Chillón Do Carmo | 5 de Septiembre.
lun. Ago 19th, 2019

Chillón Do Carmo

Fucsia, amarillo, naranja y verde en sus expresiones más estridentes constituirán las variantes de color preferidas por las pasarelas de Londres, París y Milán de cara a la próxima primavera, según coinciden los diseñadores.

A tal grado llegará esta fiesta donde las cotorras se sentirán como en el paraíso, que un lúcido ensayista español comparó recientemente las vestimentas de la moda 2007 como “un rotulador fluorescente”.

Pero en verdad el boom del chillón no es nuevo. La telenovela brasilera recién finalizada lo atestigua. La casa del personaje central -la omnisciente, ubicua y todolopuede Doña María Do Carmo- ora parece un cake, ora un paquete de tutti fruttis. O, pueda verse así quizá, un gran caramelo.

Lo único que no se huele la supermamá de La Bajada es que la casita que construyó con sus manos tiene por estas tierras del Caribe no pocos admiradores de su policromía.

Lo había oído; pero no lo creía. Hace unos días, en uno de esos recorridos que los periodistas siempre tenemos a vista en la agenda, visité varios municipios de la provincia, para corroborarlo.

La impoluta nordestina posee curiosas émulas ¿ó émulos, quién podría saberlo? en decenas de moradas tipología 1 acabaditas de pintar en el arco rural de dicho territorio, pero también en las ciudades.

“Es la moda Do Carmo”, me decía una colega en el carro, cuando veía esta nueva curiosidad criolla desde la ventanilla.

Naranja-rojo-amarillo bien subidos y arremolinaditos forman parte de una cobertura de color chillona donde las haya en las paredes e interiores de estos aposentos.

Si bien, no obstante, la desbordante propensión al frenesí colorístico rebasa el marco de las edificaciones y, con su irradiación gangrénica, se instala también en la montadura de ciclos -sobre todo motos- y vehículos de toda la isla. Aquí en versión fosforescente.

E incluso salta del cuerpo espacial de los artificios constructivos o engendros mecánicos a las ropas de no pocas personas, fundamentalmente jóvenes, que suelen apelar a esa ecuación de cromas en lo que cubre su cuerpo: licras, pulóveres, top less…

Dice con muy buen tino en su Breve historia de los colores el historiador y antropólogo francés Michel Pastoureau, que estos son el espejo de los gustos de las personas, sus miedos, herencia y modo en que ven el mundo.

Aunque apunta que el amarillo-naranja dilecto de nuestros adoradores solares “solo es recurrido hoy por los niños, quienes lo apoyan y en sus dibujos suelen representar un astro rey muy amarillo y las ventanas iluminadas las pintan de tal modo. Pero se apartan de este simbolismo al crecer”.

No sé en cual lado ocurrirá eso último; pero aquí el amarillo, más aún si resulta mezclado con tonos rojizos y naranjas, es opción irrecusable de cuanto decorador empírico con visos de Pierrot de palmeras tenga mínimo afán de prosperar; no importa su edad.

Tanto así que algunos de los espacios por sí trabajados asemejan no ya cuadros fauvistas, sino pretéritas piezas de arte abstracto en las cuales eran privilegiadas tales gradalidades.

Los excesos cromáticos resultan cada vez más comunes en la vida cotidiana insular; de tal que a veces aspavienten ánimos, incendien stress e induzcan a pensar en cómo la frivolidad de semejante opción resulta consecuencia directa de la infantilización mundial de la especie.

No solo de manquedades intelectuales caseras, donde algunos de quienes necesitan brocha gorda de ocasión tienen a la sobriedad, la clase y la contención por sinónimo de mortaja. De forma que advenimos a la epifanía del colorín.

Ningún teórico -asegura Pastoureau- tiende a negar a estas alturas que el color es, en última instancia, un fenómeno esencialmente cultural. ¿Quién podría dudarlo, ante el mal gusto confeso de la agreste Do Carmo, los arúspices del reino de la moda y la sarta de feligreses locales de su congregación de exaltaciones?

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