Carlos Manuel de Céspedes: eterna evocación al Padre de la Patria

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A Céspedes le corresponde el mérito histórico de haber tomado la decisión de comenzar la gesta. /Diseño: Gilberto González

“Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a un tigre su último cachorro”, escribiría José Martí, sobre Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador de las luchas libertarias en Cuba.

Cada 27 de febrero, el pueblo de la Mayor de las Antillas evoca la figura del generoso y aguerrido “hombre de mármol” -tal lo llamó el Maestro-, pues en igual fecha de 1874 cayó en combate quien deviniera Padre de la Patria con el decursar de la Guerra de los Diez Años.

Pero no por exaltar al héroe deberían los cubanos poner a un lado el hombre que fue, sujeto a pasiones como cualquier otro, lleno de anhelos y de inquietudes y poseedor de una personalidad marcada por virtudes y defectos, tal el más común de los mortales.

Los últimos días de Carlos Manuel de Céspedes constituyeron los menos sospechados para esa figura legendaria, quizás cual ninguna otra de su época, tan exaltada y denigrada al mismo tiempo.

Su actuación durante la guerra suscitó opiniones encontradas. Sin embargo, a pesar de sus muchos detractores, a Céspedes le corresponde el mérito histórico de haber tomado la decisión de comenzar la gesta. Nadie podía desconocer su limpia trayectoria y entrega total a la causa independentista.

Las desavenencias con los principales jefes militares propiciaron que la Cámara de Representantes exonerara al abogado bayamés del cargo de Presidente de la República en Armas a finales de 1873, decisión que aceptó con ejemplar serenidad.

Aun así, continuó en el campo insurrecto, sin intentar recobrar el poder. Despojado de todo mando, envejecido y casi ciego, solicitó autorización para reunirse con su familia en el extranjero, pero ésta le fue denegada. Pudo embarcarse sin el permiso del gobierno revolucionario, mas él, en muestra de su recia disciplina, dispuso que no saldría de Cuba como un vulgar desertor.

Debido a ello, abandonado y sin escolta, se refugió en la finca San Lorenzo, ubicada en el corazón de la Sierra Maestra, la cual había sido establecida allí para el sostenimiento de mujeres e inválidos de guerra.

De acuerdo con los historiadores, lo recibieron con alegría y afecto en la finca, a donde arribó acompañado de su hijo mayor, Carlos Manuel, y su cuñado José Ignacio Quesada. “Todo el vecindario nos nuestra mucho cariño. En consideraciones y respeto nada he perdido con la presidencia: por dondequiera que voy -salvo lo oficial-, soy acogido como antes: ahora debe ser con más sinceridad, y así lo agradezco mucho más”, escribiría Céspedes a su esposa Ana Quesada.

Una casita de guano, muy modesta, con dos habitaciones, le dio cobijo en San Lorenzo, sin que por ello se quejara. Durante esos días conversaba con los vecinos, los visitaba, se bañaba en las aguas del Contramaestre, mientras enseñaba a leer y a escribir a los niños con una cartilla improvisada.

Pero no tardaron las autoridades españolas en conocer su paradero. Enviaron tropas para asaltar en el momento adecuado el refugio del “padre de todos los cubanos”.

El 27 de febrero de 1874, el enemigo atacó San Lorenzo, hecho que dio la ocasión para que el patriota bayamés llevara a efecto lo que en cierta oportunidad había vaticinado: “Yo creo que no llegaré a morir como prisionero de guerra: mi revólver tiene seis tiros, cinco para los españoles, y uno para mí. Muerto podrán cogerme, prisionero nunca”.

Al percatarse de la presencia de los peninsulares, Céspedes corrió desde su bohío hacia el monte, seguido de cerca por los asaltantes. Los españoles le pedían a gritos que se entregara, pero él se defendió con su arma.

(…) dejó de ser el hombre majestuoso que siente e impone la dignidad de la patria. Baja de la presidencia cuando se lo manda el país y muere disparando sus últimas balas contra el enemigo, con la mano que acaba de escribir sobre una mesa rústica versos de tema sublime (…), anotaría Martí.

El deceso de Carlos Manuel de Céspedes asestó un duro golpe a la revolución. Pero el peso de su imagen a lo largo de la historia, su invaluable contribución a la redención patria, lo eternizan en la memoria de todos los cubanos.

2 Comentarios

  1. Exhorto a la lectura de “El camino de la desobediencia”, la última novela editada que aborda la figura del Padre de la Patria. Ediciones Boloña se encargó de conformar la hermosa y atractiva edición.
    Quizá aparezca en algún estante cienfueguero próximamente.

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