Bichos raros en extinción

7
1555
Foto: Dorado

Uno nunca nace seguro de sí mismo. Tarda años en conformarse como ente socialmente activo y pensante, sin embargo, yo sabía desde niña, lo intuía en el rostro de los otros, que yo era un bicho raro. Me miraba al espejo y poseía las mismas extremidades, una nariz, unos ojos enormes, una boca…, pero tenía ese presentimiento y fui confirmándolo. Empecé a amar los libros demasiado temprano, aun cuando no podía leerlos; solo miraba a lo alto y veía esa torre inmensa llena de lomos de colores y quería perderme en ellos.

Llegó la universidad y entonces comprendí mi rareza, que no era única, mas podía servir como rasgo excluyente. Supuse que al estudiar Periodismo estaría rodeada de mentes abiertas al diálogo, contenedores de puro intelecto y descubrí que eran abiertas, que contenían intelecto, pero que no leían. Que en algún momento de su infancia perdieron la capacidad para imaginar esos mundos que hoy yo todavía imagino.

Me encontré con unos pocos que compartían el hábito, sin embargo, el grueso solo pensaba en discotecas, teléfonos, aplicaciones, alcohol, reality shows y lo último de la moda. Entonces me di a la irreal tarea de adentrar a los más cercanos en el mundo de la literatura, los arrastré hacia alguna peña, les sugerí lecturas, les presté libros y para mi sorpresa y desesperanza, leyeron los textos académicos obligatorios, o al menos varias páginas, y también leyeron novelillas cursis.

No leer no suponía el caos, era insignificante, de hecho, lo fue porque todos nos graduamos: yo con mis lecturas y ellos sin ellas. Y me asaltó la pregunta, ¿cómo alguien que no lee, puede formar el gusto de la lectura en la audiencia? Simplemente no les interesaba. La ignorancia no era un signo exclusivo de mi carrera o de la universidad, estaba en el aire y muchos parecían respirarla.

Quizás todo dependía de los intereses editoriales de los medios de comunicación, pensé, donde las restricciones de espacio impiden a los periodistas reseñar con gusto. Las revistas especializadas tenían el acierto de dar más renglones, pero seguían tiradas en las librerías, dejando que tus ideas, tus teorías, se enmohecieran, cogieran polvo al no ser leídas.

La culpa, supuse, era de la escasa o nula propaganda que las instituciones culturales dedicaban a las letras, más encaprichadas en que escucháramos a las agrupaciones del momento que en cultivarnos el espíritu. El dinero siempre será el mayor de los móviles y la literatura nunca ha dado tantos dividendos, no al menos cuando existe un “mercado editorial” que de mercado solo posee el nombre.

Recordé las palabras de mi madre: cuando tengas hijos no podrás leer. Y sus palabras encerraban muchos significados. ¿Sería acaso la realidad social la que me impediría el disfrute de unas páginas al día? El bregar de la cotidianidad puede alienarnos, pero los hábitos son eso: hábitos y cuesta desprenderse de ellos. Así que la culpa no era toda del transporte ineficiente, ni de los elevados precios y los bajos salarios, ni del contexto.

Mis cuestionamientos se enrumbaron hacia la educación. No recuerdo que alguna de las muchas maestras que tuve en mis años de formación me aconsejara la lectura de libros ajenos a los básicos del curso, pero esas fueron las mías y no es afortunado generalizar en estos casos. La escuela no puede convertirse en un panteón de cuentas numéricas y errores ortográficos, también debe guiar junto a la familia los gustos del niño.

Después de pensarlo, advertí que algo nos ha pasado, un fenómeno al cual no logro nombrar y que no es responsabilidad única de tecnologías, ni de instituciones o procesos. De repente, con la lentitud de las babosas, el desconocimiento fue sembrándose, trepando por las paredes de una sociedad que sigue publicando libros, que sigue aferrándose al eslogan de un pueblo culto que, desgraciadamente,  pudiera dejar de existir porque la cultura no se basa en la instrucción rudimentaria, se sustenta con saberes que bien pueden adquirirse y consolidarse a través de la lectura y no huyendo de ella como de una catástrofe.

Me consuela el saber que aún pueblan nuestro universo en forma de isla, muchos bichos raros que se interrogan una y otra vez en busca de las posibles causas de nuestra inminente extinción. Ojalá nos salvemos.

7 Comentarios

  1. Yadiris, excelente y oportuno comentario, todo lo que invite a la lectura debería ser prioridad en nuestros medios y políticas culturales y educacionales. Yo también soy del Club de los bichos raros, gracias a mi madre, una profesora de Literatura y Español que es empedernida lectora. Y tengo anécdotas, en el Preuniversitario, que lo hice en una beca, canjeé mi privilegiada posición en el albergue por otra, incómoda, donde a la luz de una farola me leí a muchos clásicos. En casa hay libros en la cocina, en el baño… en los lugares más insospechados. Nada como el placer de la lectura. Yo tuve a Rogelio Riverón, escritor cubano, que fuimos colegas y me enseñó un camino más profundo y guiado en la lectura, el curso délfico de Lezama, a quien no estudié, por cierto, en la escuela; a Lino Novás Calvo, Gastón Baquero y el Grupo Orígenes… Y recuerdo especialmente El Gran Meaulnés, el único libro de Alain Fournier, y qué libro, en fin, un hurra (salido de una novela de Dostoievski) a los jóvenes que leen y uno para ti, por atraer la atención

  2. Ah, pero claro que estamos salvados, mijita. De eso no te quepa dudas y no has de preocuparte. Yo tampoco tuve profesores que se salieran de la línea, aun cuando tenían el conocimiento para ello, no lo hicieron. Pero uno siempre encuentra el camino, si así lo quiere. Lo de “cuando tengas hijos no leerás”, es incierto, te lo aseguro. Y solo te falta algo: leer poesía.

  3. Yadiris, gracias a Dios, aunque no seamos muchos, existimos otros bichos raros como tú. Este magnífico texto que nos acabas de regalar no solo te retrata a tí, sino a varios otros como tú. A los seis años me “hurté” El lobo estepario dentro de un short. Lo leí a los catorce, antes no pude, lo confieso, aunque sí a toda la galería de mis intocables escritores rusos, y luego a los franceses, ingleses, norteamericanos, et al. Freud completo a los once. A lo mejor ahí fue cuando me volví loco. Un abrazo de otro bicho raro. Julio Martínez Molina.

Dejar respuesta