Amonitas, entre fósiles y sexo sin alma

Pinta mal que en un largometraje cuyo pilar dramático lo constituya la observancia del amor de una pareja, los tramos más notables sean aquellos que escasa relación guarden con el romance.

Eso sucede con Amonitas (Ammonite, Francis Lee, 2020), película inglesa con la corrección formal de su casa productora, la BBC, y el ecumenismo de saldo de su distribuidora canadiense Lionsgate (Crepúsculo, Los juegos del hambre, Divergente).

Ambientado a mediados del siglo XIX, en un paraje rural costero británico, el relato se abre enfocado en el meticuloso trabajo científico de la impertérrita Mary Anning (Kate Winslet). Toda esta área introductoria del filme, bien limitada en diálogos como es común en el cine de Francis Lee, ofrece plausible descripción, cuasi hiperrealista, de personaje y contexto.

Se registra ahora quehacer de mérito en la imbricación del complejo natural y el perfil psicológico de Mary, en tanto el uno representa complemento del otro y traduce la soledad herida, la furia encerrada del personaje. También la pasión arrolladora de su magma interior.

Mary (existió en la vida real) se dedica a colectar esa suerte de fósiles del título, las amonitas, en los arrecifes marinos del sur de las Islas. Los estudia, limpia e indexa con rigurosidad extrema, para luego venderlos a turistas, a sociedades científicas o a paleontólogos profesionales que muestran interés por la labor de la empírica científica.

Uno de ellos llega a su casa, le manifiesta su admiración y, a regañadientes de la reservada e inexpugnable mujer, logra que esta lo lleve con ella a presenciar su trabajo de campo, cierta cantidad de libras incluida en la transacción. Algo creíble. No tanto, en cambio, lo resulta que también logre convencer a alguien así de cerrado para que dé cobija a su esposa durante el lapso que él debe viajar.

A partir de aquí comienza la segunda parte, y central, de Amonitas. Ciertos poco sutiles indicios dan cuenta que Mary sostuvo en el pasado alguna relación homoerótica con una dama, mayor, del lugar. Y otra sostendrá en lo adelante con la acogida Charlotte Murchison (Saorsie Ronan), la esposa del paleontólogo, la cual sufre por consecuencia de un matrimonio que no fluye, en el que se siente estancada, dolida y sin amor.

Pie de apoyo ideal para que un guion casualista e infelizmente pragmático, desate cuanto advendrá: la explosión sexual entre la ya añeja Mary y la jovencísima Charlotte, dos seres de diferentes clases sociales, sensibilidades, educaciones, gustos. Pero, de acuerdo con Francis Lee, todo quedará resuelto, al menos durante buen tiempo, en el camastro rancio de la anfitriona, tan cubiertos de grasa sus atuendos como pulcros los de su huésped.

Nuestra Kate Winslet, protagonista desde los tiempos de Titanic de esos amores interclasistas tan caros al cine como lejanos de la realidad, heroína de tantas batallas actorales y diversos lances eróticos asumidos en la pantalla, participará aquí de las que, sin dudas, son las escenas de sexo más atrevidas de toda su carrera. Y, huelga decirlo, las de Saoirse. Generan las mismas, empero, la contradicción de apreciar la equidistancia entre la explicitez física de lo mostrado en el lance de los cuerpos y el compromiso de verdad que uno debiera advertir en tanto espectador al visionar tales secuencias. Esto es que dichas escenas eróticas nunca logran sobrepasar la falsía, o digamos la instancia, de la representación. Desde esta parte de la pantalla solo asistimos a una plasmación física, escindida de su complemento ontológico. No son, por ende, grandes momentos de cine; grandes momentos de arte.

Por eso, Amonitas no podrá ser comparada a extraordinarias películas recientes como Elisa y Marcela (Isabel Coixet, 2019) y Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). Estas dos últimas fueron dirigidas por mujeres, y quizá en eso podría radicar la profundidad en la conformación de los personajes centrales y en su riqueza humana; fundamentalmente la complicidad en el acercamiento a sus universos sentimentales y morales (en Amonitas el personaje de Mary está bien configurado, pero el de Charlotte solo tiene un pase a plumilla).

No esbozo la cercenadora idea de que los directores hombres no puedan realizar filmes sobre relaciones lésbicas —ahí están, entre otras, esas dos obras de antología que son Carol (Todd Haynes, 2015) y Desobediencia (Sebastián Lelio, 2018) para desmentirlo—, pero no todos poseen ese oído finísimo capaz de penetrar donde ellas musitan sus revelaciones más hondas y luego convertirlas en realidades cinematográficas. Sería el caso del señor Francis Lee, a quien le fuera mejor con su anterior experiencia: Tierra de Dios, otra historia de amor homosexual entre un granjero británico y su ayudante rumano, que le granjeara varios lauros en el circuito independiente inglés y estadounidense, como el de Mejor Director dentro del apartado Internacional del Festival Sundance 2017.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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