Cienfuegos: Buques yanquis preludian la segunda intervención en Cuba

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Al puerto de Cienfuegos entró en zafarrancho el pequeño acorazado Marietta, con dotación completa y armado de seis cañones de 102 milímetros y otros seis ligeros. /Foto: Archivo
Al puerto de Cienfuegos entró en zafarrancho el pequeño acorazado Marietta, con dotación completa y armado de seis cañones de 102 milímetros y otros seis ligeros. /Foto: Archivo

Aunque oficialmente la segunda intervención norteamericana en Cuba comenzó el 19 de septiembre de 1906, ya desde tres días antes entraron a los puertos de la Habana y Cienfuegos, en estado de zafarrancho, buques de guerra de ese país.

Internamente había llegado al presidente cubano Tomás Estrada Palma la respuesta del subsecretario de Estado norteamericano, mister Robert Bacon, sobre la intervención en Cuba: “Descuide usted, que buques de guerra llegarán a su país en los próximos días, como usted solicitó”. La petición (fechada el 12 de aquel propio mes) no podía ser más lacayuna, ni la respuesta más rápida.

Fueron dos los primeros buques en profanar por segunda oportunidad la independencia y soberanía cubanas. Eran los acorazados Marietta —que arribó a Cienfuegos—, y el “Denver” que entró en La Habana. Luego llegarían otros.

El primer pensamiento de los cienfuegueros cuando lo vieron entrar al puerto sureño fue: “ahora a tener que soportar de nuevo esa infección de marines borrachos molestando a nuestras familias”, pero no sabían que comenzaba algo peor, una nueva intervención. Tres días después, cuando lo supieron por informaciones oficiales, comprendieron que “volvíamos a estar bajo las botas yanquis”.

Cuba volvía a sentir sobre su suelo los clavos de las botas de los marines gringos.

Ocurrió que Estrada Palma hizo añicos la flamante Constitución, lastrada por la Enmienda Platt que permitía tales intervenciones, cuando decidió asumir un segundo mandato presidencial, prórroga no contemplada en el documento de “aquella República” realmente neocolonial. Entonces el partido opositor, el Liberal, se opuso tenazmente y produjo alzamientos en varios lugares de la Isla: en Las Villas, en Oriente y en Pinar del Río. En respuesta, Estrada Palma, al comprender que no podría contra sus enemigos políticos, hizo como el marido burlado: “si no es mía, no será de nadie”, y solicitó la intervención.

En nombre del presidente Teodoro Roosevelt, diez días de consumada la intervención asumió el mando de Cuba el Secretario norteamericano de Guerra, Willian Taft, navíos y marines mediante. Otros buques, hasta el número de ocho, arribaron a diferentes puertos cubanos. En hipócrita declaración, Estrada Palma dijo lo que le obligaron a decir sus amos del Norte: “Los norteamericanos están muy disgustados por tener que intervenir de nuevo en Cuba, pero era necesario para mantener el orden público y la tranquilidad en la Isla”. Realmente se alegraron de la nueva oportunidad para redondear sus negocios y apoderarse de lo que les faltaba, nuevas tierras de las más feraces, nuevas inversiones, la banca…

Más adelante, el interventor Taft comprendió que sus funciones aquí afectarían su imagen pública y su carrera política y decidió retirarse. Quedó a cargo mister Wintrop, más experimentado en estos menesteres puesto que era Gobernador de Puerto Rico. Y más adelante, el presidente norteamericano consideró más conveniente enviarnos a Charles Magoon, que “atendió los asuntos del empresariado estadounidense” hasta el 28 de enero de 1909. En esos tres años de la segunda intervención en Cuba primó la más absoluta corrupción política y administrativa. Se entronizó “la botella”, figura así llamada al nombramiento de una persona para un puesto estatal que realmente no desempeñaba, aunque sí cobraba. Así los gobernantes norteamericanos enseñaron los peores trucos para falsear los asuntos oficiales y engañar al pueblo, mientras se enriquecían a su costa.

De regreso a “la normalidad”, entró a gobernar el también impuesto segundo Presidente cubano, el liberal General José Miguel Gómez, apodado “Tiburón” por las tajadas que le propinó al erario público y el reparto sin tino de cargos públicos entre sus acólitos.

El nuevo gobierno títere hizo y deshizo hasta el 20 de mayo de 1913. Bajo el mandato de José Miguel Gómez se robó desmesuradamente, sin contemplación alguna, y para tener contentos a sus seguidores, el político repartía a manos llenas… De ahí que con esa sapiencia jocosa el pueblo acuñara aquella frase para la historia: “Tiburón se baña, pero salpica…”.

Entre otras controvertidas medidas, “Tiburón” promulgó el escandaloso negocio de la Lotería Nacional, que enseñó el juego al pueblo hambreado, y mantuvo a legiones de parásitos. Pero es que así era “aquella República”.

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