Cuando la verdad despierta: el terrorismo imperialista contra Cuba | 5 de Septiembre.
vie. Nov 15th, 2019

Cuando la verdad despierta: el terrorismo imperialista contra Cuba

Con su thriller político ítalo-cubano, al realizador Angelo Rizzo le cabe el honor, siendo extranjero, de haber ofrendado un aporte a la memoria histórica cubana desde la ficción fílmica en torno a uno de los hechos de mayor trascendencia de su parcela reciente: la cadena de atentados a centros turísticos en el verano de 1997.

Con su thriller político ítalo-cubano, al realizador Angelo Rizzo le cabe el honor, siendo extranjero, de haber ofrendado un aporte a la memoria histórica cubana desde la ficción fílmica en torno a uno de los hechos de mayor trascendencia de su parcela reciente: la cadena de atentados a centros turísticos en el verano de 1997.

Soy sincero, por arriba de todo. Contra lo aconsejado por la primera regla del manual no escrito de un crítico, visioné Cuando la verdad despierta (Italia-Cuba-España, 2006) con el estorbador prejuicio de saber que su director, el italiano Angelo Rizzo, era el victimario de una de las cintas con intervención cubana más inimaginablemente malas del siglo XXI: ese churro innombrable de 2004 titulado El loco soñador.

Sigamos con la sinceridad: Con su thriller político ítalo-cubano quizá el creador siciliano no habrá reformulado las reglas del género, ni quizá siquiera realizado un exponente para aplaudir o tomar lecciones en las escuelas de cine; pero tampoco fabricó una película descartable ni un panfleto de coyuntura.

A Rizzo, quien muestra ahora que creció en su oficio, le cabe el honor, siendo extranjero, de ofrendar un aporte a la memoria histórica cubana desde la ficción fílmica en torno a uno de los hechos de mayor trascendencia de su parcela reciente: la cadena de atentados a centros turísticos perpetrada hace justo dos décadas por el terrorista Luis Posada Carriles y la Fundación Nacional Cubanoamericana, con la anuencia de la administración yanki, cuya consecuencia más notoria en el plano humano fue la muerte del joven italiano Fabio Di Celmo en el hotel Copacabana, tomada como eje a partir del cual se vertebra el relato.

El director y coguionista fue capaz de desflorar una etapa temática virgen para el ICAIC, al menos en el apartado de la ficción.

Y como película, y no documental que es su obra, se tomó algunas libertades entendibles para apuntalar la narración cinematográfica, pero que no son óbice para atestiguar que su relato y su puesta en escena conducen sin vacilación al receptor hacia la plasmación honesta y equilibrada de un pasaje cuya transposición fílmica le deja bien claro cómo el gobierno estadounidense maneja una doble política en cuanto al terrorismo y prohíja y apaña a sus secuaces en dichas tareas a clara conveniencia.

Eso, quizá para el narratario nacional, dada su preparación ideológica cujeado en comprender los dobles y triples estándares de las tretas yankis, pudiera parecer una soberana reiteración, pero para gran parte de los espectadores del exterior (sometidos a una extrema manipulación mediática sobre el tema), la película le supondrá un cocimiento de realidad que contribuirá sin dudas a despejar sus razonamientos.

Hay que agradecerle a Rizzo que su material no dude en fijar donde se ubican sus simpatías y fobias. Tomó partido, y perfiló un retrato frontal de las sinrazones del crimen, tanto que casi le costó la vida a él o a su familia, cuando en septiembre de 2006 le volaron el auto y le pusieron carteles que decían: “Váyase a Cuba”, para que luego de contra el periódico italiano Corriere Della Sera rematara la acción tildándolo de “antiamericano”.

Aun así, paseó a su filme por los festivales de Roma, Berlín y fue adquirido por varias distribuidoras mundiales. De cara a su comercialización preparó una edición especial en DVD, la cual incluiría el making off, un discurso del Comandante en Jefe Fidel Castro y el documental 3.5 K, estrenado en el Festival de Venecia.

Rizzo explicó a la prensa que este trabajo brinda información sobre los servicios de Posada Carriles a la CIA, al FBI y a la Fundación Cubanoamericana durante 40 años y el título simboliza las 3 mil 500 muertes ocasionadas a Cuba en ese período.

Sin embargo, pese a su carácter denunciatorio, Cuando la verdad despierta no queda hundida bajo el peso del alegato ideológico, en tanto su director a más de conseguir infundirle un —visto de forma general— acertado tratamiento visual y una edición ágil que en ciertos momentos recuerda a algún Soderbergh, sitúa varios planos espaciales (Cuba, El Salvador —de donde provino el asesino a sueldo de Fabio—, Miami, Washington), lo cual le confiere movimiento e incluso ductibilidad al relato.

Los principales valladares de la pieza están en que independientemente de contar en el reparto con magníficos actores cubanos, el casting no llega a encajar en la adecuación de determinados intérpretes a sus personajes; y en algunos casos el desempeño histriónico alcanza el grado de deplorable, tanto como el maniqueísmo en el dibujo de varios de los seres que habitan la historia.

El fornido y finado Enrique Almirante en el rol del anciano Giustino Di Celmo es el primero de varios desaguisados en este rubro, que van hasta la incorporación de una inexpresiva y en extremo alejada de su personaje Elizabeth Rivero en el papel de la novia de Fabio, hasta otros no menos digeribles. La inserción de la figura del amigo cubano del joven turista italiano, asumida por Jorge Martínez, resulta comprensible a efectos de rellenar la carne del esqueleto argumental, pero en esencia su ausencia poco hubiera importado aquí.

Por otro lado, el filme no logra desprenderse del todo de una traza telefílmica y de afrontar situaciones a partir de conceptos ya bastante demodé a la hora de entender el lenguaje fílmico: reparen nada más en la iluminación en las escenas interiores de la Casa Blanca: todo oscuro, en las sombras. La alegoría llega a asimilarse, pero ello no le quita su sesgo de puerilidad.

No obstante, Cuando la verdad despierta es otra de esas películas necesarias, como las de Moore, Chalbaud, Solanas, salvando las distancias de dimensión autoral entre aquellos y el mucho menor Rizzo. El cine, la historia, la verdad reclaman piezas tales. Y si Rizzo rubrica un logro de relieve aquí es que, más allá de sus percances estructurales, logra un acercamiento factual a la verdad histórica —no por ello despoblado de humanidad— justo y multidimensional, al cual de veras poco se le escapa en su asunción abarcadora.

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