Acoso

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Alyssa Milano es una de las personas más críticas al hacer referencia al caso Harvey Weinstein y ha llamado a las mujeres a usar el hashtag #MeToo para compartir sus historias de acoso./ Foto: Internet

En el artículo Una serie sobre Hollywood y la humillación a sus actrices, publicado en este propio medio, subrayábamos lo siguiente: “Durante los años más recientes, al calor de la energía liberadora de las redes sociales y la irrupción de determinadas entrevistas o declaraciones de principales figuras, que dieran lugar a una reacción en cadena tendente a la denuncia de acciones de la peor laya (incluidas violaciones físicas y emocionales, acoso sexual, chantaje), se ha puesto sobre el tapete un baldón eterno de Hollywood, desde que chapeaban los potreros para los primeros estudios: la manipulación, el abuso y el uso a conveniencia de las actrices. La historia del cine norteamericano arrostra en su backstage, en sus entretelones, la cuita eterna de la discriminación de género, el machismo y una misoginia cerval dictada por la política ultrapatriarcal de los directivos de las majors o grandes estudios. A la pantalla asomaba la magia, el divertimento, la gracia, a lo largo de hora y media de evasión; pero dentro del camerino, en las mansiones de Los Ángeles, en las ricas casas de cita, en los hoteles de ciudades contiguas o hasta debajo o arriba de los burós de las propias oficinas, los dueños de los estudios cambiaban papeles por sexo. De este sino se escaparon muy pocas, casi podrían contarse con los dedos de una mano”. 

Incurro en la autocita, opción a veces pedante, solo por la necesidad que impone la coyuntura y puesto que dichas palabras tipificaban la raíz y el cariz del megaescándalo de abuso sexual a advenir poco después en Hollywood. 

El todopoderoso productor Harvey Weinstein (uno de los tipos con mayor olfato en La Meca para detectar e impulsar cualquier filme con pinta de Oscar, pues con sus diferentes empresas sumaría más de ochenta estatuillas) acosó o abusó sexualmente de numerosas actrices y empleadas suyas durante el extendido lapso de treinta años. En cuanto representa el típico proceder de estos magnates -no importan los tiempos, siempre ha sido y será así-, el adalid de The Weinstein Company (en estos momentos expulsado del Gremio de Productores Estadounidenses y de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas debido a la retahíla de acusaciones)  solicitaba comercio carnal a cambio de proyectar las carreras profesionales de sus “protegidas”. 

La persona que produjo Sexo, mentiras y cintas de video; La vida es bella, Shakespeare enamorado, Cinema Paradiso, Tigre y dragón, Mi pie izquierdo, El artista y El discurso del rey, entre numerosísimos títulos de gran influencia cultural o popular, obligó o chantajeó para tener sexo o permitir comportamientos lascivos (masturbarse o ducharse en frente de ellas) a conocidos rostros del cine; por cierto varios de los más bellos, pues si algo no se le puede objetar a este hijo de mala madre y bastardo abusador fue el buen gusto a la hora de seleccionar los blancos de su fechoría: Ashley Judd, Asia Argento, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Mira Sorvino, Rosanne Arquette…. 

Cuando todavía estaba fresco el Escándalo Bill Cosby, el efecto dominó provocado por el Caso Weinstein resulta apabullante, demoledor. No hay día cuando en el propio Estados Unidos o en otras partes del mundo no tengan lugar nuevas denuncias a directores de cine, presidentes de estudios fílmicos, gurús del arte… Las destinatarias de mucho acoso y abuso sexual silenciado (si bien la mayor parte no hablará nunca) se desaferran del pudor y del miedo, para contar sus historias personales de violación física o emocional. 

Entre los centenares de declaraciones al respecto, hay una que define y contextualiza. Es la de la actriz británica Enma Thompson, quien afirmó que el cofundador de Miramax responde al perfil de ese depredador que está en lo alto de la escalera de un sistema de acoso, desprecio y chantaje hacia las actrices de Hollywood desde tiempos inmemoriales. Incluso hasta existe un término en los estudios para definir la práctica histórica de los gerifaltes fílmicos de pedir sexo a las actrices a cambio de papeles: “casting couch”.  

Pero la violencia sexual no solo se ceba en Hollywood. Está incrustada en el ADN de Norteamérica. El propio Comandante en Jefe del Imperio, Donald Trump, ha recibido varias acusaciones de agresión. Su respuesta, en 2005: “Me atraen automáticamente  las mujeres bellas… Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Simplemente las beso. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa (…), hasta agarrarlas por el chocho. Puedes hacer cualquier cosa”. 

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