Crónicas de la libertad: El día que amanecieron juntos un año y un pueblo (IV)

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La euforia revolucionaria se desató a lo largo y ancho de la geografía insular. El pueblo se lanzó a las calles a festejar el triunfo rebelde. /Foto: Archivo

Cuando en la madrugada del primero de enero comenzó a circular por el país la noticia de la huida del tirano Fulgencio Batista, desde el Oriente del país, a las puertas de Santiago de Cuba, el Comandante en Jefe Fidel Castro ordenaba a las columnas de Ernesto Che Guevara y de Camilo Cienfuegos —que ya dominaban el amplio territorio de Las Villas tras liberar a Santa Clara y Yaguajay respectivamente—, continuar su invasión hacia La Habana, y orientaba al pueblo comenzar la Huelga General Revolucionaria en repudio al Golpe de Estado militar y en apoyo a la Revolución.

La población cienfueguera, lanzada a las calles, se hizo dueña de su ciudad, la protegían. Televisión y Radio Nacional transmitían en cadena las órdenes del líder rebelde al frente de la Revolución, y eso era lo que la población escuchaba, atendía y obedecía en su delirante alegría. Solo el Movimiento 26 de Julio y Fidel Castro eran los héroes para todos.

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Esta vez los mambises rebeldes sí entraron a Santiago de Cuba.. /Foto: Archivo

La orden de poner en marcha la Huelga General Revolucionaria en apoyo a la Revolución y contra las maniobras del imperialismo y la reacción, de producir un golpe de Estado en la capital, se cumplía. El pueblo todo, en las calles, coreaba y apoyaba a Fidel: ¡Revolución sí, Golpe de Estado no! ¡Huelga General Revolucionaria sí!

Por instinto natural, la mayor parte de los cienfuegueros desconfiaron de esa tropa llamada Segundo Frente Nacional del Escambray, cuyos efectivos tomaron temprano esa mañana todas las instalaciones militares de la ciudad sin que ninguna de sus dotaciones ofreciera resistencia: se rindieron sin combatir. Su jefe, Eloy Gutiérrez Menoyo, y también sus dos jefes de Estado Mayor, los norteamericanos William Morgan y John Spiritto —de los cuales después se sabría que eran agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense—, anunciaban por la radio local y la prensa escrita, un grupo de prohibiciones: no vender ni ingerir bebidas alcohólicas, restringir la venta de gasolina, entre otras, que nada tenían que ver con la vida real, y revelaban desconfianza hacia un pueblo con brazaletes del M-26-7 y portador de banderas cubanas, que los desconocía y rechazaba sin palabras. Un pueblo que solo seguía las instrucciones de Fidel y su orden de paro nacional por la Revolución y contra las maniobras de hacerla fracasar, mientras aguardaba la llegada de sus verdaderos líderes.

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Con el llamado a la huelga general, Fidel desarmó el intento de golpe de Estado fraguado por la CIA y la dictadura en su pretendido afán de impedir a última hora el triunfo de la Revolución. /Foto: Archivo de Juventud Rebelde

La gente de pueblo conocía que Gutiérrez Menoyo había sido expulsado del Directorio Revolucionario 13 de Marzo y fundaría entonces esa organización, acogida al buen vivir en las montañas del Escambray, cercanas a Cienfuegos, sin apenas combatir con el enemigo y encima reacia a aceptar su unificación con las demás organizaciones realmente revolucionarias. A ello se sumaría, tras la llegada rebelde al macizo central de Cuba, el rechazo de los efectivos del autotitulado Segundo Frente Nacional del Escambray al pacto conciliatorio y de unidad lanzado por el Comandante Ernesto Che Guevara, quien desde El Pedrero, y en vista de la negativa, los apodó por el sobrenombre que, con esa sapiencia innata, los campesinos de aquellas serranías les habían endilgado a los vividores: “comevacas”, amén de denunciar otras tropelías contra familias guajiras, actos que ponían en tela de juicio la integridad del verdadero revolucionario.

Una vez establecido su Estado Mayor en el Distrito Naval del Sur, en Cayo Loco, la tropa del Segundo Frente acopió gran cantidad de armas y se mantuvo ajena a las orientaciones de Fidel y a los acontecimientos del país.

Pero la realidad era otra: en las calles el verdadero dueño del triunfo era el pueblo, y las masas enardecidas respondían con su participación multitudinaria en la Huelga General Revolucionaria decretada por el Comandante en Jefe.

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En otra maniobra por impedir la materialización del golpe, Fidel le ordenó a las victoriosas columnas comandadas por el Che Guevara y Camilo Cienfuegos a continuar su avance hacia La Habana. /Foto: Burt Glinn

El 4 de enero Cienfuegos vitoreó la llegada de sus verdaderos líderes, a cuya cabeza venía el capitán del M-26-7 Raúl Curbelo Morales. El avezado combatiente —uno de los implicados en el levantamiento popular armado de Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957 contra la tiranía— y su tropa, entró a la ciudad en una caravana de alrededor de 40 camiones, luego de liberar varios pueblos de los alrededores, e instaló su estado mayor en el edificio del antiguo colegio de Los Jesuitas. Allí recibieron a los dirigentes que comenzaban a llegar y habían reorganizado el poder en la ciudad.

El 17 de enero sería desarmado y desactivado definitivamente el llamado Segundo Frente Nacional del Escambray, aquel grupo hostil a la necesaria unidad revolucionaria, como veremos en otro capítulo de este seriado. (Continuará).

Crónicas de la Libertad: el papel de la emisora Casa Virgilio, de Cruces (III)

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