Concluyeron los Juegos Olímpicos de Tokio y nos dicen que no se puede “politizar” el deporte

Han concluido los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, entre la incertidumbre y el deseo de su celebración; disputados bajo exigentes protocolos sanitarios, estadios vacíos y en una fecha distinta a su nombre. Terminan, pero poco se habló de política, porque en medio de la guerra cultural que se nos impone «no se puede mezclar el deporte con la política» y entonces «santa palabra» dijeron los medios y lo repetían algunos internautas de las redes que han creado sus propios grupos con inclinación al deporte u otros que se meten en el tema con sus malas intenciones.

Es por eso que, en medio de los festejos, poco se habló de los bombardeos atómicos que destruyeron hace 76 años las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No se mencionó que aquel 6 de agosto de 1945, dos ojivas nucleares «Made in USA» mataron de manera instantánea a más de 210 mil personas. Los medios si hablaron de la ciudad de Fukushima, en la que después del desastre nuclear provocado por el impacto de un tsunami hace diez años murieron más de 18 mil personas. Esta ciudad hoy se recupera y fue sede de dos deportes nacionales de Japón: el béisbol y el softball. ¡Grata noticia! Todo un símbolo de la voluntad de este pueblo con cultura milenaria y con un estoicismo demostrado. No obstante, no se mencionó la dramática vida de los hibakushas, palabra que en japonés significa ¨persona afectada por las bombas atómicas¨. Tal parece que no se puede hablar de historia, porque entonces aburre y además se cae en política. No obstante, la amenaza de una guerra nuclear es mayor hoy que nunca y se encuentra liderada por el mismo actor de aquel genocidio: ¨Quizás, el peligro mayor que hoy se cierne sobre la Tierra deriva del poder destructivo del armamento moderno que podría socavar la paz del planeta y hacer imposible la vida humana, sobre la superficie terrestre, decía Fidel Castro Ruz en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Nos sugieren no hablar de política y solo de deportes, de títulos y de marcas olímpicas. Resulta que las muestras de altruismo que una vez más se expresaron bajo los cinco aros, cuando vimos al atleta catarí Mustaz Barshim compartir su medalla de oro con el italiano Gianmarco Tamberi en el salto de altura, no es política. Este ejemplo de la cooperación que debe primar entre los seres humanos, ajenos a los mensajes de elitismo y de competitividad a todo costo que se nos quiere imponer como medio de supervivencia, donde el hombre sea lobo del hombre, nos dicen que no es política.

No consideran política ver que la mejor gimnasta del planeta, la norteamericana Simone Bile renunciaba a participar en la final por equipos de gimnasia artística y denunciaba la presión psicológica que sufren los atletas de alto rendimiento, incluida la violencia sexual a la que ella misma fue sometida por su entrenador hace varios años. La atleta alzó su voz y decía un secreto a gritos: «No somos solo atletas. Somos personas al fin y al cabo y a veces hay que dar un paso atrás». Antes de Biles, fue la japonesa Naomi Osaka quien hacia públicos los problemas de salud de los deportistas, un asunto que pone al descubierto el esfuerzo que tienen que hacer para competir a tan alto nivel, lo que merece el respeto y la atención de todos, en un mundo en el que los jugadores se enfrentan no solo a superar los resultados deportivos, sino que deben hacer frente a los medios, a los patrocinadores y a los cada vez más cortos periodos de tiempo entre competencias, que les ha impuesto un deporte cada vez más mercantilizado. Por supuesto que no se puede hablar de política porque el deporte no se puede politizar. ¡Santa palabra! Repiten los medios.

Tampoco se habló de política cuando vimos al campeón olímpico ingles de clavados en plataforma de 10 metros, Tom Daley tejiendo. Lo hacía mientras veía las finales femeninas de trampolín de 3 metros y poco después de declarar «Soy gay y campeón olímpico», para demostrar que no son cualidades incompatibles. Ni cuando se daba a conocer que por primera vez se aceptaba la participación de un atleta transgénero en una cita olímpica y la pesista neozelandesa Laurel Hubbard inscribió su nombre en estas lides, no por sus resultados deportivos, sino por ser la pionera de ese género es estas competencias y sufrir insistentes críticas. Se trató de omitir la política cuando se comentó la actitud rebelde de los atletas de utilizar el vestuario más cómodo para lograr resultados, desafiando el sexismo que obliga por ejemplo a las muchachas a utilizar calienticos sexis en el voly de playa. Aquí me dicen algunos, «eso es el deporte y no trates de politizar el asunto». Claro que es político seguir luchando por sociedades inclusivas, sin el predominio de conceptos machistas y homofóbicos que se promueven desde la ultraderecha reaccionaria de Norteamérica y Europa.

Los medios si hablan de sancionar por su «mensaje político» a la subcampeona olímpica de lanzamiento de la bala, la estadounidense Raven Saunders. La deportista afronorteamericana y comprometida con la comunidad LGBT envió un mensaje con sus brazos en forma de cruz a los oprimidos, demostrando su deseo de que los que son olvidados: negros, homosexuales y enfermos psiquiátricos, compartieran ese triunfo. Según Saunders, envió su mensaje «a todas las personas del mundo que están peleando y que no tienen una plataforma para hacer escuchar su voz«. Pero el deporte no se puede ligar con la política y la Saunders ¨violó las normas¨ del sacrosanto COI y casi es destronada. Al final se hizo justicia, cuando el organismo no actuó, al enterarse que su madre había fallecido cuando se dirigía a celebrar el triunfo de su hija: negra, lesbiana y con afectaciones psíquicas en el pasado. Por supuesto que traer a la memoria a los velocistas norteamericanos negros: Tommie Smith y John Carlos, quienes aprovecharon el espacio para desde el podio protestar contra la segregación racial en los Estados Unidos, con el saludo del Black Power (Poder Negro), en aquellas Olimpiadas de México 68, no es políticamente correcto para los grandes medios. Hablar de las causas de la discriminación que persiste en la sociedad norteamericana es hablar de política y el deporte… ¡Santa palabra! Replican los medios. Hablemos entonces del «bueno y justo» COI que perdonó a la valiente Raven Saunders sin comillas.

Es que «no podemos politizar el deporte» nos repiten, por lo que no debemos discutir de la exclusión injusta de Rusia de los Juegos, tras ser acusada de ocultar los resultados de las pruebas antidoping. Los deportistas rusos fueron obligados a competir bajo el pabellón del Comité Olímpico de Rusia, tratando de humillarlos como hacían los nazis con sus prisioneros en los campos de concentración. También los trataban de denigrar cuando leíamos de manera martillante que «Rusia era excluida durante cuatro años por escándalo de dopaje», como si todos sus atletas fueran culpables o como si los únicos dopados en la historia de los eventos deportivos fueran los rusos. A esa hora olvidaron la historia en la que aparecen nombres de tramposos celebres de otras nacionalidades no rusa, que fueron sancionados de forma individual. Algunos de manera definitiva y otros por cortos períodos de tiempo. Son los casos de luminarias como el velocista canadiense Ben Johnson; el ciclista estadounidense Lance Angstroms; la velocista estadounidense Marion Lois Jones; el velocista estadounidense Tyson Gay; la estelar estadounidense Florence Griffin-Joyner; los velocistas jamaicanos Asafa Powel y Yohan Blake; así como el velocista estadounidense Justin Gatlin. Los mencionados son solo una pequeña muestra del fenómeno del dopaje en el deporte. Pero hablar de historia es hablar de política y nos dicen que de eso no se puede discutir y mucho menos decir que el COI nunca obligó a sus delegaciones de origen a desfilar con otra bandera, aunque estos sean tramposos connotados

No, no podemos hablar de política en el deporte, aunque viéramos que existe un Equipo de Refugiados por segunda vez en estas lides, con 29 deportista de 11 naciones. Este equipo incluye curiosamente a 28 atletas de 10 países (Siria, Irak, Afganistán, además de República del Congo, Sudán, Sudán del Sur, Camerún, Irán y Eritrea) que no pudieron hacerlo por sus respectivos naciones, debido a que tuvieron que dejar sus hogares después de haber recibido la fabulosa «ayuda humanitaria» yanqui que solicitan por estos días los apátridas para Cuba o por tener que escapar de las guerras promovidas por las grandes potencias para adueñarse de sus recursos naturales, por la violencia o por desastres naturales. Ni podemos decir que es un asunto politizado, incluir en este grupo a un atleta venezolano que ni el mismo sabía que era refugiado. Hablemos de deporte y no de política. ¡Santa palabra! Repiten una vez más los medios.

No podemos hablar de política cuando vemos que el New York Times o la NBC no se rigieron durante todo el evento por las reglas establecidas por el COI para informar la tabla posiciones en el medallero olímpico, que organiza los lugares de acuerdo al color de las medallas y no por la cantidad total que se obtienen. Estos medios manipularon la información de manera que el que se asomaba a sus páginas no sabía que China estuvo mandando en el medallero hasta el último día, a pesar de la propaganda de la supremacía del modo de vida norteamericano. ¡Ah, y al final los chinos solo quedaron a una medalla de oro de los yanquis! Tampoco se puede politizar cuando vemos el robo de cerebro por las grandes naciones o cuando nos dicen que se ha globalizado el medallero, porque «ya no son 56 países los que se reparten las medallas, sino que son 61» ¡qué gran salto! Los medios no comentan que las medallas se siguen concentrando en unos pocos, como mismo pasa con el Orden Económico Internacional. Por ejemplo, los países del G-7 que concentran el mayor peso económico, político y militar del planeta, acumulan el 41.8 por ciento del total de las medallas de oro que se han repartido en las ediciones de los Juegos Olímpicos; mientras que los países del G-20 acumulan el 98.5 por ciento del total de las medallas de oro. ¡Pero eso es gracias al «desarrollo que han alcanzado» y ustedes son unos envidiosos! Argumentan algunos internautas.

Bueno, entonces ¿qué me dicen de Cuba, que a pesar del bloqueo económico comercial y financiero más largo impuesto a una nación, se ha colado entre los del G-7 sin haber sido un imperio en sus orígenes ni amasar el PIB astronómico de estas naciones y también supera a muchos de los del G-20, con 7 medallas de oro y ocupando el lugar 14 del medallero? ¡Ah, eso es política y tú vuelves con el bloqueo! Ninguno habla del bloqueo como si ocultarlo no fuera hacer política. Algunos logran reconocer que «Cuba ha logrado 84 medallas de oro y ocupa el 16 lugar histórico, gracias al boxeo, deporte en el que se ha especializado»; pero no mencionan que también Cuba tiene medallas en otras 14 disciplinas deportivas. ¡Del lobo, un pelo!

Concluyeron los llamados Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (pero que se celebraron en el 2021) y partir de ahora nos prepararemos para París 2024 (que esperamos si celebren en el 2024). Espero que para entonces si podamos hablar de política; aunque yo me quedo con lo que decía el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba: «Algunos o tal vez muchos de ustedes se pregunten, donde está la política en este discurso. Créanme que me apena decirlo: la política está aquí en estas moderadas palabras. Ojalá muchos seres humanos nos preocupemos por estas realidades y no sigamos como en los tiempos de Adam y Eva, comiendo manzanas prohibidas». Entonces si digo ¡Santa palabra!

*Miembro Distinguido de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba.

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Andrés Martínez Ravelo

Ingeniero civil. Miembro distinguido de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba.

2 Comentarios en “Concluyeron los Juegos Olímpicos de Tokio y nos dicen que no se puede “politizar” el deporte

  • el 13 agosto, 2021 a las 3:31 pm
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    Brillante artículo, felicidades.

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    • el 15 agosto, 2021 a las 10:15 pm
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      Muchas gracias amigo.

      Respuesta

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