Celia, la flor más autóctona de la Revolución

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Foto: Tomada de Cubadebate

El nueve de mayo Celia Sánchez Manduley cumpliría 99 años si la muerte no nos la hubiera arrebatado. Nació en el poblado de Media Luna en la Sierra Maestra, cerca del Pico Turquino, donde su padre, el doctor Manuel Sánchez Silveira y ella, colocaron una escultura de José Martí, en mayo de 1953.

La escultura la realizó Jilma Madera, la autora luego del enorme Cristo de La Habana. Sólo por este dato puede comprenderse el amor de la familia por nuestro Héroe Nacional y sus ideas. Por eso, desde que el 26 de Julio de 1953, Fidel Castro y los jóvenes de la Generación del Centenario asaltaron los cuarteles Moncada y Céspedes, en Santiago y Bayamo, respectivamente, para iniciar la revolución armada contra la tiranía, Celia supo que el objetivo de su vida era ayudar a esa Revolución.

Fue siempre Celia modelo de austeridad y modestia, de sencillez, tanto como de energía y lealtad a la Revolución. Son virtudes para ser un alto funcionario del Estado revolucionario después del triunfo de una Revolución que tuvo en ella memorable hacedora, como luchadora clandestina y guerrillera fundadora del Ejército Rebelde, y por ello lo fue, así como de su Partido dirigente.

Cuando Fidel y sus 82 compañeros arribaron en el yate Granma, ya Celia había preparado, por órdenes de Frank País, a varios “comités de recepción” para prestarles ayuda, muy necesaria sobre todo después de que el atraso de la llegada, por el mal tiempo en medio del mar embravecido y otras dificultades, eso  determinó que el enemigo los sorprendiera y dispersara.  Pero los hombres preparados por Celia se las ingeniaron para salvar a muchos sobrevivientes, entre ellos a Fidel y los que serían luego los máximos dirigentes cubanos.

Poco después Celia envió el primer refuerzo de hombres armados para reforzar la incipiente guerrilla. Y cuando al fin Celia conoció personalmente a Fidel, ya no se separó más de él, auxiliándolo como la más eficiente guerrillera y para, al decir del Comandante en Jefe, “ponerle la dulzura, el costado femenino de cualquier combate, que hacía más caballerosos y hasta más valientes a los hombres”.  Y porque “ni en las brutalidades de la guerra puede prescindirse de la belleza, porque la guerra no puede matar la ternura ni la delicadeza”.

Celia Sánchez no parió, pero fue madre. Decoró y diseñó, aunque no fue arquitecta. No era sobrenatural, pero su corazón y su oído estaban siempre atentos a los sonidos de la tierra, de la gente del pueblo y sus criterios y necesidades. ¡Qué virtudes para un dirigente revolucionario!

Por eso dijo Fidel: “Sin ti, Celia, la Revolución hubiera sido incompleta”. Es que en una Revolución esas virtudes son necesarias en los hombres y mujeres de la Patria. Ella hizo gala de todas las virtudes, de sus principios, de su humanismo, de su sensibilidad en todos los cargos que ocupó, y por eso el pueblo confió en ella y le contó sus problemas y encontró en ella comprensión y ayuda.

En cada rincón de Cuba hay una obra de la Revolución en la que intervino Celia con su idea, su imaginación, su gusto estético. Puede ejemplificarse en el Parque Lenin de La Habana, o en cualquier hospital, en el Coppelia habanero, en cualquier escuelita, en el Palacio de Pioneros, en el de Convenciones, en una escultura o una sencilla obra, en la recolección de documentos de la guerra, ¡tantas y tantas cosas legítimas de Celia Sánchez”, que es, sin dudas, “la flor más autóctona de la Revolución!

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