Celia Sánchez Manduley: coraje y sensibilidad, pasión y sosiego

Cuanto más hurgamos en la historia de Celia Sánchez Manduley, mayor se hace el asombro ante una vida signada por la pasión, el patriotismo, la ternura. Celia despierta el interés en todo aquel que se asome al relato de su existencia, aun cuando este acercamiento se produzca a través de la lectura de los anales que sobre ella han llenado investigadores o amigos.

Este 9 de mayo arribaría a su centenario. Por tal motivo, se aprecian en toda Cuba las muestras de cariño, el homenaje.

Artífice de numerosas travesuras durante la niñez; protagonista de anécdotas delatadoras del mundo interior de la adolescente, joven o mujer madura, la “más autóctona flor de la Revolución” renace otra vez en la memoria de sus compatriotas.

Celia tuvo una relación especial con su padre, Manuel Sánchez Silveira (1886-1958), doctor en cirugía dental y en medicina, martiano, humanista, investigador empírico y naturalista cubano.

Considerada la madre adoptiva de muchos cubanos, colaboradora inseparable de Fidel, esta heroína nacida el 9 de mayo de 1920 en Media Luna, Granma, sorprendió desde su niñez por su imaginación ilimitada y el desbordante amor que profesaba a los demás. Cuentan que a los seis años, padeció durante 20 días una fiebre emotiva, tras la muerte de la madre.

De acuerdo con los investigadores, el carácter de Celia estuvo moldeado por las influencias de su padre, el doctor Manuel Sánchez, hombre de vasta cultura, seguidor de las ideas de Martí y destacado no solo en la Medicina sino también en la estomatología, la política, la espeleología y la historia.

De ambos progenitores bebió Celia el apego a la humanidad. Pues junto a la temeridad y la audacia con que emprendía sus misiones de guerrillera, estuvo siempre la preocupación por el bienestar de los demás, sobre todo de los niños. Según el historiador Julio César Sánchez, ella no llevaba la flor de la Mariposa en el cabello por casualidad: el gesto constituía expresión de su apego por las flores, las plantas, los animales.

También era poseedora de un alto sentido de la estética. Buscaba la belleza en las cosas más triviales. En su opinión, una saya confeccionada de sacos de harina podía resultar atractiva; mientras unas alpargatas bien diseñadas no deslucían la moda.

Por esa destreza en las artes manuales dejó sus huellas en  los uniformes escolares, guayaberas para mujeres, safaris; así como en el decorado de sitios de relevancia como la Comandancia General de la Plata, en la Sierra Maestra, el Parque Lenin y el Palacio de Convenciones, en La Habana.

Quienes la conocieron de cerca no la encasillan en la urna de los inmaculados. Como en todo ser humano también hubo sombras en su personalidad, pero las virtudes eran tales que opacaban las primeras. “Si fumar mucho y tomar bastante café‚ es un defecto, Celia tuvo ese; empataba un cigarro con el otro. Si comer muy poco y casi siempre de pie es pecado, también podía señalársele eso, porque ella apenas pellizcaba la comida. Fíjate: después de la Revolución, midiendo un metro y 63 centímetros, pesaba sólo 115 libras”, expresó Ricardo Vázquez al periodista Osviel Castro Medel.

Celia fue la madre de muchas niñas y niños campesinos y algunos de ellos, huérfanos luego de la lucha insurreccional, a fin de darles estudios.

Celia fue la madre de muchas niñas y niños campesinos. Algunos de ellos viajaron a La Habana para tener mejores oportunidades de estudios.

En declaraciones a ese colega, Julio César Sánchez observó que el apelativo de la Flor más Autóctona de la Revolución aludía a su criollez, su cubanía. “Nunca dejó de comportarse con su gracia y acento campesinos, de gente del pueblo. Ni miró jamás por encima del hombro a alguien. Y expresa lo autóctono, también, porque era esa cubana bromista, jaranera, pero a la vez responsable, exigente, comprometida, anónima y modesta”, afirmó.

Así pervive Celia en la memoria de esta ínsula. Coraje y sensibilidad; pasión y sosiego confluyen en la historia de esta revolucionaria, quien quizás un día como hoy pediría de regalo tan solo el hecho de saberse multiplicada.

En la Sierra fue una combatiente revolucionaria, encargada del abastecimiento y de todas las personas que sufrían de represión, persecución y muerte.

En la Sierra fue una combatiente revolucionaria, encargada del abastecimiento y de todas las personas que sufrían de represión, persecución y muerte. En la foto junto a Fidel y Haydée.

Yudith Madrazo Sosa

Yudith Madrazo Sosa

Periodista y traductora, amante de las letras y soñadora empedernida.

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