¡Ay!, La Habana

Si alguien la calificara de bodrio, estaría plenamente justificado. La novela cubana que transmite Cubavisión tres veces por semana, está bastante cercana al término en cuestión.

Con una dirección que se mueve entre la puerilidad y la rutina, ¡Oh!, La Habana no dejará rastros en la memoria televisiva, entre otras cuestiones, por las altas y bajas en el trazado de los actores y las incongruencias de un guión, que ni siquiera la pericia de quienes se encargan de interpretarlo, logran salvar.

Pudiera considerarse la telenovela de la caricatura por el trazado de personajes que no rebasan este término, sin convencer de lo contrario. Años frente a la pequeña pantalla y esfuerzos para entregar una programación digna, han dotado a los cubanos de una cultura televisiva capaz de analizar el producto artístico que les ofrecen, opinar, comparar, examinar y tener un criterio propio.

Tal vez muchos de ellos no estén de acuerdo conmigo por aquello de que la unanimidad en cuestiones de crítica artística es casi imposible, pero otros me darán la razón y hasta aportarán elementos que a esta redactora pudieran habérseles escapado en el intento de hacer un somero recuento del tema.

Que me convenzan de lo contrario si el talento de una figura de larga trayectoria y sólida formación como Mario Limonta no es toda una caricatura cuando encarna a su Facundo Marteatu. Puedo inferir que muchos de nuestros locutores se sientan con razón mal tratados ante esa imagen impostada y engolada, hiperbólico al fin y al cabo, que casi mueve a risa de tan falsa y ridícula, ante la tontería de Lizardo, la situación agarrada por los pelos de El Flipper, la banalidad de los malísimos de la novela, la estupidez de Caramelo que pretende resumir al pícaro de barrio con un desempeño que no va más allá de una postura teatral fuera de contexto, sin matices ni aportes a la ya resentida trama.

Ni qué decir de las filosóficas muchachitas del «Pre», casi todas con una experiencia de vida más abundante que la de la Macorina (no confundir jamás con Marcolina) o la madurez de Pedrito, un adulto escondido en un cuerpo de niño, sentencioso como anciano de profundas vicencias.

Monstruos de la escena como Raúl Pomares (el padre de Mercedes) Laura de la Uz (Rosa Maura) y otros no tan monstruos, pero con pegada como Larisa Vega, Dianelis Brito u Omar Alí suelen ser convincentes y salen airosos por lo que aportan a sus personajes con talento y esfuerzo.

La ciudad de La Habana, pretendidamente personaje protagónico de la serie, no pasa de ser una postal con visos turísticos, más apegada a la irrealidad que a la tierra, dispersa en su tratamiento, fría, lejana y ajena. Si en la novela de marras hubo intenciones de que ese entrañable pedazo cubano fuera un resumen del latido social, afectivo, sentimental de esa urbe, solo quedó en eso, en intenciones.

La serie es incapaz de convencer, de provocar emociones con una trama que trastabilla en vez de fluir, agota al espectador en espera que la dramaturgia emerja de una vez de ese impasse en la cual permanece inamovible, estática, con escenas interminablemente largas y conflictos dosificados.

Anhelamos en la TV reflejos de nuestro acontecer actual, empeño bien difícil por los riesgos que entraña. La mayoría de los cubanos deseamos ver reflejados nuestras esperanzas, dolores, pasiones, triunfos, fracasos, éxitos e inconvenientes, pero es necesario dar en el blanco, no solo por la cantidad de recursos que se mueven en torno a una producción televisiva, sino porque por encima de todo, el público espera lo más cercano a nuestra realidad.

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Emma S. Morales Rodríguez

Licenciada en Filología en la Universidad Central de Las Villas.

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