Acorazados en la Bahía de Jagua

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Ya sea en 1902 o en las siguientes intervenciones, los cienfuegueros siempre rechazaron las amenazas, que no les infundían absolutamente ningún miedo./Foto: Internet

Aquel 17 de febrero de 1902 entraron a la bahía de Cienfuegos enormes acorazados norteamericanos que quedaron exhibiendo la musculatura de acero de sus cañones desenfundados, allí en medio  de la rada, ante la mirada curiosa de unos y despreciativa de otros.  ¿Qué motivaba aquella impúdica exhibición de fuerza?

Estaba prevista  dentro de dos meses y medio la entrega a los cubanos de aquella caricatura de República mutilada, que Estados Unidos trucidó al convertirnos en neo-colonia.

La Enmienda Platt tuvo que ser aceptada bajo protesta y condicionada a tener una república siquiera a medias, y faltaban las firmas de aceptación del Tratado de Arrendamiento de las bahías de Guantánamo, Cienfuegos, y otras que estaban en el punto de mira de las apetencias de los militares norteamericanos. Por eso resultaba muy importante que las masas de cubanos no se opusieran demasiado fuertemente al poderoso vecino norteño. Los cañones desenfundados de las imponentes naves e guerra, eran según sus cálculos, un incentivo poderoso para calmar los ánimos de los cubanos.

La experiencia de tres décadas de combate por la sagrada independencia de la Patria y el preciado legado del ideario martiano no podían borrarse fácilmente de la conciencia de los cubanos y cubanas. Los gobernantes norteamericanos sabían que desde el primer momento de la ocupación militar tras su intromisión en nuestra guerra de Independencia, las fuerzas populares expresaron su indignación e inconformidad. Primero fue incertidumbre sobre los verdaderos motivos de Estados Unidos, pero después que pusieron en práctica sus medidas económicas, sociales y políticas, hubo repudio creciente.

En Cienfuegos, particularmente, la idea de la independencia total y verdadera fue muy clara y extensa, y ello porque desde el inicio de la Guerra de los Diez Años se lanzaron al combate figuras muy representativas de la cubanía y de la Revolución, como los hermanos Federico y Adolfo Fernández-Cavada, Germán Barrios Howard, los Díaz de Villegas, Félix Bouyón, José González Guerra, y muchos otros, descendientes de fundadores de Fernandina de Jagua, y durante la Guerra de Independencia de 1895, nuevas generaciones de patriotas fueron muy firmes, como José González Planas, Higinio Esquerra, Alfredo Rego, Vicente Suárez y muchos otros, que pusieron muy alto el patriotismo cienfueguero, sin olvidar a nuestras maravillosas mujeres patriotas cienfuegueras.

Con esa conciencia de verdadero independentismo, las masas cienfuegueras mostraron siempre al invasor imperial su hostilidad. Los norteamericanos conocían esto porque cada vez que Washington disponía el envío de sus buques de guerra a Cuba, destinaban a Cienfuegos una parte de esa flota, siempre en el interés de menguar en los más pusilánimes esas manifestaciones de rechazo, y ahora era necesario impedir cualquier intento de oponerse a sus designios.

En el caso de Cienfuegos, la presencia de esos buques de guerra, lejos de intimidar, como era su intensión, hacían recordar a los cienfuegueros, los excesos de esa marinería soez, inculta y embriagada que bajaba de sus buques a beber y provocar disturbios, y cometía desafueros en las calles y siempre terminaban en agresiones de los vecinos a quienes los molestaban.

Así es que desde entonces, ya sea en 1902 o en las siguientes intervenciones, los cienfuegueros siempre rechazaron las amenazas, que no les infundían absolutamente ningún miedo, sino que demostraban estar “curados de espanto”, y con el tiempo aprendimos a defendernos.

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