Bajo la lluvia de Holguín

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Si me preguntaran sobre el recuerdo más fresco que en mi memoria permanece de Fidel, diría que guardo con calidez la imagen aquella, cuando desafió la lluvia durante una tribuna abierta, celebrada en la ciudad de Holguín.  

Ante miles de habitantes permaneció erguida su figura, nunca doblegada por el aguacero de repentina presencia en esos lares del Oriente cubano.

Fidel continuó su discurso aún con más energía. El pueblo, allí con él, tampoco encontró en el inesperado evento natural el punto de giro para interrumpir la masiva cita.

Imagino para otro jefe de Estado la alternativa hubiese sido solicitar con inmediatez paraguas e intervenciones de su equipo, parar momentánea o definitivamente el acto político y aplazar la oratoria. Pero para Fidel eso, lógicamente, era impensable.

Del gigante recuerdo también, hoy con no poca nostalgia, sus comparecencias en la mesa redonda, cuando apenas yo entraba en la adolescencia y por mi edad me era imposible medir el alcance de sus apariciones públicas.

Apariciones que ahora sé marcaron hitos en la historia nacional, y dejaron huella formidable en una ciudadanía desde entonces capaz de apreciar —como actualmente lo hace con el presidente cubano Miguel Díaz Canel— la valía de la constante comunicación que Fidel sostuvo con el pueblo.

A veces en la televisión escucho algún fragmento de sus discursos, y de manera casi involuntaria mi atención gira hacia su voz, hacia las enérgicas palabras que parecen pronunciadas por primera vez.

Agradezco entonces ese pedacito de Fidel que despierta recuerdos en todos, y a los treintañeros nos retorna hacia los diez, once o doce abriles, o tal vez a épocas más remotas, donde todavía no éramos parte de este mundo.

En cada cinta de video o en archivos ya digitalizados permanecen intactas su voz e imagen, durante incontables lluvias y soles, noches y días de trabajo agotador. Allí está Fidel para nosotros, los que tuvimos la gran suerte de coexistir, por más o menos tiempo, con su genial desempeño frente a los destinos de Cuba, y también para los que no lo conocieron como tal.

Escucharlo nos viene bien a todos, nos fortalece, nos devuelve una presencia necesaria. En la memoria de tales archivos, los televisivos, radiales y fotográficos de los últimos sesenta años, descansa su historia, que es en definitiva, la historia de todos.

Recordarlo también nos reaviva los ánimos, ya sea al Fidel de las mesas redondas, el que almorzó en Villa Clara junto al contingente femenino “Las Marianas”, el que abrió su chaleco moral ante todos tras desabotonar la camisa de campaña, o aquel que invencible desafió la lluvia bajo un aguacero torrencial de Holguín.

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