Big Bad Wolves, impactante ejercicio de estilo israelí | 5 de Septiembre.
mar. Jul 23rd, 2019

Big Bad Wolves, impactante ejercicio de estilo israelí

Quentin Tarantino, abierto desde joven a los cines de todas las latitudes, dijo en octubre de 2013, durante evento fílmico celebrado en Corea del Sur: “No es solo la mejor película que se pueda ver aquí, en el Festival de Busan; es que es la mejor película del año”. El realizador norteamericano se refería al largometraje de Israel titulado Big Bad Wolves (¿Quién le tiene miedo al lobo feroz?, la denominación original hebrea), segunda incursión fílmica de los directores Aharon Keshales y Navot Papushado tras su debut, Rabies.

Aunque pantagruélicamente desproporcionada como casi todas las absolutizaciones, el firmante de Malditos bastardos sí tuvo el tino de poner ojo avizor sobre un pequeño gran filme, premiado en diversos festivales, cuyos subtextos podrían leerse como pertinente metáfora en torno a la violencia en tanto práctica de vida dentro de un país en el cual algunos habitantes, a la manera de la dirigencia sionista, hacen uso y abuso del poder, sin parar mientes en sus repercusiones; solo guiados por instintos primarios de (presunta) conservación amparados en la fuerza bruta.

Ahora bien, el relato camina peligrosamente sobre una delgada línea conceptual que en algún punto de la reflexión induciría quizá a legitimar tales opciones, lo que en la práctica no alejaría sus enunciados del decálogo político imperante allí.  En todo caso, cuanto sí queda claro de esta ambigua pero a la vez subyugante propuesta es su traducción del estado de desasosiego anímico social, por la vía de personajes amargos, rudos, cervalmente radicales. De tal que el filme opere cual espejo de las reverberaciones colectivas expresadas en la conciencia social de un país en perenne confrontación fagocitadora.

Impactante ejercicio de estilo -de impecable factura técnica- que enjaeza el humor más negro con un hard thriller en pico permanente, el terror psicológico y el policial, la cinta transita la cuerda temática de Prisioneros (Dennis Villeneuve, 2013): niñas raptadas por pedófilos. Pero en timbre más violento y adrenalínico.

Keshales y Papushado no se ahorran crudeza descarnada en esta campaña punitiva de un padre en busca de venganza por la muerte de su hija. Lo plantan en el sótano de una casa junto al investigador del crimen y el supuesto, o real, asesino de la pequeña: un profesor de estudios religiosos (infiérase con ello la iconoclastia de los autores dado el contexto). A partir de aquí ese progenitor irá a por todas a sacar la confesión, mediante una tanda gore rayana en el sadismo ultra, durante la cual al espectador verá de sangre cuanto le invisibilizarán en materia informativa.

La reacción del torturado indicaría su inocencia; aunque acá nada se sabe, e indescriptible corte epilogar de la narración será capaz de reconfigurar la carta naútica de la travesía argumental observada en buena parte del metraje.

A la manera del canadiense Villeneuve, los directores israelitas también descargan a pie de rollo notas tendentes a propiciar un debate moral sobre hasta dónde la figura paterna, vista en tanto puntal de la institución hogareña, habría de llegar a la hora de proteger a su descendencia, preservarla físicamente o castigar a sus atacantes cuando la policía o la justicia no cumplen su papel.

Si cualquier mente asaz asociativa oteara horizonte mayor de significados y apreciara en el pretexto del padre de Big Bad Wolves analogía directa con el discurso de Tel-Aviv para “salvaguardar” la seguridad de su tierra, exégeta semejante debería de preocuparse mucho más por lo que encierran las subyacencias de tan caústicos cuan ambivalentes fotogramas.

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