Casi varón ¿El primer filme gay del cine cubano?

Lo primero que llama la atención en este “melodrama sentimental” es el título mismo. Casi, es un adverbio de cantidad que alude a “poco menos de”, “aproximadamente”, “por poco”; lo que infiere, una vez que se establece el vínculo con el concepto cultural que es el vocablo varón, que “alguien” no es un ser completo según los patrones de la masculinidad y el dominio hetero. De hecho, el término varón se emplea cuando se quiere hacer una distinción sexual con la mujer.

El corto juega, precisamente, con los equívocos de una supuesta identidad sexual, cuando la protagonista es obligada por el cabecilla de una banda de maleantes a disfrazarse de chofer para introducirse en el palacete de una rica familia aristocrática, a la cual pretenden desvalijar. Justo, esta experiencia le lleva a conocer al joven heredero de aquella y, en el tránsito de enseñarle a maniobrar el automóvil, a enamorarse de él. Por supuesto, la relación afectiva no podía quedar en entredicho; el relato tenía que salvar la “hombría” del galán y en los momentos del clímax, cuando la situación ha llegado al límite de lo permisible, conseguido el carcajeo suficiente de los públicos en sus “vislumbres humorísticos”, se recupera el equilibrio. Es entonces que se confiesa la artimaña y el joven disculpa a la chica haberse disfrazado de hombre.

A todas luces, jugar con el amor “casi homosexual” (habidas cuentas se produce un cruce entre la identidad sexual y la identidad de género, aunque sea en un nivel paradigmático) tiene sus límites y Peón (prejuiciado por su entorno machista y siendo un hombre hetero-católico) está convencido de que no pueden existir ambigüedades. Concebir un relato sobre la otredad (lo que hubiese sido precursor en Las Américas; el corto se concluye en 1922); teniendo en cuenta que en Alemania se había gestado un filme como Diferente a los demás (1919) de Richard Oswald, con personajes abiertamente homosexuales, no tendría otro destino que el escándalo; o peor, el fracaso. Obvio, tampoco era el propósito del realizador concebir un relato de esta naturaleza; lo gestionado era distraer a los públicos y ofrecerles a los actores la posibilidad de lucirse.

El haber caracterizado a un chico supuso para la época un atrevimiento de la cantante Blanquita Steevers (aunque el hecho no era inédito; casi una década antes lo consiguieron otras intérpretes, como Mary Pickford), una apuesta de la que sale triunfadora. La crítica llegó a distinguirle como una actriz “talentosa” y a este tipo de rol o personaje consumado por una mujer como “personalidad compleja”. Lamentablemente, el cortometraje no sobrevivió en el tiempo y no podemos juzgar los detalles histriónicos ni narratológicos; empero, no debió ser el suyo un desempeño desprovisto (a la usanza en esta suerte de “travestismo ilusorio”) de los gestos hombrunos hiperbolizados y las vestimentas pertinentes, con boina y bigotillo incluidos, según se aprecia en algunas fotografías.

Antonio Perdices, el más atractivo galán del cine cubano silente. /Foto: Archivo del autor
Antonio Perdices, el más atractivo galán del cine cubano silente. /Foto: Archivo del autor

Curiosamente, en el audiovisual debuta Antonio Perdices, el más atractivo galán del cine cubano silente, un actor de asombroso parecido con el latin lover Rodolfo Valentino, que en el filme fue maquillado y vestido como un cortesano francés, al estilo de Monsieur Beaucaire (Luciano Castillo, 2011). Precisamente, Valentino era un hombre bisexual, amanerado (aunque el modo gestual del cine silente velaba estos indicios), que solía aparecer con el rostro vampiresco y delicados maquillajes.

En cambio, nuestro Valentino mantenía el estilo del peinado y la elegancia del original, algunas poses (sobre todo en el modo de besar, ondulante y colocando una mano al hombro de la chica) sin arrestarse a mostrar alguna musculatura o los cabellos suavizando sus facciones. A juzgar por la prensa, su labor también resultó convincente, toda vez que alcanza una actuación elegante, “luce muy bien y hace gala de una discreción y naturalidad impresionante y sentimental que armoniza admirablemente con su tipo de latino y su temperamento amoroso y grato”, publica la revista Carteles.

Resulta excepcional que la historia no fluyese dentro del género de la comedia y que este concepto de la puesta, aunado a la naturalidad de las interpretaciones, se prestase para un potencial tejido homoerótico. ¿Cómo debieron sentirse los homosexuales de la época ante los vínculos entre dos figuras aparentemente del mismo sexo, en los que comienza a emerger un afecto amoroso, aun cuando el galán se sienta atraído después de reconocer en su chofer a una dama? En el imaginario gay debió fluir la idea de que ambos estuvieron próximos en el auto y la residencia; asimismo, compartieron momentos de sus vidas de una manera deleitable. Por otro lado, es la primera ocasión en que el cine nacional y la invisible comunidad de los gay cubanos contaron con un símbolo sexual propio, lo que constatan con frecuencia los cronistas de entonces, cuando elogian la belleza del artista. Por cierto, en esta etapa escaseaban los cánones masculinos; apenas merece mencionarse, además de Valentino, el mexicano Ramón Novarro, quien al morir este en 1926, se convierte en el latino más notorio del medio fílmico.

¿Pudiéramos calificar a Perdices como un icono gay dentro del cine cubano? Casi resulta; pero su escasa y extraviada producción cinematográfica, su retiro temprano, puso fin a una carrera prometedora; a lo que debe sumarse la timidez e invisibilidad del público gay de la época. De hecho, en Cuba siquiera se habían socializado las teorías de Magnus Hirschfeld y sus contribuciones al movimiento por la lucha de los derechos LGBT o llegaron los ecos de la Liga Mundial por la Reforma Sexual (1928), que procuraba la aceptación de la homosexualidad. El gay cubano prefería vivir dentro del closet, omitido por la sociedad. ¿Cómo manifestar públicamente su atracción por Perdices? A su vez, el actor pierde en poco tiempo su línea física, que termina marcada por la obesidad; un rasgo imperdonable para las exigencias del gremio.

Casi Varón, frontalmente, no es cine gay, su voluntad no es mostrar ni defender un estilo de vida u orientación sexual, sino el espacio primero (al menos en el cine) donde los homosexuales cubanos pudieron ubicar una fantasía latente con la que identificarse y guisar su imaginario, historia probable entre casi dos hombres.

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Jorge Luis Urra Maqueira

Crítico de arte. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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