitantos años atrás.

Con todo, el filme corroboraba el interés manifestado a lo largo de la vida por el cineasta de indagar en las esencias del comportamiento de los hombres, de aquilatar la incidencia de factores externos -en este caso, la guerra- en la descripción de trayectorias vitales, de sondear las llanuras abisales del alma.

Consecuente para consigo hasta la muerte, aguzó sus oídos hasta el último instante para escuchar lo que para otros era silencio: porque si algo resulta seguro es que el musitar de la existencia, ese envés del lado mostrable y tangible, únicamente puede ser captado por grandes perceptores.

Vittorio de Sica fue grande y lo será, pues a través de él nos asomamos más a nosotros.

(Texto publicado originalmente en la versión impresa de la revista Cine Cubano)

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