Cuando llueve…

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En Cienfuegos de 218,8 milímetros de precipitaciones, hecho inédito para ese período de tiempo en mayo, con un nuevo récord del volumen total, en el quinto mes del año./ Foto: Fidel Alejandro.

Cuando llueve uno nota que el pan no alcanza. Las bocas se abren y cierran a mayor velocidad, sienten la necesidad de hacerlo. Uno piensa entonces en el queso, la mantequilla, el arroz con leche, la mermelada, el congrí negrísimo, la leche en polvo con azúcar…, cuando llueve da hambre.

En un principio es como si fuera un descanso obligatorio que la naturaleza manda, es como si cortaras el cordón umbilical con el trabajo, la “lucha” diaria de pescar los comestibles, la escuela, el vecindario y la sociedad (incluso la virtual). Y comienzas a gastar las horas en recorridos ascendentes y descendentes por la casa.

Cuando llueve uno nota las tantas grietas que existen en el techo, la opacidad de las paredes humedecidas, y prometes a ti mismo repararlas antes de la próxima primavera, sin darte cuenta siquiera que ya lo habías hecho el año anterior, y el otro y el otro. No maldices el salario ni te culpas de ser uno de esos incapaces de resolver más allá de lo normado, y no lo haces porque a esa hora ya pasaste por el librero, estiraste la mano para atrapar las letras impresas de Leonardo Padura.

Eso sí es literatura, no importa que un centenar de intelectuales que se visten disparejo, fuman y están fajados con la vida, se harten en señalarlo de baja categoría, demasiado light llegan a decir, mientras desde la lectura uno siente aquella cascada torrente que limpia el sentido y da fuerzas para seguir escribiendo algo de Periodismo.

Sobre la cama, en posición horizontal, la más habitual cuando llueve, vuelves a mirar aquella fotografía en la que a pesar del tiempo no logras encontrar grandes diferencias, la sonrisa a medias para evitar una salida explícita de la dentadura, los ojos alegres, las jaboneras bien afuera, el cuello bien erguido y los rizos sobre los hombros como si fueran novias en buscan del sostén.

La lluvia tiende a ponernos sentimentalones. Nos sienta delante del televisor, nos hace mirarnos los unos a los otros y obliga a desintoxicarnos del ritmo acelerado de una vida citadina. Todo está humedecido, todo está cortado menos la interacción con las personas con que vives, y descubres rasgos diferentes, muecas diferentes, poses diferentes…

Cuando llueve uno suele sentarse a su hijo en las piernas y narrar las buenas cosas que,  pasaron en nuestra infancia. Cuentas de los juegos a las escondidas, de las tantas veces que saliste con un pomo en la mano para cazar ranas en los platanales cercanos, para luego operarlas y descubrir que era cierta la lámina del libro de biología.

Le dices, además, que lo más importante son los libros, no los tablets ni los celulares y menos las computadoras. Todo eso lo inventó alguien que estaba aburrido en días de lluvias fuertes, en su país lejano y solitario. Lo mejor del mundo es correr, divertirse, cuestionar, opinar, interactuar y salir de la burbuja en que nos mete la sociedad moderna. Oír música, a Carlos Varela, a Frank Delgado, a Nelson Valdés, a Cantores de Cienfuegos.

Cuando llueve el pan uno lo siente caliente, aunque hace rato que ya salió del horno y haya viajado medio Cienfuegos en bicicleta. La lluvia da hambre, hambre de todo.

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