Anna Karenina: el adulterio del estilo | 5 de Septiembre.

Anna Karenina: el adulterio del estilo

Representa Anna Karenina, la novela escrita por el narrador ruso León Tolstoi entre 1873 y 1877, fruto predilecto de la viña de los Lumière, desde que la pantalla halló veta madre en la adaptación de textos literarios. Casi siempre remítense a la interpretación de Greta Garbo del apasionado personaje femenino para el realizador Clarence Brown en 1935, o acaso a la de Vivian Leigh en la versión nada rotunda de Julian Duvivier estrenada hacia 1947; pero ahí están además, para el recuerdo fílmico, entre otras, las de Claire Bloom, Helen McCrory o la francesa Sophie Marceau, una de las más recientes.

La actriz británica Keira Knightley, convertida en heroína fílmica de varios monumentos de las letras trasladados a la pantalla inglesa más próxima, vuelve a ser convocada por su compatriota Joe Wrigth, quien le tomó el gusto desde Expiación. Keira saca adelante la Karenina de Joe con resolución, deseos y hasta cierto donaire -si excluyésemos sus mohínes habituales de can hembra en etapa de merecer-, pero esta no es su película, sino la del realizador. Porque así se lo propone y bien hace por demostrarlo.

Como igual hizo Tom Hooper con Los miserables, de Victor Hugo, en el mismo 2012, el realizador de Orgullo y prejuicio se propuso realizar una de las traslaciones más heterodoxas del clásico tolstoiano. En verdad, en el guión del dramaturgo Tom Stoppard para Wrigth no hay ni un diez por ciento de las innovaciones introducidas, digamos por ejemplo, por el australiano Baz Luhrman en su Romeo y Julieta de 1996; aquí los cambios se expresan, fundamentalmente, en la puesta en escena, campo en el cual el director quiere imponer sus “marcas autorales”. Cuanto consigue son, acaso, arañazos de estilo, autoflageladores del cuerpo fílmico.

Su coreográfico largometraje de dos horas y cuarto constituye la antítesis del ascetismo, la gravedad, el tono de la novela. Aunque no lo compartamos en este caso puntual, eso se podría entender, pues es potestad de todos los adaptadores imprimirle su lectura e interpretación personal a la obra base.

Ahora bien, las fruslerías y virguerías del creador de El solista provocan daño al sedimento discursivo, evaporado entre el oropel de la representación, entre el devaneo y los vaivenes del amaneramiento más explícito. En planos secuencia donde refuerza la integración lúdica confesa de la teatralidad y sus “dogvillianos” decorados mutantes en el montaje fílmico, el director de Hanna exagera tanto que su filme sobrepasa el amaneramiento para convertirse en engolamiento artificioso, al pulverizar la delgada línea entre el esteticismo a ultranza y lo ridículo. Los caprichos formales de un filme que deposita la mayor parte de sus activos en él, a veces ladrón, banco del estilo debilitan sobremanera el alma de la narración, para no hablar ni por un instante de cuanto se esquivó aquí la complejidad tolstoiana, en tanto hacerlo se convertiría en impedimento grande para visionar grandilocuente espectáculo.

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4 comentarios en “Anna Karenina: el adulterio del estilo

  1. Delvis y Diego, como siempre muy contento de tenerlos más que como lectores como compañeros de este hermoso y eterno viaje de ver cine, un abrazo para ambos, Julio.

  2. Muy a tono el comentario de los mohínes perrunos de la Keira en plenas ansias primaverales jajajajjajaja…. La película francamente me pareció de ponerla en Arte Siete, muy al estilo de la serie Reinado, mucho trapo y poca sustancia.

  3. Independientemente de estas cuestiones analizadas (hay razón en ellas) esta película me gustó bastante en otros aspectos.
    Quizás habrá sido esa misma hipermovilidad de la escena o el maravilloso vestuario lo que lejos de aturdirme, me hizo bailar el valz de Dario Marianelli junto a Keira Knightley. Marianelli nuevamente me dejó sin palabras y solo oídos ante esta magnífica banda sonora: aun recuerdo la espectacular escena del baile (que si bien para el periodista pudo haber sido “devaneo y vaivén”) para mí fue una muestra de genialidad en cuanto a la imbricación coreográfica-musical y actoral.
    Recuerdo bien a mi profesora de literatura refiriéndose a este filme. Ella decía que la habían “occidentalizado” mucho. Es obvio que ese rasgo de “occidentalización” que refirió ella es el que el periodista expresa aquí como “su filme sobrepasa el amaneramiento para convertirse en engolamiento artificioso, al pulverizar la delgada línea entre el esteticismo a ultranza y lo ridículo”.
    Casi siempre pasa lo mismo cuando se enfrenta este tipo de cine con la gran literatura.
    En definitiva, ese fue el gran propósito seguramente: colocarle “cintas y lazos” a la gran novela de L. Tostoi para hacerla más “occidental”, que es lo que le gusta la gente hoy día.

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