Carlos Manuel de Céspedes: 144 años de su caída

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Escena gráfica que reacrea la liberación de los esclavos de su dotación por el prócer independentista cubano y Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes.

Recordamos hoy a una figura cumbre de nuestra historia nacional, a Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, el Padre de la Patria. Cayó un día como hoy en 1874, aquel viernes terrible y dramático que todavía duele, por las circunstancias en que ocurrió su muerte, en que se ponen de manifiesto los errores y la ingratitud de los hombres.

Pero él demostró su energía viril, su patriotismo insuperable, el amor jamás desmentido por la Isla que lo vio nacer y la elevada cuota de sacrificio personal que depositó en el altar de la Patria oprimida por el colonialismo hispano, ¡y en el altar de la Patria está!

Céspedes tuvo la correcta percepción del momento adecuado para comenzar el combate anticolonial por la vía de la lucha armada, y hasta en el minuto antes de morir supo cómo hacerlo: batiéndose ¡solo! con un revólver de seis tiros contra una columna española.

Bayamés de nacimiento y de cuna rica, compartió las ansias independentistas desde su primera juventud, con Pedro “Perucho” Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y otros patriotas y juntos comenzaron la guerra cuando comprendieron que era la única vía para conquistar la libertad que se les negaba a los cubanos y para lograr la abolición de la esclavitud de los hombres.

El que prefirió abandonar riquezas y honores y placeres mundanos para echar a andar la insurrección libertaria, ese volcán de fuego y amor que es la Revolución, prefirió después la inmolación antes que reñir por el escalón presidencial que tenía bien ganado en un mar revuelto de pruebas desinteresadas.

Bien comprendió Céspedes que abandonado en lugar agreste de la Sierra Maestra, sin escolta, tendría que inmolarse, pero lo prefirió antes que discutir por un cargo que además de la satisfacción de ser el Precursor, y a costa de la vida de su hijo Oscar, que le ganó el título y el dolor de ser llamado Padre de la Patria, sólo le proporcionó tormentos espirituales y psicológicos, provocados por la ingratitud de sus compañeros, y dolores físicos inenarrables.

Entre estos últimos que padeció está la dolorosa conjuntivitis crónica que adquirió desde casi el principio de la guerra; quedar lisiado de un brazo al caer de su caballo en un combate; pérdida dolorosísima de dientes y mueles, arrancados sin medicamentos ni instrumental adecuado;  sin medicinas para enfermedades comunes; dolores crónicos de cabeza; dolores en una pierna lastimada y sin tratamiento; y los “achaques” de una vejez presurosa.

Pero acaso entre los dolores sufridos por el iniciador de la Revolución Cubana, ninguno fue peor que comprender la insensibilidad e injusticia de compañeros de ideales y luchas, que lo marcaron intensamente, sin que jamás se quejara de ello.  Pero se aleja del mundo.  Lo alejan. Lo abandonan. Y va a la ranchería de San Lorenzo, en la margen derecha del río Contramaestre, como para aislarse de la conducta de quienes lo agraviaron, lo despojaron de su cargo ganado, que ni ambicionaba ni le importaba. Y un viernes 27 de febrero de 1874, allí en su retiro solitario, rodeado de familias humildes que lo llamaban “el Presidente Viejo”, con entrañable cariño, almorzó frugalmente. Anotó un párrafo en su Diario. Jugó una partida de ajedrez con un vecino de la ranchería; bebió una taza de café con otro;  siguió para la casa de su última amiga Panchita Rodríguez, y allí escuchó los gritos de una niña que le avisaba que una numerosa tropa española penetró al lugar buscándolo.

Céspedes vestía su chaqué de paño negro, pantalón de casimir oscuro y chaleco de terciopelo a cuadros. Con su mano tanteó su cintura para comprobar que llevaba su revólver e intentó ganar un cercano barranco. Pero ya los soldados españoles lo alcanzaban disparando. Él se volteó y disparó. Siguió adelante y se detuvo dos veces para disparar sobre los enemigos más cercanos. Caminó unos pasos más y volvió a disparar sobre sus perseguidores, con la misma serenidad y convicción del 10 de 0ctubre de 1868.

El sargento español Felipe González fue el primero que lo acertó en el pecho con un disparo de fusil, justamente debajo de su tetilla izquierda. El chaleco se le fue tiñendo de rojo y Carlos Manuel de Céspedes se desplomó y rodó cuatro metros barranco abajo…  “como un sol en llamas que se oculta en el ocaso”, como diría un poeta.

Pero es un sol que vuelve a nacer cada día que lo recordamos con emoción y agradecimiento, porque supo con su ímpetu echarse sobre los hombros la carga responsable de alzar a un pueblo contra el opresor, cuando otros dudaron y querían posponerlo “hasta el final de la zafra”, como si la libertad pudiera esperar por dineros de un puñado de azúcar vendida. Para él valía más la dignidad y rebelión de un pueblo expoliado.

A veces hoy, en el bregar diario, se nota que hay algunos que se apocan, o peor aún, que la pérdida de sus virtudes los llevan a la traición del decoro. Pero hay otros que conservan la resistencia cespediana, que no se doblegan ante el chantaje ni las ofertas corruptas, otros que se elevan contra la mezquindad y los defectos y persisten y vencen con el orgullo de sentirse humanos mejores,  otros que son capaces de comprender la grandeza de los hombres dignos, del hombre que nos dejó el ejemplo que podemos recordar hoy, 144 años después de su caída…

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