Cine surcoreano: el embrujo de Chungmuro (IV Parte) | 5 de Septiembre.
mar. Nov 12th, 2019

Cine surcoreano: el embrujo de Chungmuro (IV Parte)

Arirang, dirigida por Kim-Ki duk en 2011.

Los surcoreanos van por lo suyo sin miedo, mediante un rico descaro al asumir el riesgo, hasta el borde mismo del peligro. Resultado: un péndulo oscilante del cine mayor al ridículo. Gana el primero en buen trozo de las ocasiones, eso sí. Tanto la disimilitud e hibridación/subversión constante de géneros como la diversidad de estilos, iconoclastia, metatextualidad, creatividad, presencia de complejas tipologías, crudeza y empleo naturalista de la violencia/sexo en el tratamiento de muchos temas e incesante búsqueda de nuevas coordenadas argumentales en filmes de impecable puesta en escena rodados con profesional pericia técnica, potencia visual, belleza estilística, arrojados encadenamientos dramáticos, frescura, dominio y osadía narrativas evidencian la admiración y la autocapacidad de asombro de sus gestores ante el potencial -todavía infinito- de los mecanismos expresivos del séptimo arte.

He ahí arriba el ABC primario de comprensión del magnetismo desprendido por parte de este cine. Paradigma que podrían seguir algunas cinematografías latinoamericanas, de poseer no solo el debido respaldo oficial sino además la voluntad de algunos creadores para soslayar prejuicios y no temer abrir la doxa a la heterodoxia.

Mas, el embrujo del cine surcoreano, el cual prenda aun más en su vertiente autoral, solo puede explicarse viéndolo. Lamentablemente ni el redactor ni otros colegas aficionados de la escuela asiática existentes en el país han podido apreciarlo en su completa dimensión, si bien segmento importante de lo tampoco escaso visionado gracias a gestiones compartidas da la medida para sostener que lo hecho allí durante los tres lustros recientes no supone otra de las modas pasajeras de los curadores de Cannes. Pese a que 2007-2011 no fuesen sus primaveras más floridas, acótese.

Hasta alguien como Kim Ki-duk ha flaqueado durante sus recientes propuestas, quizá el ejemplo más palpable sea su fallida Arirang (2011). No obstante, la obra de este director, uno de los más conspicuos y legítimos representante del llamado “nuevo cine coreano” -mal que le pese a quienes ya abjuraron de sí, incluso tras la maravillosa pero subvalorada Aliento (2007), o nunca les interesó-, abre brechas de insospechadas cuan luminosas aperturas hacia un universo de significados que apunta, en primer caso, a la extraordinaria complejidad de las relaciones humanas en la frialdad del mundo moderno.

Sus filmes angustian y apasionan, abruman de incógnitas y desbaratan falsas intuiciones, a través de relatos generadores a dos manos del estupor y la desazón que se agazapan en las capas de sentido de una poética salvajemente lírica y signada por la desconcertante ambigüedad que supone el establecimiento de una portentosa potencialidad dialogística por intermedio de historias donde prima el laconismo casi extremo de sus personajes.

Los personajes de La isla (2000), Hierro 3 (la mejor película del planeta según los críticos de la FIPRESCI en 2004) o El arco (2005) no son reacios a la palabra por mera gratuidad del autor. Semejante rechazo por darle trabajo a la lengua tiene una exégesis bisémica: el realizador está certificando su convicción de fe en torno a la maculación verborreica del sujeto contemporáneo a la belleza y las posibilidades del léxico; pero a la vez está potencializando como probablemente ningún otro creador de la actualidad la capacidad de la imagen cinematográfica per se. Al tiempo que por la vía de un  -al día de hoy- extraño mecanismo de asociación con antiquísimas certezas de distintas cosmogonías filosóficas y religiosas, se rinde a la majestuosa eficacia comunicacional del silencio en la transmisión de sentimientos e ideas.

(Continuará…)

(Texto originalmente publicado en la revista El Caimán Barbudo)

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