Antizanjón

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El Zanjón significaría tregua y no paz: los cubanos no se conformarían jamás a vivir sin independencia. El epílogo más glorioso de la Guerra Grande, la Protesta de Baraguá, sería protagonizada muy poco después, el 15 de marzo, por quien se convertiría en símbolo de la intransigencia revolucionaria de nuestro pueblo, el mayor general Antonio Maceo./Foto: Tomada de Granma

Hoy se cumplen 140 años de la firma del Pacto del Zanjón, acuerdo del cual los cubanos dignos y soberanos no debemos enorgullecernos, pero de cuya rúbrica la nación aprendió lecciones históricas de orden moral.

El convenio, firmado el 10 de febrero de 1878 en el cuartel español de San Agustín del Zanjón, Puerto Príncipe (hoy Camagüey), constituyó en la práctica una capitulación, porque si bien permitía el cese de la guerra, garantizaba la continuidad del régimen colonial en Cuba y el mantenimiento de la esclavitud.

Sin la obtención de independencia por nuestros antepasados, la monarquía española seguía siendo la dueña de los destinos de la Isla y de sus habitantes, divididos en virtud de razas, condición social, simpatías por la Corona…

La Historia —doquiera— demuestra, a través de sus siglos de enseñanzas, que cuando la paz se negocia con concesiones y, por añadidura, sentada la parte más débil frente a la mesa de un contrincante poderoso, solo será una entelequia, una figura de barro amasada a su antojo por el eje dominador.

El Pacto, signado entre el general español Arsenio Martínez Campos y representantes del Comité del Centro, echó por el caño una década de monte, fuego, fuerza, fe, arrojo, valor y dignidad: todo merced al afán de sus héroes criollos de pisar un suelo libre, sin que cada paso estuviese sujeto a los edictos de la metrópoli.

El objetivo de la Guerra de los Diez Años era el más justo, su aspiración la más legítima. La libertad de la Patria representa el bien colectivo más sagrado. El Zanjón eludió, por consecuencia, los valores esenciales de la gesta de independencia.

En Vindicación de Cuba, carta de José Martí enviada al periódico The Evening Post, el luchador revolucionario emplea estas imágenes para calificar esa contienda popular iniciada el 10 de octubre de 1868: “…epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos…”.

Eso descrito por el Apóstol, no podía traicionarse, por cuanto significaba apuñalar el credo patrio. De ello no se podía abjurar, en tanto presuponía atentar contra nosotros mismos.
Sin olvidar la falta de recursos de guerra, el cansancio generado por tantos años de beligerancia, el eficaz trabajo de zapa política de la cúpula militar ibérica o la hostilidad constante que desde ya mostraban los gobiernos de los Estados Unidos —entre otros elementos gravitantes—, hubo aspectos subjetivos que condujeron irremisiblemente a la concreción del Pacto.

La desunión constituyó una de las principales causas que precipitaron su firma. Dicha falta de unidad se fue cocinando al calor de la indisciplina, las discordias internas, el desinterés en la búsqueda de términos consensuados, el caudillismo y esa perjudicial óptica regionalista de algunos jefes, que no paró mientes en que la Patria es el país todo, no una zona geográfica específica.

El manuscrito que recogió las bases para poner fin a la Guerra de los Diez Años no nace del sentimiento de un pueblo, sino de la determinación de  segmentos de la dirigencia político-militar. Por ende, el Zanjón es ilegítimo en tanto refrendación de la voluntad popular. El Pacto no es obra de una nación, sino del deseo y la escasa visión larga de algunos de sus líderes.

Cuba, un país históricamente antizanjón (y luego de su firma lo sería mucho más, hasta la altura de hoy, cuando pese a ser libres desde hace 60 años todavía debemos defendernos cada día del enemigo más poderoso de la Historia), aprendió del deshonroso convenio la primera de las lecciones: la victoria se basa en la unidad en torno a una sólida dirección revolucionaria y en la capacidad de resistencia.

De “rendición vergonzosa y por su parte inaceptable” calificó Antonio Maceo la rúbrica del manuscrito. El Titán de Bronce fue uno de los pocos jefes militares diametralmente opuestos al Pacto. El artífice (casi a seguidas del Zanjón, el 15 de marzo de 1878) de la Protesta de Baraguá —“de lo más glorioso” de la Historia de Cuba al decir de Martí— sabía de sobra que claudicar ante el opresor solo entraña la anulación política y física.

En el caimán antizanjón el futuro sería el de un eterno Baraguá, como lo pronosticó Fidel.

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