Bulgákov: el genio, el tormento y una novela inmortal

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Mijaíl Bulgákov, escritor y dramaturgo soviético de la primera mitad del siglo XX.
Mijaíl Bulgákov, escritor y dramaturgo soviético de la primera mitad del siglo XX.

Moscú, década tercera del siglo XX. Es este el contexto espacial de El Maestro y Margarita ‒mágica, extraordinaria novela sobre los caminos del hombre, los conceptos binarios del bien y el mal, valores y antivalores humanos, pletórica de significados histórico-sociales y de alusiones a la naturaleza de la sociedad de la época y el advenimiento del mundo moderno‒, la cual ha sido definida por algunos estudiosos del arte literario como una de las piezas narrativas más trascendentales de la pasada centuria en Rusia: mezcla de Fausto y las sagradas escrituras, alerta de amenazas visibles o lejanas, anticristos y juicios finales.

Creación inmensa esta surgida del desvelo de años, fue gestada en medio del ateísta e intelectuafóbico período estalinista, por su autor, Mijaíl Bulgákov, quien ya sin ella no era bien visto por las autoridades, a pesar de, a ciencia cierta, nunca haber emprendido acción frontal alguna contra el sistema y extenderle numerosas solicitudes de venias creativas, expresadas en cartas, al ‘padrecito rojo’, como le acuñó en un artículo nuestro Raúl Roa a Josef allá por los años ´50. La palabra siempre siembra pavores impensados.

Ahora los lectores de todo el país pueden adquirir, en nueva edición de Arte y Literatura, al influjo todavía reciente de la Feria del Libro, la obra, que ya fuera trasladada a la pantalla en seis oportunidades; la más reciente por los húngaros, para 2005.

Trama de escritura harto difícil, debido al carácter polifónico y multiplicidad de planos del material, que le llevó Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940), la friolera de más o menos quince años para redactarla tras por lo bajo cinco intentos de dejación, El Maestro y Margarita presupone el estadio mayor de dominio narrativo de un escritor caracterizado por una prosa cuyo vigor y riqueza son bazas que lo ubican en lugar preponderante dentro de sus colegas nacionales de la época y el siglo todo.

Censurados por Stalin, tanto El Maestro… como la mayoría de sus textos (donde se encuentran, entre otras Los huevos funestos (1924), Maleficios (1925), Corazón de perro (1925), El departamento de Zoia (1926), Días de los Turbín (1926), Morfina (1927), La isla púrpura (1927) y la novela La guardia blanca (1922-1924), verían la luz de forma póstuma.

Médico, periodista, dramaturgo, autor cómico, ayudante de dirección, militar, este hombre que nunca conoció la satisfacción total en ninguna de las profesiones de azar o de estudio a las que la condujo la vida, como tampoco la paz espiritual del todo, en realidad estaba predestinado para la narrativa, por su portentosa imaginación y el dominio de la palabra.

El escritor y su esposa Elena Sergeevna Bulgákova, para muchos la musa inspiradora de su Margarita.
El escritor y su esposa Elena Sergeevna Bulgákova, para muchos la musa inspiradora de su Margarita.

El Maestro… constituyó su obra más querida. A punto de morir de una angustiosa enfermedad, casi sin poder hablar, le alcanzó a decir a su mujer que los lectores debían conocerla. Ella cumplió su tarea, para bien de la literatura y los receptores de todo el planeta. A la relación entre ambos, lo único verdaderamente bueno de la existencia de Bulgákov (incomprendido, ninguneado, maniatado) bien pudiera aplicársele estas palabras dichas por el Maestro a Margarita: “Todo el mundo estaba contra mí y yo estaba solo. Ahora estamos juntos y ya no le temo a nada”.

Estos extractos del diario de Elena Sergeevna Bulgákova dan cuenta, bien, de cómo transcurría la vida del escritor:

12 de octubre de 1934: Mijail Afanasievich se siente mal de los nervios. Temor al espacio, a la soledad. Piensa si sería bueno someterse a hipnosis.

17 de octubre de 1934: En la tarde vino Ajmátova. La trajo Pilniak de Leningrado en su automóvil. Nos contó sobre la amarga suerte de Mandelstam. Hablamos de Pasternak.

29 de noviembre de 1934: “Ayer, en la representación de Los Turbin, estuvo Stalin, Kirov y Zhdánov. Fue lo que me dijeron en el teatro. Yanshin comentó que la función salió muy bien y que el secretario general aplaudió mucho al final del espectáculo.

10 de marzo: Otra vez donde Stanislavski. En la pequeña sala de ópera en la calle Leontievski. Stanislavski tomó por la manga del traje a Bulgákov y le dijo: ‘A usted hay que apapacharloʼ. Por lo visto ya le habían informado que Bulgákov se había enojado por su análisis ante los actores. Durante tres horas discutieron.

13 de mayo: Ensayo general de Iván Vasílevich, sin público… Hacia el final de la pieza, sin quitarse el abrigo, y con una gorra y un portafolio entre las manos, entró a la sala Furor, un fulano del Comité del Partido. De inmediato, la pieza fue prohibida.

1 de enero de 1940: Serenamente, al calor de unas velas, recibimos el año nuevo: Ermolinski con un trago de vodka en las manos, Seriozha y yo con vino blanco y Misha con su medicina preparada. Hicimos un espantapájaros con la cabeza calva, que representaba la enfermedad de Misha, y Seriozha, por sorteo, lo fusiló.

10 de marzo de 1940: A las 16:39 murió Misha.

Mijaíl se fue, pero antes dejó claro en su obra cimera que “Los manuscritos no se mueren nunca” (o “…no arden”, según las distintas traducciones). La palabra permanece, y la suya lo hizo. Sus obras y su texto mayor se leen con fervor en todo el mundo hoy día. ¿Qué mejor forma de revertir la ruindad conocida en vida?

2 Comentarios

  1. Excelente reseña de un grande la Literatura, de ese libro inmenso de la vida que es Maestro y Margarita, y que todos debieran leer, gracias JM por traerlo de vuelta

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