De España, un bodrio y una excelencia

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Foto: de Internet

Alumbran las pantallas cubanas dos estrenos españoles que se corresponden con par de formatos fílmicos situados en las antípodas: el de un cine antiguo con olor a muerte y el de otro actual, tan al tanto del nervio de su época como de los nuevos puntos delineados en el mapa social ibérico.

Catálogo inacabable de cuanto ya no puede hacerse en el séptimo arte, Palmeras en la nieve (Fernando González Molina, 2015) producto cinematográfico rodado mediante el televisivo espaldarazo financiero de Atresmedia y de estreno en septiembre, forma parte de una pantalla fosilizada, caduca, de formas expresivas gastadas por el tiempo y una gramática narrativa con sesenta años de retraso.

Intento de melodrama clásico en formato mastodóntico, resultan insufribles las casi tres horas de un metraje cuyo abotargamiento solo resulta menguado merced a las bellísimas tomas capturadas en la Guinea Ecuatorial donde transcurre, en dos planos temporales (el presente mucho peor que el primero, ya deprimente) esta historia de amor de tufillo neocolonialista.

Sergio G. Sánchez, el guionista de un excelente filme de terror español como El orfanato y del blockbuster catastrofista Lo imposible, se ahíta de la novela homónima y gesta kilométrica parrafada fílmica, perfectamente gestionable en hora y media menos de duración. Grata sorpresa, luego de casi contraer incontención urinaria viendo la película, la linda voz de Pablo Alborán cierra los créditos, a través del tema musical del mismo nombre. Algo palia, entonces, la contaminación sonora provocada por una banda meliflua y recargada.

Tercero y más malo de los largometrajes hechos por González Molina al servicio de Mario Casas, es contentivo de personajes y de actuaciones que provocan la más descarnada vergüenza ajena. Uno de ellos el compuesto por Adriana Ugarte. Cuando le canta a Ramón Barea al final en dialecto guineano da ganas de estar privados del sentido de la audición. De matar las escenas lúbricas bajo las cataratas y posterior coito samaritano playero con el africano que la trata a patadas, en esa suerte de tour de indagaciones raigales —¿o de turismo sexual? — de la españolita.

Películas como Palmeras en la nieve enlodan una pantalla nacional que produce decenas de buenas películas al año, la mayor parte de ellas, sin embargo, carentes de la incesante campaña publicitaria auto ofrendada por Atresmedia previo al estreno de esta mamarrachada.

Corrientes genéticas subterráneas de neorrealismo italiano y otras no tan subyacentes de cine social británico alla Loach/Leigh y del formato Guediguian temprano, ya en Francia, más algo de los belgas Dardenne de Dos días una noche, La promesa y El niño besan el dispositivo argumental y hasta la puesta en escena de Techo y comida (2015), verista documento artístico en torno a cómo la crisis económica se cebó con saña y alevosía en los núcleos hogareños más desfavorecidos del arcoíris social español.

La obra del debutante Juan Miguel del Castillo, ganadora del Festival de Málaga, es una pequeña gran película sobre la desolación, la inclemencia de los tiempos y los actos desesperados de una madre separada por salir, infructuosamente, adelante con su hijo; proporcionarle un techo que no puede pagar y una comida a la cual le resulta imposible acceder.

Drama social de hondo calado, continuador del camino temático de Hermosa juventud (Jaime Rosales, 2014), se favorece de la rigurosidad y el ascetismo de una narración hosca al artificio, las galanuras de guion y todo cuanto estorbe al centro focal del relato. Del tal, aquí no se verán subtramas ni personajes innecesarios; tampoco hueras situaciones de relleno. La película, breve en el metraje, va muy a por su objetivo. Y bien que lo cumple: de forma honesta, directa, con gran economía de recursos, ha hecho un diagnóstico social meridiano de un fenómeno que ha conducido al desahucio, la miseria y al paro a millones de españoles, especialmente a partir de 2012, año donde se centra la historia, en Jerez.

Natalia de Molina, en el rol central de esta madre ninguneada por el sistema, levanta sobremanera la película, mediante una actuación formidable, a tenor con el tono y la cuerda de experiencia cinematográfica lancinante por cuanto cuenta e inolvidable por cómo lo hace.

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