Chloe: La ginecóloga, el profe y su amante | 5 de Septiembre.
sáb. Jul 20th, 2019

Chloe: La ginecóloga, el profe y su amante

Ha sucedido muchas veces que un thriller erótico-psicológico se descarrile; recordables son exponentes firmados por cineastas de escuelas y estilos tan lejanos como, por ejemplo, Chen Kaige y Paul Schrader. A Jane Campion, William Friedkin o Barry Levinson tampoco les fue bien cuando Meg Ryan procuraba las cochinadas de Mark Ruffalo al oído en In the cut, o Linda Florentino tragaba hombres con singular avidez ero-intelectual en Jade y Demi Moore (hablamos de la época donde, siliconada y ensartada dentro de brevísima trusa negra, hacía lúbricas maromas en Striptease) caía como hormiga en flan al asedio de un estoico Michael Douglas en Acoso, imagen (muy poco creíble, dado que era Demi la acosadora) del entorno de agresión sexo-laboral en el capitalismo salvaje.

¿Qué sucede con una película como Chloe, del armenio-canadiense Atom Egoyan? Su principal defecto es que el realizador, incluso aun a diferencia de los mencionados y tantísimos otros, intenta pasar gato por liebre durante zona determinante del metraje, vendiendo por una variante refinada del típico drama psicológico de relaciones triangulares lo que a la postre desencadena en un resultón desenlace genérico que copia por igual a los suspensitos eróticos exhibidos por las cadenas de cable a la medianoche y a aquellos -vistos hoy día-, ominosos sexy-thrillers de los noventa, hasta reventar en un final tan traicionero a un filme como no se veía desde hace años aquí.

Chloe -para la cual el director de Exótica parte de un texto fílmico ya ventilado años atrás, el de la cinta francesa Natalie X, de Anne Fontaine- arranca bien, al seguir la bitácora de esa vertiente de drama interesado en explorar las complejidades del ser humano en pareja, cuando el gatillazo de los celos ejecuta algún fortísimo disparo emocional y comienzan a gravitar sobre ambos percepciones nuevas, y, sobre todo, a intuirse por parte del celador ecuaciones sorprendentes, donde la imaginación siempre andará dos pistas delante de los sucesos reales: territorio en cuya superficie, aunque mearan el árbol genios como Visconti o Kubrick, aun existe mucha zona interior para clavar cámara al piso.

Catherine (Julianne Moore) es una ginecóloga pragmática, ducha y cansada, más eso que otra cosa, quien le dice tajante a una paciente que se deje de buscar cosas místicas en el orgasmo, pues se trata de una simple contracción muscular producida al manipularse el clítoris y punto. Una noche ella le prepara linda fiesta de cumpleaños, repleta de amigos y buenos vinos y postres, a su esposo, el profesor David (Liam Nelson), pero el hombre falla al ágape. Al otro día, Catherine le sorprende cierta llamada de una alumna en su móvil. De aquí en más, prende el conflicto del filme. La culta, físicamente conservada y buena esposa cincuentona ginecóloga clase media de Toronto contrata a una joven prostituta, la Chloe del título (Amanda Seyfried) para comprobar el potencial de infidelidad de su hombre.

En lo adelante, se suscita la franja más proteica, probablemente la única. Egoyam la trabaja con sutileza, atento a las gradalidades, remiso a la obviedad, propenso al detalle. Del reporte diario de Chloe a Catherine en torno a cuanto supuestamente practica con el marido de la segunda surge una suerte de ejercicio de comunicación e intercambio eróticos, el cual propicia el descubrimiento de laberintos de expresión del personaje central quizá ni siquiera sospechados por la “traicionada” doctora.

Esto sigue bien, con todo cuanto por lógica omito de la relación entre estas dos mujeres, pero de pronto al sinuoso creador de El dulce porvenir y Adoración le da por plantar un giro, innecesario y grotesco, al relato y entonces la Amandita Seyfred, con su carita de no rompo un plato, se quiere poner tan macabra como Glenn Close en Atracción fatal. Y la cosa se va por el caño sin remedio, o a la hostia, como podría decirse en otra variante de castellano.

El cierre, horripilante, de broncas femeninas, homicidios, saltos al vacío… Pero la identidad conyugal de Catherine con su David, inexpugnable, pese a su calentón con Chloe, la one-nigth stand del profe y todo este paso en falso de la ginecóloga por dudar que algo podía tumbarle el piso a la familia. A la occidental no la serruchan ni Egoyam ni diez iguales, al menos en este cine.

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