Afinidades: Swingers en Guamá

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En Los tipos duros no bailan, pésima adaptación fílmica de sí mismo hecha por Don Norman Mailer en 1987 con Ryan O´Neall e Isabella Rosellini, hay una escena de intercambio de parejas, donde desde la habitación contigua un personaje escucha los gemidos de placer de su compromiso en los brazos del otro. Tan intensos aquellos jadeos casi como los de la escena final de El joven Frankestein, la parodia realizada por Mel Brooks en 1975.

Más de veinte años después de la incursión fílmica del narrador Mailer, para julio de 2009 la compañía holandesa Little Sins (Pequeños pecados, en cristiano) alquiló apartado hotel de la campiña inglesa con el fin de celebrar una fiesta de swingers o intercambios conyugales integrada por 350 personas VIP, tan cansadas ya de todo lo bueno de la vida que necesitaban experimentar esa nueva sensación de compartir fluidos colectivamente, algo así digamos como a lo Love, de Gaspar Noé. La noticia causó su revuelillo en los cotidianos londinenses, si bien forma parte de la rutina de muchos pueblos del medio oeste y algunas ciudades de Estados Unidos, ese extraño planeta donde mientras en un estado constituye delito la felación dentro del matrimonio (sí, no leyeron mal; lo que no veo cómo puedan comprobar la realización de la mamada) en otro se puede andar desnudo por la calle.

El maestro Stanley Kubrick insertó una swingers party de ricachones -célebre ya en la memoria fílmica- dentro de su semipóstuma Eyes Wide Shuts (1999). Para su ópera prima conjunta como realizadores (Afinidades, Cuba-España, 2010), los actores Vladimir Cruz y Jorge Perugorría tocan la tecla en música de cámara, tan literalmente que así se llama la novela de Reynaldo Montero de donde parte el guión. Sus personajes no usan antifaz ni se entregan en fiestas grupales, a la manera de la orgía a la que va Tom Cruise escapado de Nicole. Tampoco son ricos. Bueno, no todos; uno sí o algo parecido: el empresario compuesto por el mismo Perugorría. Néstor es un tipo hiperpragmático, hedonista, falaz, manipulador, sin escrúpulos ni más ley que el triunfo personal a ultranza. Por supuesto, está conectado con el “baro”, como dice el servil barman de Laguna del Tesoro, donde el hombre de negocios lleva a su subordinado y las esposa de ambos para un weekend de trueques carnales, de cuyos resultados es posible dependa la permanencia de su subalterno y “amigo” Bruno -interpretado por Cruz- en la empresa regenteada por Néstor, a punto de despedir a varios efectivos tras convertirse en una joint venture.

Igual de singular en tanto personaje resulta Bruno: él forma parte del “vencido”, del devorado por el pez más grande en la cadena alimenticia, pese a su formación profesional -hay un fotograma hacia el cierre, excepcionalmente locuaz en tal sentido. Acepta el juego propuesto por su jefe, pero lo atormentan recelos, miedos, sospechas, quizá su poco de envidia. La relación entre ambos metaforiza de alguna manera cierta circunstancia social, cuyo feto se formó en aciaga época histórica motivadora de no pocas paradójicas dicotomías o contradicciones verificables en el escenario actual a diversos niveles. Pillastres de inteligencia emocional ganan enteros en tiempos de desasosiego, incertidumbre, vacío, pérdida de referentes y miedo al futuro. Pudiera impugnarse el cinismo retratado aquí, de no existir correspondencia con ciertos vórtices de la realidad hoy día. Agrio pero cierto. Las diez jornadas que Vladimir y Jorge pasaron en un castillo suizo retocando el guión no los sacó de la Tierra. Empero, la película -por lo menos a mí-, te deja la cicuta de la amargura embuchada al pescuezo, pese a que una lectura probabilística apuntaría al encuentro de horizontes posibles de certitud tras la salida del lugar donde llegaron por mar y salieron por tierra. En solución visual y desamparo parecidos inicio y desenlace, aunque a lo mejor más claros, algunos de los seres, del abismo entre los juegos y las verdades de la existencia, tras cubrir tal arco espacial. Durante el cual tendrán su swinger “noche taína” en la Ciénaga sí, al calor de buen whisky, mas a la larga emergerán de la francachela endorfínica tan irrellenados como Leila, la lúbrica figura central del filme canadiense Lie with me (Clément Virgo, 2005), luego de sus saltos sexuales en busca de…

Los planos de arranque de Luis Najmías Jr para Afinidades son preciosos, la música que los envuelve divina y se extraña más a lo largo del metraje la partitura compuesta por Silvio Rodríguez. El filme inicia alto, las expectativas arriba -Perugorría y Cruz, no importa su juventud, van camino a la leyenda, y eso siempre concitará interés. Un tan fresco como saludable deshabanizado contexto espacial ábrese a los ojos del espectador. Entran en pantalla dos actrices en capacidad de llenarla, la española Cuca Escribano (Cristina) y la cubana Gabriela Griffith (Magda).

Pero, no más arribar el yate de los visitantes a Guamá, comienzan a ensortijarse parlamentos desconcertantes, ora por lo literarios, ora por su empalme inorgánico en la línea del diálogo, ora por semejar apéndices y no órganos naturales de quien coloquia. Cual pieza de suspenso con planteamiento equivocado, surgen pistas que conducen campantemente, sin mantequilla, al meollo rampante de a cuánto va esto e introducen al relato dentro de una espiral de predictibilidad de la cual no puede zafarse en lo adelante. El filme se ve lastrado por un mal común de algunos debutantes: el rendirse ante la supuesta necesidad dramatúrgica del sentido causa-efecto. O sea, si se verbaliza o visualiza determinado foco de atención, a seguidas caerá in media res su expresión de consecuencia.

No hace falta leerse el primer volumen de la Historia de la sexualidad, de Foucault -“las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos…”, claras allí semejantes u otras cosas- para atisbar las relaciones de concomitancia entre poder y sexo exploradas en el drama erótico-psicológico Afinidades, si usamos el mismo denominador genérico empleado por sus creadores. Las reacciones y específicamente los comportamientos sexuales de los cuatro adultos en medio de la cabaña interesan en cuanto al análisis del filme a las líneas/ejes posibilitantes/ consecuencias de las ruptura de barreras, costumbres o códigos morales observados por el sujeto social cual lógico participante de normativas equis, pero más a mi ver vistos en tanto tubería de salida para los nuevos espejos de agua de una charca social donde entrarían en juego otras cartas de navegación signadas por pregorrativas cuya corona de dominación situaríase in strictus sensis bajo el signo meramente pecuniario determinado por la marea epocal.

Hay aciertos y desaciertos en el tratamiento de lo erótico. La Escribano que ni pintada (aunque demasiado salaz el personaje en su bordado escritural) para la tarea. A nuestra debutante Griffih, todavía aquí insegura o titubeante a veces ante la cámara, el rollo le sale de mal, regular a bien. La concepción del lance sexual entre tres, luego cuatro, precisaba más hoguera y menos limpieza. Eso bien lo sabe Perugorría, quien trabajó con Bigas Luna. Y en otro orden de cosas, también requería más apuntalamiento la transición psicológica del personaje de la Griffith, de esa muchacha contenida, firme a sus preceptos del inicio, a la feraz erógena en que más tarde queda transmutada, al margen la razón por la que fuera. Se saltaron par de amarres en dicha trenza compositiva. No obstante, despareja y todo, es de agradecer Afinidades y el rodaje de películas de su corte, porque otorgan expansión de miradas, perspectivas, eclecticismo temático a un cine que como todos, merced a tal diversidad podrá continuar expandiéndose y hallando en tal crecida las verdaderas obras a trascender.

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