Camilo, en Cienfuegos, de pitcher

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Allí estaba Camilo, sobre el terreno, con el sombrero y la sonrisa que le caracterizaban. / Fotos: Cortesía de Jorge Luis Marí
Allí estaba Camilo, sobre el terreno, con el sombrero y la sonrisa que le caracterizaban. / Fotos: Cortesía de Jorge Luis Marí

El juego de pelota, de por sí, suscitaba una expectativa enorme que alcanzaría niveles insospechados con el suceso que determinó su apertura: un equipo criollo aspirando a incluirse en el circuito de las Grandes Ligas, una novena norteamericana traída expresamente a la ciudad para enfrentarlo en un duelo de exhibición y el carismático Comandante rebelde sobre el montículo para el primer lanzamiento. Memorable fue aquella tarde del domingo 29 de marzo de 1959 para los miles de cienfuegueros presentes en el entonces estadio Amador Bengochea (hoy Luis Pérez Lozano).

La historia comenzó unas semanas antes, cuando los Cubans Sugar Kings, o Reyes del Azúcar, para mantenerlo en claro español, llegaron a la Perla del Sur. Dicho conjunto defendía la candidatura cubana de ser el primer país en insertarse en “Las Mayores” —mérito conseguido a la postre por Canadá, debido a la coyuntura política— y que, afiliado a los Red (Rojos) de Cincinnati, jugaba en la Liga Internacional de la Florida, categoría triple A, de Las Ligas Menores. Esta daría inicio el 14 de abril siguiente, por lo cual el equipo dirigido por Preston Gómez estableció aquí su base de entrenamiento.

Alojados en el Palacio de Valle, los jugadores mantuvieron los topes entre sí y con elencos locales a la espera de los norteños. Se trataba de los Indios de Memphis, de la Asociación del Sur, doble A, cuya nómina, historial de atletas, mánager, e incluso, gastos de viaje, fueron publicados en los rotativos locales como parte de la cobertura al encuentro.

Además de la directiva de ambas novenas, se anunciaba con antelación la visita de reporteros de medios nacionales, varios de Miami y del capitán Felipe Guerra Matos, entonces al frente de la Dirección General de Deportes. En la previa se especuló incluso con la posible presencia del embajador de los Estados Unidos.

“Cienfuegos tiene chance de convertirse en una plaza deportiva de primer orden”, rezaban los titulares y, por ende, de antemano declararon ese 29 de marzo como el Día del Deporte. Una vez más, el béisbol trascendía Camilo, en Cienfuegos, de pitcher los límites atléticos para convertirse en un tema de orgullo: era la oportunidad de publicitar en Cuba, y el mundo, las grandezas de una ciudad limpia y moderna, y de su gente, culta y apasionada, como se repitió en más de un artículo periodístico. También el desarrollo económico de la urbe entraba en competencia, pues si en La Habana las recaudaciones en los estadios eran muy bajas, acá se demostraría una mayor solvencia.

“Centenares de personas asisten diariamente a las prácticas de los Reyes del Azúcar, cuya presencia (…) constituye uno de los grandes acontecimientos para nuestra afición”, reseñaba La Correspondencia.

“Cienfuegos vestirá sus mejores galas el domingo (…) en el primer evento de carácter internacional que tendrá lugar en nuestra ciudad”.

EL GRAN DÍA

Durante esos instantes, todo giró en torno a él: público, alcaldes, gerentes, oficiales, jugadores…./Foto: Cortesía de Jorge Luis Marí
Durante esos instantes, todo giró en torno a él: público, alcaldes, gerentes, oficiales, jugadores…./Foto: Cortesía de Jorge Luis Marí

En las líneas de los jardines derecho e izquierdo se colocaron sillas, al sol, pues las condiciones del “Amador Bengochea” distaban mucho de las necesidades de un partido como este. Apenas 2 mil 500 personas sentadas incluía su capacidad, puesta a prueba aquella tarde dominical… Y llegarían más sorpresas.

La presencia de Camilo en la ciudad por esa fecha respondía a la campaña de recaudaciones con motivo de la Ley de Reforma Agraria. Su nombre nunca figuró con anterioridad entre los invitados; pero allí estaba, sobre el terreno, con el sombrero y la sonrisa que le caracterizaban.

El público lo recibió con efusividad, como siempre sucedía a su paso. Iba a lanzar, por eso realizó varios tiros de calentamiento para no fallar ante su “oponente” formal, Guerra Matos. El receptor de los Cubans, Alberto Álvarez, completó la batería y con el wind up inmortalizado en las fotos de Luque, sellaron el protocolo.

Durante esos instantes, todo giró en torno a él: público, alcaldes, gerentes, oficiales, jugadores… Guante en mano y con pose informal ofreció declaraciones a la prensa, conversó con los atletas… Más de uno intentó —y logró— colarse de furtivo en las instantáneas. Otros tantos, desde las gradas, repitieron la hazaña.

Guante en mano y con pose informal ofreció declaraciones a la prensa./Foto: Cortesía Jorge Luis Marí
Guante en mano y con pose informal ofreció declaraciones a la prensa./Foto: Cortesía Jorge Luis Marí

Para mantener en alto las expectativas del día, los Cubans superaron al Memphis con marcador de seis carreras por una. Camilo no participó del choque, pues salió del estadio apenas iniciado este. Caminó junto a su comitiva cerca de las gradas, saludando a la afición que lo despidió con “una ovación extraordinaria”, según escribiera el cronista Humberto S. Pérez.

Las miles de almas allí presentes nunca imaginaron que, solo siete meses después, el querido Comandante volvería a revolucionar sus días de una forma tan drásticamente diferente. Lejos del mar cualquier sonrisa, buscaban entonces aferrarse a alguna buena nueva, como en aquella tarde de domingo en el estadio, cuando nadie sospechaba del fatídico desenlace para el admirado rebelde que subía al montículo.

Caminó junto a su comitiva cerca de las gradas, saludando a la afición que lo despidió con “una ovación extraordinaria”./Foto: Cortesía de Jorge Luis Marí
Caminó junto a su comitiva cerca de las gradas, saludando a la afición que lo despidió con “una ovación extraordinaria”./Foto: Cortesía de Jorge Luis Marí

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