Costa Rica y el atentado a Maceo

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Foto tomada en 1892 en Costa Rica. De pie, de izquierda a derecha: Antonio Collazo, Flor Crombet, Antonio Maceo, Agust√≠n Cebreco y Jos√© Barrenqui. Sentados, en el mismo orden, Mart√≠n Mor√ļa Delgado, Rojas, Pedro Castello, Pe√Īa y Jos√© Rogelio Castillo.
Foto tomada en 1892 en Costa Rica. De pie, de izquierda a derecha: Antonio Collazo, Flor Crombet, Antonio Maceo, Agust√≠n Cebreco y Jos√© Barrenqui. Sentados, en el mismo orden, Mart√≠n Mor√ļa Delgado, Rojas, Pedro Castello, Pe√Īa y Jos√© Rogelio Castillo.

Era el 9 de noviembre de 1894 y el Mayor General Antonio Maceo Grajales se encontraba en Costa Rica. Realizaba una campa√Īa en el hermano pa√≠s latinoamericano para aunar voluntades y acopiar recursos para la ‚Äúguerra necesaria‚ÄĚ, a punto de estallar en la isla de Cuba contra el colonialismo espa√Īol, despu√©s de un tiempo de ‚Äúreposo turbulento‚ÄĚ.

Fue entonces que el C√≥nsul espa√Īol en Costa Rica recibi√≥ aquellas instrucciones de su gobierno de poner fin a la vida del l√≠der independentista cubano, al que no hab√≠an podido derrotar frontalmente en el campo de batalla aqu√≠.

Las investigaciones históricas confirman aquel hecho deleznable.

De manera que el C√≥nsul se prepar√≥ para cumplir esas infames √≥rdenes de su gobierno. Los esp√≠as espa√Īoles que segu√≠an a Maceo en Costa Rica supieron que este asistir√≠a al teatro Variedades de San Jos√©, la capital costarricense, donde actuar√≠a un actor cubano.¬† Prepararon entonces un ‚Äúincidente‚ÄĚ que deber√≠a parecer ‚Äúnormal‚ÄĚ, en medio del cual dar√≠an muerte al Tit√°n de Bronce. Esa noche acompa√Īaban al General Antonio, el patriota y Comandante del Ej√©rcito Libertador, Enrique Loynaz del Castillo y otros j√≥venes cubanos residentes en Costa Rica. Terminado el espect√°culo cultural, a la salida del teatro, algunos espa√Īoles integristas, miembros de un partido pol√≠tico espa√Īol que pretend√≠a mantener √≠ntegra la tradici√≥n del reino, comenzaron a discrepar y discutir con Loynaz del Castillo sobre un art√≠culo que hab√≠a publicado el d√≠a anterior en la prensa de San Jos√©. Ese era el pretexto para comenzar el alboroto.

Maceo se encar√≥ tambi√©n con los provocadores, quienes observaron que surgieron por detr√°s un grupo de espa√Īoles y por la esquina sali√≥ otro grupo que comenz√≥ a disparar sobre los patriotas cubanos que rodeaban al General Antonio. Se escucharon voces que gritaban: ¬°T√≠renle a Maceo! Restallaron m√°s disparos, pero el General Antonio, Loynaz y otros cubanos: ‚ÄúPepe‚ÄĚ Boix, Adolfo Pe√Īa y Ernesto Quir√≥s que eran los √ļnicos armados, respondieron tambi√©n con sus armas de fuego.

Fue el espa√Īol Lucio Chapestro quien le dispar√≥ a Maceo por la espalda y lo hiri√≥ gravemente. Sobre √©l avanzaba, arma en mano, otro espa√Īol que ven√≠a a rematarlo. Era el acaudalado comerciante Isidro Incera. Cuando iba a disparar sobre √©l, una bala del arma de Loynaz lo par√≥ en seco y cay√≥ fulminado en el pavimento. Los dem√°s espa√Īoles, que no esperaban la defensa encarnizada de los cubanos, se retiraron apresuradamente sin llevarse el cad√°ver de Incera ni a los otros heridos. Los cubanos tambi√©n se retiraron, llev√°ndose a sus heridos. Era necesario evitar conflictos con las autoridades de Costa Rica. Maceo fue inmediatamente atendido por m√©dicos cubanos residentes all√≠, que le salvaron la vida. El General Antonio acumulaba en su cuerpo atl√©tico, otra de sus gloriosas heridas en combate. Una m√°s entre las que sumaron 26, las cuales recibi√≥ durante toda su vida.

Al d√≠a siguiente del incidente, el C√≥nsul espa√Īol protest√≥ ante el gobierno de San Jos√© diciendo que Maceo y sus hombres hab√≠an matado a un espa√Īol honrado y hab√≠an herido a otros. Los investigadores locales determinaron que los hispanos hab√≠an iniciado el ataque y que el fallecido hab√≠a disparado su arma cuatro veces antes de ser abatido. De esta manera, de real defensa propia, se manej√≥ el incidente que pudo haber costado la vida del Mayor General Antonio Maceo, y finalmente parti√≥ de Costa Rica, tan pronto como se recuper√≥ de su herida y con su prestigio intacto.

Al rese√Īar en la prensa de Nueva York el alevoso atentado, Jos√© Mart√≠ escribi√≥: “Nada pueden los asesinos contra los defensores de la libertad.¬† La pu√Īalada infame no hiere a la Revoluci√≥n, hiere al honor de los que pretenden sofocar, con el crimen inicuo, la aspiraci√≥n de un pueblo”.

El asesinato político ha sido arma de todos los imperios en todos los tiempos. Y de gobiernos corruptos del área, también en el presente.

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