Cayo Carenas, un lugar cercano al cielo

La Bahía de Jagua, ubicada en la región de Cienfuegos, es una de las más bellas y espaciosas de la Isla de Cuba y llamada por los antiguos “el gran puerto de las Américas”; espaciosa masa de agua que aparece sorpresivamente ante nosotros, después de atravesar un largo y estrecho cañón de entrada de aproximadamente 3.6 kilómetros, poseedor de una profundidad variable que ronda los 30 o 50 metros —según la proximidad a la costa que lo flanquea—; en forma de túnel natural, que luego se abre en dos mitades, fenómeno provocado en gran medida por un cayo lleno de fe que vive en la bahía: Cayo Carenas.

Es este un elemento identitario de la marítima zona, desde siempre, ubicado en su final, cual llave de entrada a la gran bahía, el cual permite hacia su izquierda el disfrute de sus 88.2 km cuadrados de superficie, vistos desde sus diferentes sitios geográficos, apreciados en sus 18 Km de largo y en otros siete de ancho.

Geográficamente, este paradisíaco lugar bien pudiera ser una prolongación de Punta Gorda si lo observamos y analizamos sin el nivel de las aguas, después que las pequeñas elevaciones fuesen inundadas por el desaguar de los ríos próximos a ella; zona residencial en tierra firme, hoy día, y que conocemos como “La Punta”, cual estrecha franja de tierra ganada al mar en forma de península, que según las primeras descripciones era cenagosa y llena de manglares, donde se asentaron presumiblemente nuestros aborígenes, quienes le bautizaron como Tureira¹, una vez que la profundidad del espejo de agua, al disminuir gradualmente a gran distancia de la costa, les permitió arribar al cayo. Tales características geográficas constituyen elementos imprescindibles en la conformación de la carrilera espiritual entre ambos puntos geográficos.

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Su nombre y título toponímico pudo tenerlo siempre, pues sus inigualables condiciones físicas existentes en aquel entonces, en el mismo entorno geográfico —que ha variado muy poco amén del cambio climático—, reúne los requisitos mínimos para ser concebido por la mente primitiva como Tureira o Tureigua, un lugar celestial o cercano al cielo.

En esta zona la arqueología ha descubierto un importante yacimiento aborigen de características únicas por la cantidad y calidad de muchas de las piezas allí encontradas, a partir de una casual y veraniega visita del desaparecido  “arqueólogo mayor”, Marcos Rodríguez Matamoros, quien accidentalmente descubrió piezas únicas para el área caribeña², las cuales denotan una intensa actividad anímica de nuestros indígenas. Además fue hallada una inusual cantidad de desoís de manatíes con características muy particulares en este sitio arqueológico.

Cayo Carenas, Casa de Nena Méndez 1979.

Uno de estos valiosos ejemplares fue encontrado cuando las hijas de Luisa Arcay y Emilio Curbelo Fuxá, técnico azucarero de vasta experiencia en la industria de la gramínea y propietario de una de las más bellas casas de madera existentes en dicha zona, decidieron bañarse en las tranquilas aguas que rodeaban el cayo.  Luisa María Curbelo Arcay, —la “descubridora”— y su hermana Lourdes María Curbelo Arcay, descendientes directas de la renombrada familia Fuxá, daban rienda suelta  a sus inocentes 12 o 13 años con inofensivos juegos de búsqueda submarina a la orilla de la playa, muy cerca de la empalizada que soportaba uno de los tantos muelles que rodean el islote, cuando descubrieron sin saberlo una pieza antropomorfa, cual deidad, de 17,5 centímetros de largo, un ancho de 5,7cm, y un espesor de 3 cm., realizada según ellas —y constatada mucho después—, por nuestros primigenios aborígenes, presumiblemente tainos, y realizada de costilla de manatí, cual eslabón perdido en el tiempo que ocuparía una vez fuera del agua y por su propio deseo, un espacio de su sala presto a exhibir tan misteriosa pieza.

Aquella “cosa rara”, de forma alargada y curvada longitudinalmente, presentaba en su parte cóncava  el grueso del trabajo de talla en tres porciones o volúmenes, donde en la cabeza puede determinarse un tocado ancho que ciñe la frente; en sus laterales, las “orejas” bilobuladas, y al frente, de manera sobresaliente la nariz de contorno triangular³, las intrigaba.

Fue la cultura y visión de sus tíos, Miguel Albuerne Mesa y su esposa María de los Ángeles Arcay Dacosta, de visita en la vivienda familiar, lo que propició la feliz idea de invitar a Rodríguez Matamoros, joven amante de la historia y sus hallazgos, para que visitara el cayo, disfrutara de las bondades de la anfitriona casa familiar, y por supuesto, mostrarle lo casualmente encontrado por las femeninas y juveniles manos de la familia Curbelo-Arcay.

Después de examinar detenidamente la enigmática y bien conservada pieza, no le cupo duda: se trataba de un ídolo o estatuilla realizada por nuestros aborígenes, con los más rudimentarios instrumentos. Sus ojos se quedaron extasiados mientras observaban el particular hallazgo, testigo mudo de la tesis por él esbozada y expuesta tiempo después, sobre la posibilidad de ser este un sitio de culto y fe de los hombres de Jagua.

En la actualidad, gracias a las gestiones del joven arqueólogo en aquel entonces y a la consciente donación de su joven propietaria, podemos disfrutar desde 1983 de tan singular elemento mágico-religioso en los amplios salones del otrora Casino Español, hoy Museo Provincial.

Sus espacios, dedicados desde su fundación a los vestigios indígenas encontrados en la región de Cienfuegos por los desconocidos aficionados del desaparecido grupo Jagua (4), que supieron llegar con voluntad y empeño a ser reconocidos especialistas en la ciencia arqueológica, algún día con un poco de esperanza, volverán a recorrer las blancas arenas del cayo lleno de fe, que aún vive en la bahía de Jagua.

Idolo antropomorfo de Cayo Carenas. 2016

*Historiador.


[1] Turei vocablo de origen indígena – Arahuaco, que significa cielo o cerca del cielo: Entrevista realizada por el autor al Historiador y Arqueólogo Marcos Rodríguez Matamoros. Cienfuegos, Noviembre 2015.

[2] Entrevista realizada por el autor de este trabajo al MSc. Marcos Rodríguez Matamoros, historiador y arqueólogo aficionado, antiguo miembro del desaparecido grupo “Jagua”, quien tuvo la dicha de tan singular hallazgo, quien ha realizado varios textos de obligada consulta, en esta área del saber.

[3] Ibidem

[4] En 1976 por iniciativa del profesor cienfueguero Ramón Oramas, se creo una agrupación de aficionados que abarcaba distintas ciencias, con el tiempo la sección de arqueología se independiza, convirtiéndose en el hoy desaparecido grupo Jagua, los integrantes de este grupo: Jorge Freddy, Marcos Rodríguez Matamoros, Martha Bermúdez, y Rómulo Cuenca, Dagoberto Matamoros, Esteban Señari, y Felipe Herrera.

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