Conjuro para estos males

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Quiero pensar que no nos es indiferente (al menos a la gran mayoría). El vertimiento de residuales sobre las vías urbanas, los canales obstruidos, las esquinas inundadas de aguas negras y pestilentes, microvertederos y supiaderos repletos de escombros provenientes de las construcciones particulares, desechos generados en las viviendas y sacados en horarios no establecidos, papeles dispersos por los calles —muy próximos a los sitios donde expenden alimentos—; huecos en las aceras, el deterioro de los edificios, la falta de armonía entre nuevas y viejas construcciones que hieren la retina de puro contraste.

Regulaciones urbanas ignoradas a sabiendas o impelidas por la premura y la necesidad de hallar una solución inmediata al problema, dan al traste muchas veces con la imagen respetuosa que doblega al transeúnte. Nuestra urbe, distinguida por sus múltiples valores arquitectónicos e histórico-culturales y con suficientes méritos, válidos para la inclusión de su Centro Histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad, está dolida y nos mira culpándonos por sus múltiples lesiones, esas que le surcan su cara y atormentan su anatomía de cuadrícula.

Hoy nos hace falta un conjuro para estos males, porque lo genuino y auténtico se enfrenta en desventaja con la desidia y la indolencia. Toda actividad social o empresa humana que requiera una acción concertada, se atasca cuando los partícipes asumen una pasividad pasmosa, y prefieren eludir los actos, como si también no fueran culpables al tolerarlos, en esa nueva costumbre de “no buscarme problemas” porque eso “no es asunto mío”.

“Está sucia Cienfuegos”; “de qué Perla hablas”; “no queda ni rastro de lo que fue antes esta ciudad”; “a quién se le ocurre decir que esta es la Linda Ciudad del Mar”; bueno el mar no podemos soslayarlo porque nos acompaña queramos o no, y nos empeñamos también en “hacerle regalitos” que contaminan sus aguas. ¿Qué hacemos para cambiarlo?, ¿cuántas veces miramos al otro lado ignorando que la ciudad es de todos los que la habitamos?, ¿hasta cuándo culparemos al Estado de nuestras propias acciones?

Pasan las carretillas cargadas de desechos constructivos; dejan sin reparos los restos de animales muertos, el tareco que nos sobra, las ramas cortadas del árbol del patio, todo dejado en el reciente muladar que alguien inauguró sin bombos ni platillos. Allá van a incrementar los vectores y no lo impedimos, quizá porque sabemos llegará la impronta (programa de saneamiento) a poner el orden, mes tras mes, una y otra vez, como si con una no fuera suficiente para aprendernos la lección.

La integridad, el estricto cumplimiento del deber, la falta de sentido de pertenencia y responsabilidad, se me antoja andan por pasillos oscuros y nebulosos, suben paredes negras, y escapan por ventanas vacías, descubiertas; sordos los oídos, vendados los ojos; cubiertas las bocas, para que “Periquito Pérez” campee por su respeto cometiendo cuanta indisciplina social se le ocurra; total, si “a la hora los mameyes” preferimos parecernos a los tres monos ¿sabios?

En la puesta en escena que constituye el día a día, nuestro teatro está en la comunidad, centro de trabajo o sencillamente en el transitar por la ciudad; las cortinas resultan aquello que no vemos —o vemos y no queremos ver (paradójico, ¿verdad?)—, pero imaginamos existe, porque sale a la luz cuando así lo queremos o nos conviene.

Es por ello que revisar disposiciones legales y aplicarlas, no solo a particulares sino a aquellos representantes de la administración incumplidores de sus funciones, deberá servir de escarmiento a los empeñados en continuar invidentes ante las urgencias de otros. Se trata, en primer término, de consumar cada cual su deber como ciudadano.

La sistematicidad, el control, la disciplina, organización, eficacia, y otras, no constituyen meras palabras, huecas, sin sentido y mucho menos slogan de estos tiempos; deberían convertirse en acción y manera de actuar, pero no para el mañana, la urgencia es de hoy, de ¡¡¡ahora mismo!!!

Soplemos la hojarasca y andemos apretados en esta lid del presente. En aras del bicentenario de la villa Fernandina de Jagua cambiémosle la imagen actual, restituyámosle su pulcritud, y vivamos otra vez el orgullo que siempre tuvo el cienfueguero: vivir en la ciudad más limpia y bella de Cuba.

6 Comentarios

    • Gracias Yudith. Lo cierto es que Cienfuegos agoniza y se muere ante los ojos de muchos, sin que “casi” nadie sienta su dolor.

  1. muy buen articulo y muy buen comentario de Humberto,creo que debe ponerse las pilas cienfuegos para rescatar el titulo de la ciudad mas limpia que perdimos hace mucho tiempo ,en los años 60 y 70 que habian mas necesidades que ahora existia el carro que limpiaban las calles , exixtian los barredores de calles existia algo que no existe hoy disciplina social ,la basura no se saca a la calle hasta despues de las 8 de la noche y se debiera recoger al amanecer como era antes ahora aveces pasan los dias y la basura acumulandose en las calles el que vota escombros hay que multarlos en cada barrio se sabe quien esta construyendo y de donde salen los escombros tienen que existir leyes que sancionen las indisciplinas sociales y si esxisten aplicarlas pero con rigor para la celebracion del 200 aniversario de la ciudad ademas de rescatar el patrimonio destruido hay que rescatar tradiciones hay que recatar los cines la limpieza de las calles vivimos en una sociedad que hay mucho nivel profesional pero esta casi nulo el nivel de educacion ese que representa las buenas costumbres el deber de sentir tu pueblo tu pedacito limpio, esa educacion que respeta al vecino no poniendo esas bocinas altas con esa musica chavacana y de mal gusta en el medio de la calle y a cualquier hora ,el respeto a los monumentos a las paredes de la ciudad ver la policia haciendo rondas detras de la delincuencia como cienfueguera me duele ver el deterioro en que esta mi bella ciudad que el 200 aniversario sea el principio del recate de nuestra ciudad SOS CIENFUEGOS

    • Gracias por su comentario y coincido plenamente con usted. Nos falta disciplina social, comunitaria… sentir como propio el dolor de nuestra ciudad y entre todos asumir que es nuestra, solo nuestra y mucho podemos hacer para recuperar su esplendor.

  2. Buenas tardes, Humberto. Tiene razón, la situación con los canes en la ciudad es preocupante. El pasado 21 de julio, en la página 4ta de la edición impresa, publicamos un trabajo relacionado con ese tema. Insisto en que la ciudad es de todos, por lo tanto debemos cuidarla, evitar lo que hoy ocurre y no voltear el rostro cuando vemos cómo suceden ante nuestros ojos. Le agradezco su comentario. Un abrazo.

  3. Muy bueno, oportuno y acertado su comentario, pero considero que hay un detalle que se pudiera agregar al mismo y es algo que si mal no recuerdo usted se ha referido en otras ocasiones y es relacionado la cantidad de perros que deambulan por nuestra ciudad y en especial por las principales arterias, así como a las “mascotas” que las dejan libres en las aceras a realizar sus necesidades molestando a los vecinos y transeuntes, no me opongo a que la saquen a las aceras pero que recojan los “desechos”, que cosntituye un deber o de lo contario que las mantengan en sus casas

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