¿Comernos el idioma?

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Mi redacción, de niño, fue muy atropellada. Siempre presuroso en terminar la tarea escolar para ir a jugar, por lo general escribía a golpe de impulsos, más intuitivos que racionales. Luego, el resultado del texto ya se lo podrá imaginar el lector: desastroso.

Empero, mi desespero por reunirme con la chiquillada del barrio tenía un gran escollo por sortear. La censura de la calidad de mis deberes con el Español, específicamente con la Gramática, venía de mi madre, una persona meticulosamente pertinaz con el uso del idioma, a pesar de no sobrepasar el sexto grado de escolaridad.

Recuerdo que sus ojos repasaban con paciente calma y escrúpulo ortográfico cada línea de la composición, y ante la pifia, su mirada austera y exigente se posaba en mi impaciente rostro, hasta espetarme: “¡Te has comido por lo menos una docena de letras!”.

Comer, según el diccionario de la Lengua Española, entre sus acepciones, detalla: saltar, pasar, al leer o copiar, un escrito. Entonces, la vieja, sin ese dominio literalmente estricto de las normas que rigen el idioma de Cervantes, tenía mucha razón, yo era una especie de “alfabetófago” del léxico.

Y qué diría mi progenitora en estos tiempos de encuentros y desencuentros entre las eras atómica, espacial, cibernética y digital, cuando la celeridad de la vida casi obliga a la más estricta síntesis, y lo elíptico, en casi todos los actos de nuestra cotidianeidad.

Por supuesto que la comunicación interpersonal no escapa a esos patrones impuestos en el mundo de la interconexión digital. Los móviles, ordenadores personales y tabletas, entre otros dispositivos computarizados, son medios que obligan y requieren ganar tiempo y espacio, por la premura del servicio y el costo de su uso.

Fundamentalmente, niños, adolescentes y jóvenes, son los segmentos de la sociedad  que constituyen la mayoría de los internautas. Sin lugar a dudas, entre ellos existe algo así como un pacto tácito del empleo de códigos extralingüísticos que se alejan sustancialmente, y yo agregaría, peligrosamente, de la reglas gramaticales, semánticas y lexicales del habla.
Y los cubanos no somos la excepción; es más, como latinos al fin, caemos en el excentricismo de una jerga, chabacana y vulgar, e inexpugnable por la ambigüedad; en ocasiones, parecen más bien cifrados o jeroglíficos que viajan con impunidad por la redes sociales en formas de chats o email. Pero eso es solo la parte más visible y actual del fenómeno filológico.

Sobre el uso de nuestro idioma, la doctora Graziella Pogolotti en su columna dominical del periódico Juventud Rebelde hacía la siguiente reflexión: “(…) Entre nosotros, el tema reclama atención de primer orden ante el deterioro en el empleo de la lengua que concita preocupación en amplios sectores sociales. Por distintitas vías se ha manifestado la necesidad de conceder la debida jerarquía al aprendizaje del idioma, no solo mediante el manejo de la gramática, sino a través del entrenamiento en la comprensión de textos literarios”.

Nada de exageración tienen estos apuntes a modo de la introversión que nos atañe a todos, desde los padres exigentes ante los deberes escolares, como la excelencia en la enseñanza y práctica de la lengua materna por parte del maestro y las instituciones educativas, amén del papel de los medios de comunicación.

Luego, todos juntos debemos cerrar filas y convertirnos en el antídoto de quienes son capaces de transmitir mensajes como este, extraído fielmente de la realidad:

“M hma como sta la cosa. X aki tdo ok. Cdo ns vemos. Rerda ir al w mñana. Ns vemos. No kro + # conmigo. Jjjj. Slus. TKM”.  

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