Cuando iba a hablar Fidel

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Cuando iba a hablar Fidel, no había “aventuras” en mi casa. Abuelo Felipe se bañaba más temprano que nunca, abuela Nana ponía la comida casi después de fregar el almuerzo.

Abue tenía todo un ritual. Pegaba el sillón a la bocina del televisor, tomaba una actitud pensativa —mano bajo la barbilla—, contenía el aliento desde el himno, ponía todo su pensamiento en él.

Por tácito acuerdo, la comunicación familiar se reducía casi a gestos,  pasábamos a hurtadillas por la sala. A veces lo acompañaba un rato, pero eran muchas horas para una niña imberbe; y si nos permitíamos mi hermana menor y yo la visita de una amiga, migrábamos hacia el portal o la cocina, por respeto, porque nunca alzó la voz ni reprendió. Si algún imprudente vecino le tornaba la voz de Fidel un susurro, sólo arrastraba hacia la pantalla el palco reservado de toda su militante vida. No hacían falta palabras.

Y parco como era, solo ante las ocurrencias de Fidel le vimos reír hasta el llanto y elogiar alguna de sus genialidades políticas o estadísticas, con una frase que entonces me parecía una insolencia ecuestre: ¡“Es El Caballo”!

Mientras crecía sospechaba que muchas frases, razonamientos, exhaustivas disquisiciones del Comandante no las entendía del todo. Porque abuela me había ido contando, sin que él lo supiese, que era casi analfabeto, que se quedó huérfano a los 9 años, y desde entonces desandaba los caminos entre los ingenios en busca de unos quilos en los cortes; dormía en los barracones con adultos, comía harina sin sal en el machadato, razón por la que reservábamos el único arroz disponible para abuelo en las parcas comidas familiares del período especial.

Cuando se fue, este fatal año bisiesto, supe mucho más de su compromiso. Los combatientes (ACRC) me enteraron en la funeraria de que “el viejo”, por esa modestia propia de los genuinos luchadores de su generación, o tal vez porque creía cometer aún una infidencia, nunca había declarado su participación clandestina en la lucha, so merma de una jubilación más alta.

Abuelo Felipe solo conoció a Fidel por el televisor. Pero eso le bastó para entregar a la Revolución triunfante su único bien sin admitir recompensas: la bodeguita con la que dio de comer a sus hijos y fio víveres a medio Cienfuegos.

Estuvo en la fundación de las organizaciones de masas, respaldando a la abuela en todas las campañas femeninas, hizo a su hija alfabetizadora, fue a los cortes de caña y a cuanta faena o cruzada se convocara en lo más recóndito de la isla. Peleó en la Limpia del Escambray, arriesgó su vida en Girón. En ninguna de esas epopeyas estuvo cerca del líder, aunque lo merecía, pero nunca se lamentó. El Comandante le hablaba a él desde el televisor.

Fidelidad de audiencia que cinco décadas después, únicamente pudo ocupar la Mesa Redonda, y sospecho que con la callada esperanza de alguna de sus reflexiones , o que “El Fifo” apareciera al menos en una foto reciente.

En los últimos meses de su nonagenaria existencia, el trono frente a la pantalla se hizo de ruedas, la mano no subía a la barbilla, fallaba el aliento, pero allí lo esperaba como cada tarde.

Aún entro a la sala y me cuesta no verlo, y cuánto diera en estos días por tenerlo ocupando su venerado sitio y que comenzara otra vez el ritual familiar de tarde sin “aventuras”: Silencio todos. ¡Abuelo, Fidel está otra vez en el televisor!

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4 Comentarios

  1. “Guardia”, como cariñosamente nos llamabamos cada día que nos sentabamos en el portal de la casa, era una historia distinta a contar, sobre cualquier tema, pero nunca me habló sobre su vida de combatiente, de eso me enteré en sus funerales, cuando los combatientes de la revolución hicieron mención a su labor, y sí, cuando hablaba Fidel, el televisor era de él, se “parqueaba en el medio y cerca de la pantalla”.

  2. “Silencio todos. ¡Abuelo, Fidel está otra vez en el televisor!”, creo que todos tuvimos abuelos, padres, tíos así… Creo que hoy lo sentimos, quizá más, también por ellos. Gracias Isma por esta crónica. Gracias.

  3. Gracias Ismary, por este trabajo, me identifico mucho porque también tengo un abuelo que no se perdió nunca ni uno de los discursos de Fidel, con la suerte que yo sí lo tengo conmigo y no se ha parado de su sillón frente a la tele desde el sábado a las seis de la mañana. Como yo le digo, está haciendo una cobertura completa de todo lo que vive Cuba hoy. Cada noche cuando llego me actualiza de las cosas que han transmitido, de los trabajos, de las opiniones, de las personalidades y de las entrevistas.